Edgar Díaz Yañez

 «La entrada para Eduardo Galeano es por allá abajo. Por aquí sólo becarios y prensa» mencionaba una persona, encargada acaso de la organización de los asistentes, a través de un altavoz a quienes se acercaban a la puerta de la sala.

Faltaban tres horas para el acontecimiento que daría inicio en la sala Netzahualcóyotl en punto de las seis de la tarde. En la entrada única para becarios, invitados y prensa ya existía una hilera larguísima de personas ansiosas y cansadas —por la espera— para poder ver al escritor y periodista uruguayo. Del otro lado, la fila destinada a los que no entraban en la categoría de prensa o invitados o becarios superaba exponencialmente a la anterior. «Yo llegué desde las once de la mañana, y mira dónde nos tocó» me dice Sara cuando la interrogo acerca de su hora de arribo. Sara, junto con algunos otros, llegó temprano con la esperanza de entrar y ver y escuchar de viva voz al ganador del premio “Stig Dagerman”. Pero Sara tiene altas probabilidades de poder ingresar. A no más de cien metros de la puerta se encuentran ella y sus amigos. La probabilidad es mucho menor para René y Alejandro (estaban al final de la fila, que para ese momento ya rodeaba el estacionamiento oeste de la sala), dos amigos que se enteraron de la noticia en la radio de la presentación del autor. «¿Qué esperan de esta presentación?», les pregunto inocentemente y René revira mordaz, «Pues entrar» Al final no lo lograron; en su caso fueron destinados a las salas de cine aledañas al recinto —sí, las tres salas de cine, Julio Bracho, José Revueltas y Carlos Monsiváis.

Eran las cinco de la tarde con dieciséis minutos y la gente no dejaba de llegar. La fila para los no becarios ni invitados y mucho menos prensa, crecía y crecía hasta parecer interminable. Otro personaje con altavoz, dirigiéndose a los recién llegados (la fila para entrar ya rodeaba para entonces el perímetro del estacionamiento dos, suroeste, de la sala), advertía que era inútil el formarse, que la Sala ya estaba llena y que los cines ya empezaban a imitarla, «Les recomendamos que se preparen psicológicamente por si se quedan afuera» dijo y se retiró.

Ya la tarde había dejado su lugar a la noche y con ella llegó una lluvia diminuta pero incesante. Eran las seis horas con diez minutos de la tarde, las cuatro salas ya estaban a su máxima capacidad y la gente de afuera, separada sólo con una débil cerca de precaución, se arremolinó a escasos diez metros de la entrada de la sala para pedir un lugar dentro, «¡Saquen a Narro!» gritó alguien y fue celebrado con risas, «¡A qué hora empieza la segunda función!» vociferó otro y las risas fueron aún más sonoras. Entre gritos de protesta y chiflidos de impaciencia empezó a escucharse un grito que se volvió un coro, «¡Por-ta-zo, por-ta-zo, por-ta-zo». Organizaron el ataque masivo para lograr lo que en un principio se creyó broma, «¡Uno…Dos…Tres!» pero nadie se movió, en su lugar sólo se oyeron risas y más chiflidos. Alguien salió de la Sala Nezahualcótl y dirigiéndose a la multitud como pudo gritó «Ya se mandaron poner bocinas para que puedan escuchar» Algunos aplaudieron, los más chiflaron recordando progenitoras. De nuevo se escuchó la voz de “portazo” y esta vez, después del conteo, el tumulto venció la barrera de seguridad y quedó a un par de metros de la puerta del hogar de la Filarmónica de la UNAM. Los de adentro, los de seguridad, se alarmaron y pensaron que en verdad habría un altercado, sin embargo, no pasó de ahí. Un par de hombres vestidos de saco y ornamentados con diademas con micrófono apuraron a sonorizar el acto (que para entonces ya llevaba cerca de veinte minutos de empezado) con unas bocinas ridículamente pequeñas. Los chiflidos no se hicieron esperar y mucho menos los comentarios, «¡Te presto las de mi compu!», «¡No me vayan a dejar sordo!». Pero al final, entre shhhhhsss y ¡Cállense!, acabó venciendo el silencio y por fin se pudo apreciar la voz del autor de Memoria del fuego.

