Gonzalo Valdés Medellín
Birdstrike escrita y dirigida por Xavier Villanova, me provocó entusiasmo en su composición dramática y produjo en mí, por consecuencia, la inquietud de verla en escena. Sin embargo, el resultado poco sólido de dicho montaje me condujo a reflexiones contrariadas, pues, mientras las actuaciones resultan mínimamente “correctas”, hay cosas que en el flujo escénico considero no se concretan, no avanzan, como el hecho de que haya un descuido —voluntario, por parte del director— de los aspectos realistas del texto; del mismo modo, el final que como director el joven dramaturgo le da, va en contra de sí mismo como dramaturgo. No queda muy claro y es poco teatral el resultado final de Birdstrike; claro que tal vez Villanova así lo quiso, pero deviene erróneo, frustrante para los espectadores e, incluso, para los mismos actores… El texto es muy bueno, y los intérpretes se defienden como pueden, pero la dirección no logró cuajar. Y, aun cuando el dramaturgo/director tal vez haya querido ir en contra de las pautas realistas de su propio texto, y convertirlo en algo abstracto o, como diría él “fractal” y “anticlimático”, lo cierto es que Birdstrike es una obra realista cuya representación de lo que ocurre —probablemente en la mente de la protagonista Diana— es de tópico realista: La cafetería, el consultorio, los departamentos, el aeropuerto, la calle… Y eso es lo que no queda muy claro en el montaje, debido a que el director no sabe trazar —o no quiere o no puede o está incapacitado para ello— en los espacios y reduce el flujo de la puesta a un estatismo que se agota a sí mismo. Nunca sabemos como espectadores que la acción “sucede en la mente de Diana” y cada actor en su propio espacio desarrolla su unilateral concepto no sólo de sus personajes sino de la misma obra, lo cual constituye un caos fortuito que no logra armar un congruente discurso escénico de fuerza y certidumbre tonal. Tal vez sea cuestión de cómo se exponen los sucesos; la puesta se vuelve “anticlimática”, sí, pero habría que decirle al dramaturgo y director que el consultorio, los departamentos, el aeropuerto, la calle, son espacios reales, tangibles, definidos, no imaginarios, por más que él pretenda que dicha mezcla de espacios “nos lleva a la confusión de Diana”, a un estadio subliminal de dicha creatura; en realidad a lo que nos conduce tal revoltura es a una confusión argumental que para el espectador resultaría imprescindible despejar, inteligir, aunque la evocación “suceda en la mente de Diana”. El dramaturgo, es obvio, no ha llegado a comprender lo que es obvio: la puesta en escena es una cosa, la dramaturgia otra. El lenguaje literario, poético, es uno y el lenguaje escénico es otro muy distinto, aunque provoque, si está bien hecho, pinceladas poéticas, que aquí no se logran, si acaso se sugieren como los desafortunados desnudos escénicos que devienen grotescas puntadas y que, al parecer, hacen sentir muy bien a la actriz Isabel Piquer seduciendo a los dos actores que la acompañan, pero que a éstos los sume en una pena ajena gratuita, incomodísima; y en un reto que sólo ve hacia el onanismo del director y al exhibicionismo de la actriz. Lo que se agradece, no obstante y paradójicamente en este desnudo es que no cae en el estereotipo de los cuerpos “estéticamente aprobables”; es decir, no vemos cuerpos trabajados, ni abdómenes marcados ni cinturas delineadas o pieles tonificadas, vemos llantitas, pancitas, lonjitas, tres traseritos caídos, carnes fofitas; los tres actores son gorditos, de carnes flojas, naturales, lo cual los torna anafrodisiacos y antisexuales, y despoja a la escena de todo morbo, porque ni siquiera llegan a ser eróticos. Ello es loable, se logra, aun cuando mucha gente halla expresado, al final de la función, que si se va a pagar por ver un desnudo, que al menos éste sea realmente artístico o que los encargados de acometerlo tengan algo interesante que mostrar, cuando menos para echarse un buen “taco de ojo”. Pero, así las cosas, en el caso del trabajo interior, el director se confunde a sí mismo, confunde potencialmente a sus actores y revuelve la buena construcción de su texto hasta reducirla a una inopinada suma de improvisaciones que los actores sortean con visible esfuerzo, sin llegar a las fibras sensibles ni de los espectadores ni de sí mismos. Es obvio también que no hubo recursos económicos para la producción, pero lo que debería haberse visto como un trabajo donde la rala economía se supliera con talento, inventiva y destreza, se convierte en una pobreza rampante al correr la representación. Parecería además que no se ensayó, que no hay trabajo concienzudo de los artistas involucrados, que se trata de un performance muy personal de Villanova presentado en un foro profesional. Hay directores como Xavier Villanova que, ante su imposibilidad de trabajar con destreza el teatro realista se justifican aduciendo, falsamente, que ello es cosa fácil. Puestas como Birdstrike confirman lo contrario. No es fácil hacer buen teatro. El montaje de Villanova, aunque inofensivo —y en muchos aspectos hasta ingenuo en sus desplantes juveniles—, revela reticencia a apostar por el realismo, a definir voluntariamente espacios teatrales, a negarse a darle aire a la historia, como en el cine, pero aunque las cosas sucedan en la, o las mentes de los personajes, y ya que éstos tienen áreas específicas de actividad: baño, interior casa, interior cafetería, exterior calle, etcétera…, lo que se evidencia finalmente en el caso de Villanova es una falta de herramientas como director, carencia de conocimiento en el manejo de actores y del espacio, ausencia absoluta de humildad para saber que apenas se está creciendo y que no se puede intentar ser una vanguardia, sin primero conocer los basamentos elementales de una puesta en escena, porque en suma, el trabajo escénico queda a la deriva. Pero a la deriva, ¿en qué sentido?, puede preguntar el director. Se le respondería: los actores hablan mucho, pues no tienen acciones dramáticas, entonces la mayoría de los textos se tornan narrados sin expresividad, planos, denotando poca pericia del director para darles movimiento, verosimilitud escénica, aunque ello sea su intención, pues no se percató de que debía imprimirles matices, intenciones, ritmo. Un pintor no termina de construir su obra si le faltan elementos, pinceladas, toques, matices; un narrador no da por terminada su obra hasta que terminó de revisar a fondo la ortografía, la puntuación, la sintaxis y el devenir tonal de su narración, como si fuera un músico; es entonces que el creador dice, ya está; ésta es la obra, la novela… Pero Xavier Villanova no trabajó a conciencia su puesta, apostó no por el realismo, sino por la superficialidad, y yendo más lejos, por la flojedad, y renunció —por indolencia conceptual— a hacer algo, estéticamente hablando, que pudo haber sido mucho mejor. La puesta se queda corta ante lo interesante que llega a ser el texto, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, misma que galardonó a Birdstrike con el Premio Emilio Carballido de dramaturgia. A algún público el trabajo le satisface, pero en rigor, la obra deja mucho qué desear, tanto en puesta como en actuaciones, lo que únicamente se justifica al pensar que estamos ante el trabajo de jóvenes que están en plena formación y cuyas pretensiones son crecer como artistas en algún momento no muy lejano, ojalá lo logren. Villanova aduce que él no acepta la idea de defender su trabajo en un diálogo crítico porque la obra habla por sí misma y en este caso el joven director acierta: Sí, la obra habla por sí misma, es indefendible, no resiste un estricto control de calidad en su puesta en escena. Sólo la buena voluntad de algún crítico bienintencionado podría pretender justificar sus muchos yerros. Lástima.Birdstrike se presentó en La Gruta del Helénico.
