Bárbara Jacobs

Si un niño me pregunta a mí, que no soy un poeta, qué es la poesía, le contesto que es una combinación de palabras que parece que electrifican el cuerpo del que las lee o del que las oye, así de extraordinariamente se lo sensibilizan, y se lo sensibilizan tanto o más que al que las combina, que es el poeta que más bien escribe intimidado. Digo que al lector o al oyente la poesía parece que los electrifica tanto o más que al poeta, porque el poeta suele saber, aunque no siempre lo reconozca, que él no ha combinado nada, sino que más bien a él se le combinaron las palabras que luego resultaron poesía, o eso que sensibiliza al grado de casi hacer estallar al oyente o al lector. O sea, el poeta suele saber, aunque no lo reconozca, que la poesía es el resultado de un acto de magia, sabe que él no es quien hace la magia ni por tanto el mago, sino apenas el sombrero del que salta el conejo, es decir, la magia. Entonces, si un joven en busca de vocación me pregunta a mí, que no soy poeta, qué es un poeta, para hacer despertar en él de una vez por todas su imaginación, para hacerlo pensar y poner en práctica su facultad de síntesis, le contesto que el poeta es un sombrero o, mejor todavía, que el poeta no es más que el interior de la copa profunda de su propio sombrero. * El viernes 13 de madrugada leía Nothing to be frightened of, la iluminada y divertida especie de autobiografía de Julian Barnes, que es al mismo tiempo análisis y discusión sobre el temor a la muerte, cuando me topé con dos versos de un poema de Dylan Thomas: “Do not go gentle into that good night / Rage, rage against the dying of the light” que me sensibilizaron a tal grado que de inmediato recogí en mi diario la experiencia, con la intención de buscar el poema completo de Dylan Thomas y memorizarlo o grabármelo con un cincel en la palma de la mano, o tallarlo en la cabecera de mi cama, con el fin de tenerlo presente y recordar que a la hora de sentir la proximidad de la muerte deberé rebelarme enfurecida aunque la noche me atrape, y deberé rugir rabiosa contra la luz que se me apaga, por más bondadosa y apacible que esa noche de noches se me presente: “No te encamines dócil hacia la buena noche / Rebélate furioso contra la agonía de la luz”. Ese mismo viernes 13, pero en la tarde, finalmente recibí Une mort très douce, la breve memoria de la muerte de la mamá de Simone de Beauvoir, y digo que recibí este libro finalmente porque lo había pedido desde hacía más de un mes, y cuando por fin llegó ya empezaba a ubicarlo en la columna de mis pérdidas, paralela a la de mis ganancias, estructura en la que vacila mi existencia cotidiana y que suelo contemplar con menos alegría que tormento. Lo cierto es que Une mort très douce al fin había llegado a mis manos y en cuanto pude me aparté del mundanal ruido y me dispuse a leerlo. Sin embargo, del epígrafe no pasé, al menos durante un buen rato, ya que primero necesité serenar el estremecimiento que fue leer el epígrafe, pues me había sensibilizado violentamente. Se trataba de tres versos de un poema, que no sólo era y eran de Dylan Thomas, sino que pertenecían al mismo poema suyo que ese mismo viernes 13, pero de madrugada, había yo leído citado por Julian Barnes, en su fantástico Nothing to be frightened of, en el que discurre acerca del temor a la muerte. En el epígrafe de Une mort très douce, Simone de Beauvoir cita, además de los mismos dos versos de Thomas que cita Barnes, un verso intermedio: “Old age should burn and rave at close of day;” y aparte lo cierra con punto y coma, y con un punto el primero, “Do not go gentle into that good night.” por no decir que al segundo de los que recoge Barnes, Simone de Beauvoir añade puntos suspensivos: “Rage, rage against the dying of the light…” todo esto, sin que yo hubiera ni haya buscado aún el poema completo, ni confirmado nada en la edición más autorizada que encontrara, ni siquiera en lo tocante a la puntuación o a las distintas traducciones posibles al español. (Ignoro quién se ha especializado en Dylan Thomas en español, quién lo ha traducido al español y quién lo ha estudiado.) Pero hasta aquí, lo que me quedaba claro, aparte de que un poeta es un sombrero, y de que un poema es el conejo que salta del interior del fondo de la copa de un sombrero, era que Dylan Thomas me acababa de unir, de forma indisoluble, fusionar, fundir, entrelazar para siempre, con Julian Barnes y con Simone de Beauvoir, al menos por lo que hace a la actitud que hay que observar hacia la muerte, hacia la proximidad de la muerte, pues “Al final del día la vejez ha de rabiar con furia;” * Bueno, así como sin ser poeta he podido contestar al niño qué es un poema y orientar al joven hacia una vocación de poeta, sin ser prologuista puedo sostener que un prólogo es una síntesis que un lector hace de una lectura. Más que preparar a otro a hacer una lectura determinada, un prólogo pretende invitarlo a hacer su propia lectura y a construir su propia síntesis de su propia lectura. Y todos sabemos que una lectura es una vivencia, y que ninguna lectura se hace en el vacío, pues todas están impregnadas de otras, es decir, de otras lecturas, que es decir, de otras vivencias. Así, diré que lo que he venido diciendo en estas líneas, de la lectura de Nothing to be frightened of, de Julian Barnes, de la lectura de Une mort très douce, de Simone de Beauvoir, de la actitud que sugiere el poema de Dylan Thomas ante la proximidad y el temor a la muerte, se incorpora a lo que removió en mí Blanco Oro Negro, una respuesta distinta, si no dulce, pero tampoco temible, un poema áureo, es decir, resplandeciente, notable, que Eduardo Estala Rojas ha recibido en la concavidad de su sombrero, echado como estaba el poeta, uno más de los hombres de Robin Hood, a la sombra del Major Oak, en el centro de Sherwood Forest, en Nottinghamshire, Inglaterra, o en su puesto de vigía en la cima del Tepozteco, en el Estado de Morelos, México, o mientras navegaba en la barca de vela solitaria por el Nilo, en Egipto, o cuando sus pasos resonaban con el viento por las calles de Chicago, en Illinois, en Estados Unidos, “Sin anteojos/ me abren las bibliotecas./ Sin preguntas especulativas./ Soy el lector asociado,/ responden los libros.” conejo al que Estala Rojas nombró en inglés Associate Reader, cuando saltó de su cabeza tras hacer escala en Library: “Todas las mañanas/ veo pasar al tranvía/ desde el segundo piso./ El sonido interrumpe/ mi conversación silenciosa.” o, insisto, en Writer: “Soy de carne y hueso/ tomo café con leche./ Mientras leo los periódicos/ en la web/ todo pasa en mi cabeza.” mientras reabastece de víveres y zanahorias su embravecido corazón sublevado.

Eduardo Estala Rojas, Blanco Oro Negro. Edición de autor. Impresora Bubok, Reino Unido, 2012; 78 pp. Prólogo al libro Blanco Oro Negro, de venta en: http://www.bubok.com.mx/libros/192439/Blanco-Oro-Negro