Yo, la peor, de Mónica Lavín

Alejandro Alvarado

¿De verdad, Sor Juana Inés de la Cruz guardó silencio cuando la llamaron al orden? ¿Cómo pudo ella en su tiempo, a pesar de la adversidad, estudiar y reunir libros? En la biografía, Yo, la peor (Editorial Grijalbo), Mónica Lavín busca resolver ésta y otras preguntas. Nos muestra a la Décima Musa como la gran poeta del siglo XVII.

Y no sólo es poeta sino también una mente científica, refiere la autora, “quiere meter su cuchara en la astronomía y le gustan las matemáticas. Representa un espíritu inquieto, rena centista (que habíamos podido ver sólo del lado de los hombres), con la sagacidad de moverse para hacerse de los conocimientos que sacien, de alguna manera, su cerebro. Si hubiera ido a la universidad supongo que, incluso, hubiera sido más brillante en el terreno del ensayo científico. Podríamos haber visto a una Sor Juana desplegada en muchas capacidades más. Representa la inteligencia sobresaliente, con su gran capacidad de mirar con ironía y con malicia las formas de su tiempo; y representa, como poeta novohispana, a una poeta que ya tenía un tono de lo que entonces era sólo novohispano, lo que ya serían los antecedentes de lo mexicano: mezcla de náhuatl y las voces negras. Parte de la población era negra, con sus voces africanas, sus tonos y su música. Con ese crisol de palabras, de idioma, de expresión, está cocinándose una visión distinta que se proyecta en las propias letras. Sor Juana es una figura conocida porque, de alguna manera, es muy americana; ya no es la figura española; es lo novohispano, lo que ya tiene una clara conciencia de ser americano”.

—Sor Juana es una figura controvertida porque hay distintas interpretaciones de su vida. En la biografía que usted hace, ¿qué tanto nos acercamos a la verdad?
—La verdad en las emociones es algo que no podemos comprobar. Yo me creo a mi Sor Juana. Pienso que ella pudo ser como la describo: me la creo ambiciosa, aunque ese vicio pudo también haber sido su enemigo. La creo talentosa, la imagino sagaz políticamente para rodearse de quien debería, con la habilidad de saber con quien quedar bien. Muchas cosas de esas sí se saben, ella misma las dice. Se ha especulado sobre si era la novia de la virreina. Yo no quise jugar con eso porque me parece una salida fácil a lo complicado que puede ser la verdad. A mí ya no me importa qué tan cerca estoy de la verdad. El trabajo de la novela es creerte; es la ilusión de realidad que te da.

—¿Cómo se da en un novelista el proceso de reconstruir una vida con la imaginación?
—Escribir una biografía es un reto emocionante. Yo me quité del trabajo de decidir cuándo nació, en dónde; todo lo que da la documentación. Ya hay un sustrato, como si echaras cimientos. Eso te permite desplegar la imaginación, con anclas pero con menos responsabilidad, sobre los pasos que tuvo que dar el personaje, sobre la posibilidad de introducirte en su mirada y en el ambiente en que se desenvolvía; sobre cuáles eran sus sentimientos. Ese es el gran gozo de la escritura. Yo ya tengo una Juana Inés niña, volteando un hongo, oliéndolo y tocándolo. Veo mi propia película mientras escribo, y es la única manera en que podría escribir. Me paso mi propia película, que es aquello que imagino. Sin imaginación no hay novela.

Por otro lado, impresiona que en trescientos años no tiene una sucesión y, a pesar de que la Iglesia la congela, ella renace del olvido. Sorprende también que siendo mujer haya logrado ser leída en su tiempo y haya sido famosa. Fue publicada en Perú, Colombia, Chile, Argentina, y era un bestseller de su tiempo. Si eso no se puede lograr ahora, lo logró ella.

—¿Podría profundizar sobre la postura de la Iglesia de aquel tiempo con respecto a ella?
—Se dice que fue obligada a silenciar su voz y a deshacerse de sus libros, aunque existe la otra versión, la que asegura que no se le presionó a acatar el llamado al orden de la Iglesia. Yo siento que alguien que persiguió el deseo de estar entre libros y que veinticinco años los dedica a estudiar y a hacerse de un acervo, no se desprende de éste así nada más porque sí. Que no le queda de otra, de eso sí estoy segura; además, tenía enfrente la amenaza de la Inquisición y la Iglesia debe defender a la Inquisición.

—¿A quiénes escribía Sor Juana sus poemas?
—Muchos poemas sí están dirigidos a su amiga, la virreina, a María Luisa Manrique. Ella y Sor Juana eran de la misma edad, y compartían una amistad fortísima y una admiración mutua. Las formas de lo amoroso eran parte de las formas que se usaban en ese tiempo. Los poemas de mujer están dirigidos a la virreina, sin duda. La dedicatoria a veces es explícita. Hay otros que tienen que ver con celos, con mucho de lo amoroso. Ese es el gran misterio. Sor Juana entró al convento de veintiún años. Ella ya había vivido el amor en la corte. En esa época vivir más de cincuenta ya era un logro. A los dieciséis años, creo que ya pasaban cosas que se reflejan en sus poemas. Ella tenía conciencia del conocimiento de lo amoroso, del cortejo, de la seducción y de las trampas. El muso o la musa no sabe, a ciencia cierta, quién es. Hay un nuevo libro que asegura que fue el virrey, que Sor Juana estaba enamorada de él. Se puede especular con todo. Además, la parte de la corte es la más oscura; de ella no se sabe casi nada. Es la más jugosa para imaginar.

—¿Cuál es su opinión de Sor Juana, autora de obras de teatro?
—Me gusta, porque en su obra en ese género ves a la persona terrena. Me gusta de ella el humor, la ironía y la malicia. Los empeños de una casa es una historia muy padre. Su Respuesta a sor Filotea, es un texto escrito en primera persona, autobiográfico, delicioso. Ahí notas también su aplomo y su ironía.

—¿Es Sor Juana una mujer adelantada a su época? ¿Cómo se adaptó a vivir en su siglo?
—Le toca vivir un siglo lleno de claroscuros, barroco, lleno de ceremonias, de prohibiciones, permisos, excesos e inundaciones en la Ciudad de México. Del extremo de ser colonia y poseer una riqueza que luego se iba a España para financiar las guerras. A Sor Juana le toca un siglo no muy lejos de la Conquista; pero un siglo donde las antiguas culturas ya van mezclándose con la nueva. Sor Juana era acomodaticia porque sabía que no le quedaba de otra. Quería que le fuera bien. Las mujeres de su tiempo necesitaban alguien que las cobijara económicamente. Ella necesitaba un padrino, si no, no iba a poder entrar a la universidad. Tenía que buscar cómo entrar al convento, y darse tiempo para el estudio. Creo que era astucia para poder acomodarse. Por ahí te encuentras cosas que dicen que le daba por su lado al padre Quino, aunque quedara mal con Sigüenza y Góngora, porque el padre Quino era primo de la virreina. Era un mundo de quedar bien, y en Sor Juana no todo es bien. Había que explorar esa parte ambiciosa en la que seguramente traicionaba a otros por ello.