Ricardo Muñoz Munguía
(Primera de dos partes)
El clímax de la soledad es la revelación del hombre, y de la mujer, ante su alrededor. Revelación que obligadamente provoca destellos de ira, de temor, de angustia. Sin duda, estas sombras construyen un panorama gris, uno de los colores de la soledad. Y en ese territorio con aires de desesperanza centra su labor creativa Marisela Aguilar S. Nos traslada a ese núcleo oscuro apenas avanzamos las primeras páginas y a pesar del resabio amargo que provoca el tema, nos afianzamos al buen manejo narrativo de la autora, así, enganchados por la pluma de Marisela, abrimos la mirada ante un hombre que afanosamente evoca su silueta solitaria. Los colores de la soledad (Ediciones B, 2012) remite la atención a la raíz, donde cobra presencia el fulgor de una actitud ante la vida. La génesis de la soledad —en el caso que se nos presenta en la primera novela de Marisela Aguilar— parece estar en los genes. Emilio, personaje principal, va señalando sus orígenes, desde Humberto, su abuelo materno, con quien en la infancia tuvo una relación “muda y neurótica”, pero finalmente era su figura paterna; del padre, a quien tanto imaginó que algún día lo vería con la misma felicidad que sus compañeros recibían al suyo, terminó por odiarlo, y odiarse a sí mismo, por tanta ausencia, tanto vacío. A sus cuarenta años cree que quizá su mamá, la que padeció la incomprensión y el tremendo machismo del padre, de algún modo lo haya protegido de un mal padre, “un hijo de puta”, como se refiere al abuelo, el que ha muerto, al que quiere llorarle Emilio, y lo hace, pero en un sepelio ajeno, donde habrá de conocer a Lucía. De Bertha, su mamá, una mujer controladora y posesiva con el hijo, deja claro Emilio que están en una relación que debe terminar, pues no soporta los distintos ataques que pertenecen más a una hipocondríaca que a una verdadera enferma y, por otro lado, al tremendo control que ejerce contra el hijo pero éste parece no poder detener ese tren de vida. No puedo dejar de mencionar a Josefina Vicens con El libro vacío, sobre todo porque la referencia con sus debidas distancias obliga: Josefina también muestra a un hombre maduro envuelto en un matrimonio desgraciado; Marisela encumbra otro tipo de matrimonio desgraciado, el de madre e hijo; Josefina expone a un tipo que quiere escribir pero no puede; Marisela deja ver a un hombre que quiere amar y tampoco puede; Josefina a su personaje José García se ve envuelto en una vida tan común que no lo deja escribir algo valioso; Marisela ve en Emilio a un hombre que pretende la intensidad de la vida mas no la consigue; ambos libros, de Josefina Vicens y el de Marisela Aguilar, levantan el telón del rumbo de las novelas desde sus títulos. Así, entre otros maravillosos vasos comunicantes, la intensidad de las personificaciones nos abruma por el martirio que los conduce.
