Las calacas vivaces de Posada
Y se las echan de catrinas porque se saben peinar.
Vanegas Arroyo, 1913
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
En abierta oposición a la exquisitez y voluptuosidad gráfica que hace de la obra del checoslovaco Alphonse Marie Mucha, el cartelista del Art Nouveau por antonomasia, el aguascalentense José Guadalupe Posada aportó a la gráfica universal la viveza de su trazo y una capacidad de concreción visual del entorno cotidiano, en la que supo conjugar realismo y recreación y cuyo máximo exponente es, sin género de dudas, su serie de calaveras, y de entre ellas La Calavera Garbancera, posteriormente asumida por Diego Rivera como La Catrina, indiscutible emblema de la mexicanidad.
De la basta obra gráfica de Posada —calculada entre 15 mil y 20 mil grabados—, sus recreaciones de la muerte son verdaderos poemas visuales de las más diversas expresiones de la vida cotidiana de una sociedad pasmada por el Halley y la revolución, que el grabador diseccionaba día a día con su gubia, para inmortalizarla en grabados alusivos al mundo paralelo de los muertos.
La antisolemnidad del trazo de Posada ofrece al observador una recreación visual en la que cada una de las escenas nos exhiben tal profusión de vida expresada en un animado baile placero de calacas, o bien ante una casilla electoral pletórica de cadavéricos votantes, o en el grupo de descarnados trasnochadores que pagan sus escándalos y borracheras a los ojos del escuálido jenízaro, así como en la modernidad del trolley (tranvía) que parsimoniosamente lleva al camposanto a su mortal pasaje, o ante aquella premonitoria calavera del espiritista Francisco I. Madero, que con sus cananas y su 30-30 exhibe su esquelética figura.
Todos y cada uno de los grabados mortuorios de Posada son ingeniosos ejercicios de vida, ilustraciones enfatizadas por las populares calaveras versificadas, ejercicio poético de profunda crítica sociopolítica de la que pocos quedaron a salvo.
En el extraordinario mundo de las calacas vivaces de Posada, La Garbancera del delicado sombrero enamora al joven Diego Rivera, lo corteja, lo atrapa y ese embeleso se plasma en Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, pictórico homenaje a la vida y obra del popular grabador José Guadalupe Posada y a su más fiel compañera, la Muerte Catrina de cuerpo entero, ataviada con pasión y con desvelo por el pincel enamorado del muralista que la cubre en consonancia a la elegancia de su femenino tocado.
Este icono tan propio, tan íntimo, tan mexicano, es anuncio inexorable de las recreaciones de la vida que en torno a nuestros difuntos celebramos año con año, cuya riqueza cromática, auditiva, gustativa y olfativa sustenta el reconocimiento de estas fiestas como Patrimonio Cultural de la Humanidad, en cuya declaratoria las calaveras de Posadas son parte vital del rico acervo creativo del cual estas fiestas se nutren.
Por todo esto, bien vale la pena celebrar por todo lo alto el centenario de nuestra Catrina, concebida sin lugar a dudas por Posada antes de su muerte, el 20 de enero de 1913, divulgada como homenaje al grabador, por su siempre leal cómplice el impresor Vanegas Arroyo, quien bajo el título de Remate de Calaveras, Alegres y Sandungueras integró a La Garbancera en la edición de 1913, en la que el versificador anónimo calificó a la calaca de catrina… porque se sabe peinar, pronosticándole —como corresponde— que al morir ha de dejar sin excusa / los listones y el crepé / y en un hoyo de tusa / se hundirá con todo y blusa /con choclos y con corsé.
