Principio y fin
Marco Antonio Aguilar Cortés
El sexenio del presidente Felipe Calderón Hinojosa no tuvo un buen principio; y, aun a pesar de una publicidad pagada a buen precio, no tiene un buen fin. Los calificativos reales para su administración no se dan en porcentajes, sino en calificativos: mediano, malo y pésimo.
En la política, como en la literatura, debe cuidarse con mucha responsabilidad el principio y el fin. Planear adecuadamente la entrada y la salida es marcar el desarrollo, o el proceso, entre el primer paso y la meta. En la república de las letras Jorge Luis Borges y Umberto Eco tratan el tema con precisión y claridad.
Desde luego que no es lo mismo escribir un libro que ejercer un sexenio como presidente de México durante estos primeros años del siglo XXI.
Tampoco ha sido lo mismo desempeñar ese poder presidencial en todos y cada uno de los sexenios del siglo XX en nuestro país. Las diferencias existentes entre una y otra actuación política han sido, en no pocos casos, drásticas.
Sin embargo, el hecho de que todo en nuestra realidad sea diferente no descarta la existencia de semejanzas, por lo que, regresando al mundo de los libros, a cómo se escriben éstos, bien podemos compararlos con la manera en que se inicia y se termina el mandato de un presidente de la república, aquí y ahora; claro, toda proporción guardada.
Quien escribe se encuentra en pleno ejercicio de su voluntad, como titular de derechos humanos garantidos por nuestra Carta Magna, y puede hacerlo como le dé la gana, ajustándose a las limitaciones constitucionales, sobre todo si escribe para publicar.
En cambio, el presidente de México no puede diseñar ni realizar con sus propios actos individuales lo que será el ejercicio de su mandato por seis años, de principio a fin, cabalmente.
La realidad internacional y nacional, ajena a él, lo va condicionando, y en no pocos casos determinando, ya que también en el fenómeno político existe la causa y el efecto, al igual que opera la incertidumbre, y la libertad humana enmarcada dentro de una circunstancia.
En esas condiciones vimos la toma de posesión del presidente Felipe Calderón Hinojosa, hace seis años, muy lejos de la dignidad, casi imperial, con la que sus antecesores iniciaron su encargo. Apareció de repente entre los pliegues del cortinaje ubicado detrás del presídium de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, con la cara cómplice de un conejo que sale sorpresivo del sombrero de un mago, ante un público tenso investido de fuero legislativo.
Si esa forma grotesca fue su inicio, su final administrativo ojalá tenga decoro. Es cierto que esto no lo determina el presidente Calderón al cien por ciento, pero sí puede condicionarlo en aceptable porcentaje y, aunque no lo logre, en una intención inteligente estaría la dignidad.
También, Enrique Peña Nieto tiene que diseñar con eficacia, decoro y modestia su inicio y su fin como presidente, más que por bien de él, por bien de México.
Los gritos, abucheos, zancadillas, celadas, empujones, las faltas de respeto deben neutralizarse en los lugares en donde les corresponde, con los vividores del escándalo.
Por el bien de todos los mexicanos, los futuros presidentes de México deben cuidar, con su investidura, su ejercicio a favor del pueblo.
