Patricia Gutiérrez-Otero

Mientras en este mundo algunos luchan por cambiar la óptica, el imaginario, que nos inculcaron en Occidente y que ha llevado a lo que puede visualizarse como un desfiladero, y otros luchan para cambiar en acciones locales o a nivel global el modo de actuar para revertir, si se puede, una hecatombe planetaria, regresando a modos más simples de vida, la mayoría de la gente vive de una manera totalmente automática. Sus acciones no tienen alto grado de libertad: no son libres porque la estructura en la que nacieron no les inculcó el amor de la rebeldía, tan estimado por Albert Camus, y porque no han escuchado a su ser profundo que, susurrando, muestra otra manera de sentir, pensar y vivir sobre la Tierra y con los otros seres. Esos son los verdaderos zombis: seres carentes de voluntad propia y sometidos a una voluntad ajena que los mantiene vivos. Los zombis son todos aquellos que actúan según el imaginario que les inyectaron desde su infancia, que no lo cuestionan, que tienen rota la capacidad de comunicarse de manera profunda, sintiente y verdadera con otros seres, sean humanos o no. Los zombis no viven realmente, parecen vivir en un mundo de apariencias del que no quieren o no logran escapar. Son aquellos que cuando a través de una ventana vislumbran otra manera de ver el mundo la cierran de golpe para que no les cause angustia. Temen la angustia de la libertad, como diría Jean-Paul Sartre. Esto puede ir desde Felipe Calderón y otros políticos que no aceptaron el reto de Javier Sicilia de que abandonarán su aspecto y actitud de “políticos” para conectarse con su “humanidad”, hasta los jóvenes y adultos que temen la confrontación con la realidad, que es más vasta y profunda que el mundo que la Matrix les ha proyectado, tan parecida a la caverna en la que Platón pensó que estaba encerrado el conocimiento del ser humano. No se trata aquí de una cuestión sobre cómo conocemos, sino de la voluntad de querer conocer lo real, desde el punto que uno decida, dónde sienta más certeza, pero conocer sin querer satisfacerse con un conocimiento ideológico o utilitario que puede hacernos sentir confortables: si hago esto o aquello, estaré bien, y me irá bien. Quizá no se trate de un conocimiento científico —experimentalmente comprobable e invariable— ni de un conocimiento conceptual más propio de la filosofía, sino de un conocimiento que parte de la experiencia, lleva a la reflexión y concluye en la acción. Un conocimiento vivencial en el que la parte de una reflexión profunda y honesta, crítica, a lo mejor perseguida, sea el signo de su validez, cuando se acompaña por la acción, por pequeña que ésta sea. Los verdaderos zombis son aquellos que no tienen vida propia y a los que algunos seres cordiales tratan de despertar a través de un beso que los saque de su letargo. Van desde los zombis de más alta jerarquía hasta los que matan y perecen sin saber ni cómo ni por qué. Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, acabar la guerra contra el narco, estudiar la procedencia del tiranosaurio rex…