S. Josué Simancas Pérez

 La historia de todas las
sociedades que han existido hasta
nuestros días es la historia de las
luchas de clases.

Marx-Engels (1848)

 

Cuando hablamos de la historia del Siglo XX, ya sea desde la academia, o desde el acaso no tan lejano velo reminiscente que cubre un siglo considerado por muchos como el más sangriento que haya vivido la humanidad –entre ellos Hobsbawm–, o incluso desde lo lacónica que en ocasiones puede ser la noción de la cultura general, necesariamente escucharemos a Eric Hobsbawm, las más de las veces como la voz de una conciencia crítica, conocedora de los procesos que forjaron el pasado, y que con el suave timbre del pedagogo que conoce su oficio, nos invita a entender el presente, no como la fácil superación de un cúmulo de experiencias habidas en las historias nacionales, hoy convocadas a fundirse en la específica dinámica de la globalización, sino como ineluctable continuidad de un “ciclo largo” que empezó hace más de 300 años, y se afianzó como sistema hegemónico en la segunda mitad del siglo XIX; nos referimos por supuesto al capitalismo como modo específico de producción. Pero qué utilidad, se preguntará el lector, tiene escrutar el pasado, si el presente nos regala con evidencias claras de desconexión respecto de él. La respuesta, aunque no siempre sencilla, nos llega de la mano de sus textos: la historia de los pueblos no es teológica ni metafísica, sino dialéctica y en el develar de su esencia se encuentra su aprehensión y con ello, la posibilidad de transformación del futuro del planeta y de la humanidad.

 “El pasado es otro país, ahí hacen las cosas de manera distinta” mencionó Hobsbawm de manera aforística en un par de oportunidades –la última de ellas en una entrevista con Silvia Lemus para el Canal 22–, y es en este país tan distinto, tan lleno de veredas, donde se vuelve necesario el trazado de mapas. Mapas que nos permitan ver cómo la sociedad cambia, ya por las transformaciones del sistema económico-social, ya por la acción de los grandes procesos, o ya desde las peculiaridades y aparentes nimiedades de la incidentalidad humana. Es en este trazado de rutas, que encontramos conveniente marcar una prudente distancia respecto de aquellos historiadores estancados en el pantano del positivismo decimonónico, empeñados en enseñar los procesos como mitos fundacionales, arraigados moralmente en los hombros de los por ellos llamados “titanes”, proclamando con enardecidos discursos el espíritu cadornista de pueblos enajenados con la figura del caudillo redentor, o como piezas sueltas de distintos rompecabezas que encajan con la llaneza de los lugares comunes, como si de la superposición de un bloque sobre otro se tratase la historia. Es en este trazado de rutas en el que Hobsbawm se propone a sí mismo como “observador participante”,[ii] un “viajero atento” para ponerlo en sus palabras, es decir, como un intérprete de la realidad concreta, un intérprete perspicaz, lúcido, testigo de primera mano del supradicho “corto siglo XX”; un intérprete más, para ser justos con él.

Para Hobsbawm, ser un historiador y ser marxista significó adoptar un método  de “aproximaciones históricas”, de versiones encontradas, de subjetividades y objetividades, de sujetos de las transformaciones y objetos de ellas. La influencia de Marx en los historiadores está, en palabras del homenajeado autor, basada tanto en su teoría general, es decir, la concepción materialista de la historia, como en sus observaciones concretas en relación a aspectos particulares. Por ejemplo, Hobsbawm, concibe el declive de la clase obrera manual, tanto como agente esencial de la transformación social, o en otras palabras, como “la clase sepulturera del capitalismo”, tanto como factor hegemónico dentro de la producción material y biopolítica, ya que, a decir de él, carece ésta del potencial organizativo de la vieja clase obrera y tiene en la actualidad un nulo potencial político. En la misma dinámica desliza la idea, aún inacabada en su entramado discursivo, de la preeminencia del trabajo inmaterial como base de la explotación del capital en su fase post-industrial, así como el fracaso de Estados Unidos para mantener en solitario una hegemonía mundial, dando paso a una constelación policromática de bloques, coaliciones y organismos supranacionales que ya no sólo en el terreno bélico se disputan el dominio del concierto social mundial. Como asidero práctico de estas aseveraciones, Hobsbawm nos platica sus apreciaciones sobre el emergente bloque BRICS o la crisis financiera del 2007 gestada en el corazón del imperio, poniendo los acentos en las microhistorias de la otrora poderosa clase media estadounidense; o acaso nos comente el declive de los partidos comunistas europeos y el cada vez mayor papel de China en el (des)orden de la  economía mundial, pasando por las calles sin pavimentar de los barrios insumisos de la Franja de Gaza.

