Carlos Olivares Baró

En colaboración con el 40 Festival Inter­na­cional Cervantino, el Coro de Cámara Filarmóni­co de Estonia y la Orquesta de Cámara Tallinn —dirección de Tonu Kaljuste—, rindieron homenaje al compositor estonio Arvo Pärt (Paide, 1935) el pasado 20 de octubre en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes. Ejecución de seis piezas de las cuales destaca Vir­gencita, obra coral dedicada a Juan Diego y a la Virgen de Guadalupe, que Pärt quiso estrenar en nuestro país durante su visita al Cervantino. “De la ilusión de mi viaje a México nació una pieza coral. Es una obra corta y la historia de Juan Diego fue mi inspiración. Quisiera llevar esta pieza como regalo para el pueblo de México. He llamado a la obra ‘Virgencita’. El coro ya la aprendió”, detalla el autor de Tabula Rasa en carta del 4 de octubre desde Estonia. Con la presencia del autor de Como sierva sedienta (1998) entre el público comenzó el gaudeamus sacrosanto de una música que inflama los silencios y empapa las avideces. Uno. Fratres para violín, orquesta de cuerdas y percusión (1991). Violín, claves, bombo y cuerdas en sobreexcitados silencios y calmas: encadenamientos de afines delimitados por un recurrente motivo percutivo en incitante irisación armónica. Una de las composiciones más conocidas del estonio que tiene diferentes versiones (cuerda y percusión, cuarteto de cuerda y percusión, viola y piano, violín y piano, violonchelo y piano…). La Orquesta de Cámara Tallinn la asumió con lenitivo ánimo minimalista y atajada concepción del tempo. Dos. Cantus a la memoria de Benjamin Britten para orquesta de cuerdas y campana (1977-1980). Tributo al músico británico representante del neoromanticismo, autor de la famosa “Sinfonía Simple”, a quien Pärt no pudo conocer personalmente pero que consideraba como un compositor de “inusual belleza” en sus obras. Cantus estructurado en forma de canon en espiral (siglo XVII): antecedente/consecuente en contrapunto: siluetas bachianas y asomos de naciente serialismo. Hermoso motivo melódico de cadenciosa procesión en lo que las “sortijas” (vueltas) rematan con la refracción de la campana tubular en muestra del estilo “tintinnabuli” que el mismo Pärt ha comparado con “la luz blanca que contiene todos los colores de un prisma”. Tres. “Lamento de Adán para coro mixto y orquesta de cuerdas” (2009), composición que se sitúa en el segundo periodo de su trabajo creativo en el empleo de armonías simples y acordes tríadicos con clara influencia de la música antigua. Coro mixto que produce el efecto de un arcoíris de “sacra fonología”. Fragmentaciones, quebraduras, tintineos, vaivenes: vidrio que se rompe y estalla en sordina, en tiempo detenido. Lamento primigenio que los violines columpian en rítmica y extática prosodia. Intermedio. Sobrecogimiento meditabundo de algunos que saborean el whisky que ofrecen en el vestíbulo. Veo al poeta Jorge Fernández Granados ensimismado. Sonríe el trovador cubano Santiago Feliú con unos amigos. El melómano Pablo Espinosa está reconcentrado en un rincón. Una estudiante de viola, asidua a estos conciertos, me dice que casi llora con el “Lamento de Adán”. Cuatro. Virgencita (2012). Instantes de luces y prodigios. Salmo que se expande por toda la sala. Público en vilo. Coro mixto regocijante en modulaciones de improntas punzantes. Si Dios no existe: concurre la música de Pärt. Y si Dios existe: Pärt es su benedictus entre nosotros. Público que agradece la ofrenda. El compositor se asoma desde la platea central del primer balcón y agradece con modestia de campesino estonio, los aplausos. Cinco. Salve Regina para coro mixto, celesta y orquesta de cuerdas: pleamares medievales, celesta que subraya el tintinnabuli en resonancias de misticismo arropador. Palpitaciones que se refugian en una sonoridad de “metafísica propensión”. El pasado se encaja en el presente. Salve: oración a María en rimas piadosas (“Salve, Regina, mater misericordiae/ Vita, dulcedo, et spes nostra, salve”). Seis. Te Deum para tres coros, orquesta de cuerda, piano preparado y arpa eólica grabada (1984-1992): coro femenino, masculino y mixto que secundan el hermoso motivo melódico que acusa el uso del eco. Piano preparado que descompone la posible descripción sonora inicial. Contrapunteo entre coros y violines. El silencio reflectante se inflama para estallar en timbre de pasmosa belleza. Sala en vilo. El conductor estonio, Kaljuste, trasmite exaltación que los músicos reciben en connivencia concertina oficiosa. Delirio del público cuando aparece en el proscenio Arvo Pärt con sus humildes gestos de pastor de cabra. Encore: “Canción de cuna”, voces y pizzicato de los violines. Minutos que se encumbran. Sí, Dios existe, al menos, en estos instantes de gloriosa divinidad irrepetible. Lo que sucedió el 20 de octubre pasado en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes se inscribe en lo inusitado. Insisto, si Dios no existe: concurre la música de Arvo Pärt, prueba suficiente de que hay un tempo de goces celestiales.