Una derrota más del sexenio

Humberto Musacchio

Termina el sexenio y los que se van están empeñados en dejar huella de su paso aunque su caminar haya sido una serie de tropezones. La iniciativa laboral es un alto ejemplo de esa manera atropellada y atropellante de hacer las cosas: se envió la iniciativa al Congreso sin cabildeo previo, sin las elementales consultas con los actores interesados, sin reparar en que la Ley Federal del Trabajo ha sido un elemento de legitimación del PRI, un elemento de cohesión ideológica, un fetiche incluso.

Los resultados están a la vista: el mecanismo de iniciativa preferente fracasó porque se olvidó que los sindicatos son, chuecos o derechos, los organismos de defensa de los trabajadores. Se olvidó también que los dirigentes, tanto charros como demócratas, son los representantes de los trabajadores, sus gestores ante la patronal y el Estado. Se le olvidó todo a la gente de Los Pinos y aunque se reviva la iniciativa más adelante, por lo pronto su empantanamiento ya es una derrota más del desfalleciente gobierno panista.

El revés tiene proporciones de desastre porque el fracaso de la iniciativa es atribuible a los diputados y senadores panistas, que se cobraron el desprecio con que los trató el equipo de la Presidencia. Su alianza con el perredismo levantó la bandera de la democracia sindical, pero en realidad, tanto azules como amarillos se equivocaron al unirse a favor de la intervención estatal en los sindicatos.

A nadie sorprende que el PAN procure la intervención estatal en los sindicatos. Está en su naturaleza de partido de derecha y, como tal, en varios sentidos brazo político de los dueños del capital. Lo que sorprende es la ignorancia de los diputados y senadores perredistas, afanados en abrir la vida sindical a la intervención de los gobiernos, pese a las disposiciones en contrario de la Organización Internacional del Trabajo.

En México, el intervencionismo gubernamental en los sindicatos tiene larga data, pero su control se valía fundamentalmente de los líderes priistas y de los órganos de justicia laboral con presencia del charrismo. A cambio, los charros le garantizaban al Estado orden, contención salarial y votos para el PRI. Pero el PRD, al que se supone opositor, quiere dar al gobierno de Enrique Peña Nieto una legislación que haga legal su injerencia en los sindicatos. El mundo al revés.

El partido de los amarillos puede ser cualquier cosa, pero no es ni será un partido obrero. No tiene la sensibilidad ni el conocimiento ni el necesario liderazgo para representar a los trabajadores.