Reacciones tímidas, casi imperceptibles del “gobierno”  de Calderón

 Humberto Musacchio

 

Cada día se hace más evidente la necesidad de legalizar la producción, comercio y consumo de drogas, por lo menos de algunas de ellas, como la mariguana y eventualmente la cocaína, cuyos daños, según los informes científicos más serios, no son mayores que los producidos por la ingesta de esas otras drogas legales y de amplio consumo que son las bebidas alcohólicas.

En la Unión Americana son más de una decena los estados que permiten el uso de la mariguana con fines médicos, por lo que basta conseguirse una receta para disfrutar de la Cannabis fumada o en alguna otra forma. Esa era ya una advertencia de que mientras aquí se estaban matando los mexicanos, en el país vecino avanzaba una ola civilizatoria que estaba por legalizar el consumo, como ha ocurrido ahora que dos estados despenalizaron los usos de la yerba con fines recreativos.

Así, mientras en Estados Unidos avanza incontenible la legalización, aquí, un gobierno necesitado de legitimación nos hundió en un baño de sangre fallido en varios aspectos, pues no han disminuido la producción ni el comercio de enervantes —principalmente mariguana y amapola—, crece el consumo interno y aumenta la exportación, en tanto que se han multiplicado las bandas de narcos pese a la detención de varias decenas de miles de delincuentes y la horrenda guerra de Felipe Calderón que le ha costado a la nación una fortuna incalculable y la pérdida de 60, 80 o cien mil vidas.

Las reacciones del “gobierno” han sido tímidas, casi imperceptibles. Por ejemplo, para la eventual despenalización, se sabe que México constituyó un grupo de estudio con Colombia y Perú. Más recientemente, Miguel Ángel Mancera se manifestó por abrir el debate en torno al tema, lo que responde al talante liberal de los habitantes de la ciudad de México.

Por su parte, Edgar Elías Azar, presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, respondió que, en tal caso, la polémica tendría que ser nacional, “pues no podemos convertir la ciudad de México en una ínsula”, a lo que agregó en tono poco comedido con el jefe de gobierno electo: “Yo no lo haría, no lo permitiría”, y hasta recomendó esperar a que el gobierno federal “marque en materia de salud” las políticas a seguir.

Por fortuna don Elías no es legislador ni jefe de gobierno, pues su atrasada visión entraría en conflicto con los capitalinos, que han logrado la legalización del aborto voluntario y el matrimonio gay, que deben horrorizar a buenas conciencias decimonónicas, como la del declarante.