Juan Antonio Rosado
Cuando Agustín Cadena me envió su nuevo poemario, La ofrenda debida, me dijo que éste es “el más yang” de sus libros. Comprendí la aclaración, a la vez precisa y ambigua, en la medida en que los conceptos yin y yang son en sí mismos polisémicos. Al terminar de leer este breve e intenso libro, se me reveló —en toda su unidad y complejidad— una poética efectivamente yang, con muchos de los sentidos que encierra este antiguo concepto. Desde el primer poema, “Génesis”, es clara una de sus connotaciones: “Nací varón/ El deseo se agita en mi piel/ con violencia de varón,/ con alardes de varón”. En esta génesis hay animalización y lascivia, un recorrido que se sumerge en la lenta transfiguración y se remonta a los abuelos que miran a través del yo lírico: “Ellos entregaron a las diosas la ofrenda debida”. Después del génesis, la partida, el abandono, como ocurre en toda iniciación a un nuevo estado: la errancia, el descenso a los infiernos de una colectividad por la ceguera del patriarca. No es necesario ahondar en el carácter alegórico, por momentos hermético y esotérico que conecta a este y otros poemas con mitos como el apocalíptico: “De lo alto caen brasas/ más grandes que manos de niños:/ granizo de fuego, enjambres de lava”. En el misterio que encierra lo recóndito de un valle aparece una cascada de lava negra que al caer da nacimiento a un río muerto. La cascada de imágenes concluye con “un antiguo lamento de cenizas”. En “El amante en el desierto” percibimos a la bestia y a la animalidad apasionada del varón que ama a la hembra. Las atmósferas oscilan —en todo el poemario— entre la penumbra, la oscuridad y lo incierto, esa sensación que Miguel Ángel Asturias llamaba “clarivigilia”, y otros, “duermevela”. Muy distinto es “La doncella vultúrida”. Allí el desierto es un océano y de nuevo nos remite a los orígenes: “Antes que los lebreles disputaran en el patio/ los despojos de su hermosura”, y de modo simultáneo interfiere la inversión de un mundo: si el jazmín se hace morado y la paloma come carne, los ángeles tienen alas de murciélago. “Sanguinas” es la siguiente etapa, la más extensa. Se subdivide en doce poemas, de los cuales siete son zalemas. Empieza con la cacería. Los lebreles, alimentados con dedos de niñas, están bien adiestrados, y sus ladridos salpican el aire”. El ser humano es un animal simbólico porque no hace sino interpretar, pero también genera símbolos y universos míticos (personales o asumidos por una colectividad). En la literatura, todo cobra dimensiones simbólicas y cada elemento es significativo. El lector-cómplice asume ese universo de “dudas verdes” en el que tiene que aprender a leer “los gestos del desierto”, acaso para descender al infierno, pero siempre un infierno —o un paraíso— representados. La estructura mitológica del nuevo poemario de Agustín es clara, se desplaza por el camino de yang y estremece a quien se interna en sus laberintos.
Agustín Cadena, La ofrenda debida, Gobierno del estado de Hidalgo/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011, 60 pp.