Podemos objetarle el título nobiliario con el que la realeza inglesa le enviste, más no podemos dejar de admirar su franca oposición ante el académico-historiador que dictaba la cátedra desde el panoptikum del tiempo,[iii] como testigo indolente de una realidad que más que ser interpretada, exige ser transformada. Guardando las debidas formas y distancias, podemos decir que Marx no escribió para que los intelectuales del siglo XX tuvieran materia de trabajo, sino para la emancipación del proletariado del tiempo capitalista industrial; Hobsbawm, por su parte, nos hace un llamado similar al advertirnos que: “Los intentos del siglo XX por tratar la historia del mundo como un juego de suma cero económico entre lo público y lo privado, puro individualismo y puro colectivismo, no han sobrevivido a la manifiesta bancarrota de la economía soviética y la economía del ‘fundamentalismo de mercado’. El retorno a una de estas economías no es más posible que el retorno a la otra.”[iv]

Por otro lado, Hobsbawm fue partidario de la Historia, no por la historia misma, sino como interpretación de hechos, de momentos, de voces que corresponden a las multitudes, verdaderas arquitectas de la historia. Ésta, para Hobsbawm, como para Marx o Foucault et al consiste, además del placer de leerla y hacerla, en una herramienta que coadyuva a desmitificar procesos; procesos inasequibles a veces a primera vista, o en otras palabras, sólo apreciables mediante ese dialéctico giro que desenmascara la esencia de la apariencia. Cito a Marx como lo hizo Hobsbawm, porque el estudio de la historia para él desembocó en la construcción de un edificio categorial que tras años de reflexión culminó en la teoría social que habría de cambiar drásticamente el paisaje del siglo XX; Foucault por otro lado, tanto en su historia de la sexualidad, como en gran parte de su vasta obra, recurre a la investigación histórica como estrategia de análisis para situar en su justo contexto los procesos económico-sociales y culturales que determinaron la transición de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control.

Los acontecimientos, que a la postre, por tirios y troyanos serían llamados Historia, no tienen un significado, sino tantos como voces existan para interpretarla. Eric Hobsbawm lo entendió y lo asumió en cada una de sus obras, desde su crónica del convulso siglo XX hasta los relatos, muchas de las veces empañados por la superchería popular, de los bandoleros y los rebeldes primitivos. No hay verdades, decimos junto con Hobsbawm, sólo versiones de la realidad social.



[i]  El encabezado de este ensayo hace referencia al título en inglés de su obra más conocida: Age of extremes. The short twentieth century: 1914-1991, editada en español por Editorial Crítica bajo el epígrafe de Historia del Siglo XX. Por otro lado, el concepto del siglo XX corto, reconoce Hobsbawm en el prólogo a la citada obra, es acuñado por Ivan Berend, en algún momento presidente de la Academia Húngara de Ciencias y que se refiere, en virtud de una periodicidad menos apegada a criterios de índole estrictamente temporal, al periodo comprendido entre el inicio de la primera guerra mundial y el fin de la era soviética.

[ii]  Término consuetudinario en la antropología.

[iii]  Como destacó Ilán Semo en artículo reciente en La Jornada.

[iv]  Hobsbawm, Eric. Como cambiar el mundo. Cap. II, “Marxismo”. Editorial Crítica, Barcelona, 2011. Pág. 423.