Eduardo Galeano compartió con sus lectores su libro más reciente, Los hijos de los días. Leyó fragmentos de esta obra y citó hechos de la historia del ser humano. Los hijos de los días es una obra que reúne más de 300 historias, 365 para ser exactos, uno para cada día del año, «Puede que sea verdad que estemos hechos de átomos, pero un pajarito me contó que estamos hechos de historias» apuntó Galeano. Era la primera vez desde hace tres años que se le podía ver y escuchar de nuevo en la Máxima Casa de Estudios. Tres años pasaron y la popularidad, así como la importancia de Eduardo Galeano aumentaron al grado de tener un trato de rockstar —el término rockstar aplica, creo, para personas que pueden convocar hasta poco menos de cuatro mil personas, mismas que están dispuestas a esperar hasta diez horas para verlo y oír, bajo la lluvia y el frío, sus palabras, su voz, su presencia. La lluvia, en complicidad con el frío, ya arreciaba más fuerte, pero ello no fue pretexto ni impedimento para que las más de cuatrocientas personas que se encontraban en la explanada de la Sala huyeran-.

Eduardo Galeano, dentro de su lectura, se refirió tanto a los medios de comunicación como a Copérnico, a Jesús, al Papa Benedicto XVI, a Napoleón III, a la política exterior de Estados Unidos, a Adán y Eva, al cambio climático, la enfermedad de las “vacas locas”, las reuniones cumbres, la homofobia, el racismo, el descubrimiento de América, la pobreza, el terrorismo, etcétera. Al término de cada lectura, los aplausos no se hacían esperar. El escritor arrancó, por igual, nutridas carcajadas entre los presentes gracias a la ironía característica de sus textos, mismos que le llevan a dar respuesta a preguntas como por qué fracasan las cumbres internacionales, «Me imagino que en las cumbres sucede algo parecido: El cocinero convocó a la ternera, la cabra, el pato, el conejo, la perdiz, y cuando estuvieron todos les explicó que les reunió para preguntarles con qué salsa querían ser comidos», afirmó.

Fue cerca de una hora la que Galeano compartió con todos los asistentes sus palabras. Fue muy poco tiempo. Al terminar sus lecturas, Galeano recibió varios ¡Viva Galeano! Y un estruendoso Goya tradicional de la Universidad.

La capacidad de la sala Nezahualcóyotl (dos mil 230 personas aproximadamente) fue abarrotada a los pocos minutos de abrir sus puertas. Según palabras de algunos de los organizadores, acaso, de los asistentes, se reportó una afluencia total de aproximadamente 4 mil personas. La cifra suena escandalosamente grande, pero si sumamos la capacidad de la Sala Nezahualcóyotl —dos mil 269 personas—, más la de la sala de cine Julio Bracho —161 personas—, la José Revueltas —60— y la Carlos Monsiváis —54— (que da como resultado una cifra total de dos mil 544 personas) y la cantidad total de personas que se quedaron sin un lugar en algunos de los cuatro espacios (cerca de 500), no suena tan descabellada

El acontecimiento terminó y dejó un grato recuerdo a todos los que asistieron, hayan entrado a las salas o no. El que entró expresó que ésta fue una oportunidad única para tener más de cerca, aunque sea  por un momento, a «uno de los latinoamericanistas más importantes de la actualidad» a «alguien que no sólo es escritor o periodista, sino también filósofo». El que no entró expresó «Te lo voy a poner en palabras que los demás puedan entender: Fue como ir al estadio para ver un partido de la selección y quedarte a escucharlo en el estéreo de tu coche en el estacionamiento del estadio» y agrega «Es extraño pero igual de emocionante»

 Así fue como terminó la visita de Eduardo Galeano al Centro Cultural Universitario, dejando a todos con un grato y dulce sabor de boca sin importar desde dónde se presenció. Galeano recibió días antes el premio Amalia Solórzano, otorgado por la Fundación Lázaro Cárdenas-Amalia Solórzano, por su labor destacada a favor de “la independencia política y la defensa de los derechos humanos”