Poiré no está de acuerdo

Jorge Carrillo Olea

¡Ya brincó la moralina! Dice Alejandro Poiré, corrigiendo a la soberanía de los votantes de Colorado, Washington y Massachusetts, que él —¡qué importante!— no está de acuerdo con la despenalización y la apertura consecuente de un hecho de insospechada trascendencia universal, social, política y económica. No reconoce Poiré que no debe externar opiniones personales y que tampoco debe expresar —supuestamente— la del Estado sobre decisiones soberanas de otros, art. 89, frac. X de la Constitución. Es muestra de su tozudez, de su carácter anidado en el que se anidó el segregacionismo norteamericano: los negros son malos, las drogas también.

Su simbiótica vida oficial respecto de Felipe Calderón permite anticipar lo que opina su jefe, ambos desde una postura moral/religiosa, no científica ni política. Se oponen al libre existir de las drogas, como se oponen a la planeación familiar, a las emancipadas inclinaciones sexuales, al aborto y demás pecados. Ambos se equivocan como se equivocan todos aquéllos que sigan los mismos patrones moralistas, fanáticos, religiosos, contumaces y que no son capaces de presentar una argumentación científica, racional, humanista.

Desde la perspectiva sociológica y sólo desde ésta, como todas las libertades para elegir, la aceptación a la existencia y amplias derivaciones de materias psicoactivas es un tema de libre albedrío y responsabilidad cívica. Nada más. De manera análoga como respecto a todo, puede haber opiniones contrarias, expresadas a título individual o colectivo, pero los gobiernos no pueden o no deben desde la perspectiva de la civilidad deseada imponer gustos o preferencias a sus pueblos.

La criminalización de la marihuana y la falsa moral que la sustenta quebranta el sentido de libertad de arbitrio que inspira uno de los derechos humanos fundamentales. En todo Estado es exigida la interdicción de actos o actividades utilizando como criterio el respeto al bienestar público y a los derechos del otro, pero no la inspiración moralina de sus gobernantes. Prohibiciones como la que se ciñe sobre el amplio espectro de hechos alrededor de esta hierba, las que responden más a principios religiosos, moralistas e ideológicos, que a la preservación jurídica de un bien social son nocivas. Como todo extremo, como todo fundamentalismo, acaban por atentar contra el derecho y la capacidad de una persona para tomar las decisiones que mejor le parezcan sobre su propia vida.

En este mismo sentido, está comprobado que ofrecer a un individuo o grupo social la posibilidad de discernir sobre su propia plenitud conductual estimula favorablemente el sentido de responsabilidad y fortalece un compromiso consigo mismo y con el resto del grupo. John Hickenlooper, gobernador de Colorado, tras la votación que coincidió con las presidenciales dijo: “Tenemos que respetar la voluntad de los votantes”, “Será un proceso complicado, pero tenemos la intención de llevarlo adelante. La ley federal sigue señalando que la marihuana es una droga ilegal, así que no lo celebren demasiado rápido”. Esta postura de respeto al sufragio es de un político maduro, Poiré no está de acuerdo.

Antes de lanzarnos de cabeza a opiniones vacías de responsabilidad, debemos profundizar la reflexión y la imaginación. Lo visto hace días históricamente es irreversible, ha desatado un proceso multidisciplinario y universal por lento que fuera. Debemos empezar a pensar en modalidades. Ya lo advierte el gobernador de Colorado: dada la decisión legal, la gran bronca venidera es la implementación, la que pasa por una sola palabra: control.

Como para todo bien de consumo es indispensable ahora legislar, reglamentar los actos de gobierno en materias tan escabrosas como autorizaciones para ejercer todas las modalidades de participación en el tema, controles para proteger la salud humana, de sanidad vegetal, de calidades, de posibles participantes respecto de edades, lugares y precios y, en fin, mil cosas que por el momento no están presentes. Hay que traerlas a consideración y ocuparnos de ellas en vez de sólo reprobar actos ajenos.

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