Ricardo Muñoz Munguía

La muerte, en su aliento seductor, algo falla, o no le alcanza para convencer a sus víctimas. El poeta lo aprehende, aprende la lección, se reconoce en esa frontera de los no vivos, de los no muertos, como lo señala en la sexta lección para esquivar zombis (“escritas por un zombi”): “Los vivos no son superiores a los zombis. El zombi, acaso es un ser que ha resistido el insulto de la muerte”. Es entonces que clava las garras de su quehacer creativo en la figura de estos seres del hambre. Martín Camps, de quien he dado cuenta de otro poemario en estas páginas, ahora deja correr la tinta sobre el tema de los zombis, pero lo lleva más allá de la primera ubicación que nos viene a la mente, nos traslada a un escenario donde hombres y mujeres desatan su conciencia para caer en ese semiletargo, y caminan desprendidos de la vida, así lo dice en “Lavado de cerebros”: “Al zombi no le interesa la historia/ (todos estamos muertos)/ No le interesa el lenguaje/ Su alfabeto es el del hambre/ brains brains brains”. Poemas de un zombi traza su génesis y su rumbo en el texto “Poética ½ muerta”: “Estos poemas nacen, se hilan desde el lado muerto/ del cerebro./ Se escriben a mordidas en la página. No se teme a la hoja/ en blanco. Ese temor falso. Estos poemas se escriben en un lenguaje hecho/ sangre, putrefacto. Verbos con hematomas,/ adjetivos coagulados,/ palabras engusanadas. Oraciones autómatas/ que cascabelean/ como máquinas desvieladas. Estos poemas supuran/ de las manos,/ crecen como un moho, como un hongo en la esquina del cerebro”. Los zombis existen, deambulan en nuestro alrededor. Para convencernos de ello, Camps vence los muros de la frontera de vida y de muerte, en que los suponemos, para verlos —vernos— más de cerca. Así, el poeta retrata aquel lado, pero también éste, y cuando se ubica aquí nos dice: “He oído de zombis que recurren al cirujano/ para cubrir las partes muertas/ pellejos que colgaban, ojos sueltos/ ahora remendados con hilo de pescar/ con ojos de canica/ brazos engrapados, estómagos zurcidos./ Parecen carteras de cocodrilo./ Algunos, de plano, se ponen máscaras./ (…)/ Y se creen muy vivos,/ aunque por dentro/ están bien podridos”. Por otro lado, el poemario de Martín Camps abunda en las imágenes, describe los pasos de los que tienen hambre de cerebros y de carne, y de nuevos seguidores. Lo hacen porque parece crecer su hambre cuando huelen el miedo y perciben las precauciones que toman los vivos ante ellos. Son varios bocetos muy disfrutables porque se van armando con flashazos de humor, ironía, de realidad… Sin embargo, el poema también se nutre de la metáfora, de ese lenguaje que ilumina, y el autor mínimamente se encarga de esa parte. Por último, no podemos dejar pasar las estupendas ilustraciones que salpicadamente aparecen a lo largo de las páginas, son maravillosas.

Martín Camps, Poemas de un zombi. Ilustraciones de Gustavo Abascal y Traducción de Anthony Seidman y Traci Roberts. Samsara, México, 2012; 106 pp.