Juan Antonio Rosado
Distintas connotaciones ha tenido la oscuridad en la historia de la cultura. La más común es el desconcierto que impide la cabal percepción debido a un estado físico, intelectual o sicológico que, sin embargo, no impide ni la toma de conciencia ni la imaginación ni el surgimiento del pasado y sus demonios. Utilizando el género dramático breve, Bersaín Lejarza ha compuesto la Trilogía del cuarto oscuro, un concierto sobre el desconcierto de la soledad y la ruptura. La primera obra, “Luz artificial”, no es tan sólo una metáfora de la soledad que implica un cuerpo —espacio-circunstancia— y un tiempo subjetivos, intrínsecos, sino también la ruptura con la realidad y con el otro, así como la a menudo consecuente autoafirmación de un yo que no deja llevarse por la tentación de lo “oculto”, del misterio. Antifáustica, sartreana, alegórica, con elementos del teatro del absurdo, la obra resulta, sobre todo, sugerente. Pero justo la tónica de la trilogía es sugerir, más que denotar. En “Castillo de naipes”, Masculino y Femenino, amén de los papeles que pueden (o podrían) desempeñar en la sociedad, representan los dos polos de una dicotomía sin la cual no habría ruptura. Antes de convertirse en soledad absoluta, la ruptura, la “nada” que separa a cada cuerpo se halla poblada de imaginación o insomnio, de temores o reproches, de pasado violento o silencio. Siempre resurgen fantasmas que separan al yo del otro: “Hemos enfermado de nuestra compañía”, afirma Masculino. En “La caja de cristal”, aparecen el Director, la Actriz y el Actor, pero también el profundo miedo, los demonios persistentes y, de nuevo, la ruptura que implica una posición existencial consciente de la soledad humana, esa caja de cristal impenetrable, lanzada al azar como los naipes con que se construye un frágil castillo. Como se trata de obras dramáticas, el autor tuvo el acierto de acercar a sus personajes a la oralidad, sin escatimar algunas incorrecciones gramaticales, como “cada que” en lugar de “cada vez que”; “¿qué voy hacer?” en lugar de “¿qué voy a hacer?” o “depende lo que…” en lugar de “depende de lo que…”, así como el uso mexicano del verbo “iniciar”. Estas y otras incorrecciones deliberadas acentúan la verosimilitud de las obras y, por tanto, su intensidad y efecto sobre el espectador, quien sin duda es conducido al silencio por las situaciones que se suscitan.
Bersaín Lerjarza Abelleyra, Trilogía del cuarto oscuro. Editorial Anagnórisis, México, 2011; 45 pp.
