Juan Antonio Rosado

Para Jacques Lacan, el estadio del espejo es la identificación que construye nuestra personalidad: “la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen”. Desde el estado de impotencia motriz, el ser humano asume su imagen especular y ello manifiesta, según Lacan, la “matriz simbólica” en que el yo se precipita, “antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto”. De un yo especular se pasa a un yo ligado a situaciones socialmente elaboradas. Pero con la adquisición del lenguaje, ya como sujeto capaz de hablar de modo peculiar, dueño de una conciencia individual, no concluye la mímesis. Al imitar, se representa a un otro, pero a la vez se trata de la representación de otra representación y así sucesivamente. Los niños imitan y representan lo que perciben. La obediencia es también una forma de repetir lo que se nos dice. ¿Pensó en todo esto Josefina Vicens mientras redactaba su novela Los años falsos? No importa. Allí está, aunque el protagonista deba asumir una personalidad falsa: la de su padre. “Todos hemos venido a verme”. La frase con que se inicia la obra es turbadora, desconcertante. Desde el punto de vista gramatical, hay una oración subordinada de finalidad con pronombre reflexivo (y enclítico) en primera persona singular, que produce discordancia deliberada con el sujeto morfológico (primera persona plural) de la oración principal: “hemos venido a verme”. ¿Perífrasis verbal progresiva enlazada con la perífrasis verbal perfectiva del tiempo compuesto, o lo que Andrés Bello llama “antepresente” seguido por una subordinada de finalidad? ¿Efecto parcial de voz pasiva refleja o voz activa? Independientemente del solecismo y de la ambigüedad que suscita, es como si hubiesen varias personas en un yo que se busca. Parecen diferentes personalidades en un ego que a la vez indaga sobre sí. La sola frase anuncia, por un lado, el intrigante problema de la identidad y de su supuesta autenticidad (¿existe dicha autenticidad, tanto en la identidad individual como en la colectiva?); por otro, implica un problema existencial: el desdoblamiento que busca a un otro que a su vez es él mismo, pero incrustado en una conciencia atormentada por las circunstancias que lo obligaron casi desde siempre a apropiarse de un yo ajeno; por último, la frase adelanta el desarrollo de la trama: un protagonista que enfrenta el deceso de su padre y poco a poco adquiere su personalidad; hereda su trabajo y su amante. La madre deja de tratarlo como hijo y funciona como esposa casta; las hermanas dejan de tratarlo como hermano (se vuelven tímidas hijas). Más allá del origen de la idea —anécdota conocida por los lectores de esta escritora—, Vicens la desarrolla de modo magistral, y a pesar de ser más breve que su obra anterior (El libro vacío), es también más compleja tanto por su estructura como por su profundización sicológica. La identidad es el tema central, y de él se desprende, por ejemplo, la otredad y, por supuesto, la muerte. Existen distintos tipos de muertes; una de ellas es dejar de ser lo que se fue para resucitar como otro. Este proceso puede asociarse a la formación, pero ¿hubo formación en Luis Alfonso Fernández, hijo, o tan sólo se trata del sustituto del ausente, o acaso su verdadera formación empieza con la falsedad que asume? Todo es paradójico: “Tal vez el estar muriendo sea un rumor que puede no oírse, pero el morir es un silencio que tiene que ser escuchado”. El amor es otro tema que se desprende de la identidad: “hay seres humanos tan diferentes que no puede existir un modelo de amor. Cada uno lo siente y lo vive a su modo”. Novela rica en muchos sentidos, sin desperdicio, concebida por una de las escritoras menos prolijas y que más respetaban su arte —en eso se parece a Rulfo, autor de dos grandes libros, o a Inés Arredondo, reconocida por tres volúmenes de cuentos—, Josefina Vicens se decidió a publicar nuevamente en 1982, después de casi 25 años de silencio creativo.