Víctor Cabrera
Dueño de un estilo plenamente identificable —una especie de marca personal o inconfundible denominación de origen—, Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, 1946) es hoy en día uno de los poetas mejor leídos y más celebrados por varias generaciones de fieles lectores, quienes hemos encontrado en su paradójica obra, vastísima y a un tiempo concentrada, un demorado magisterio, una pausada lección de devoción a la poesía y de fidelidad a las propias convicciones poéticas. Es por esto que la concesión al poeta veracruzano del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012, en el área de Lingüística y Literatura, es una grata noticia que en algo resarce la lamentable y cuestionada situación de los premios literarios en México en este año que termina. Lo es porque, más allá del placer o el entusiasmo que su poesía despierta en quienes desde hace muchos años le seguimos los pasos, y más allá también de las reservas o la suspicacia con que su conocida estrategia poética es vista por algunos críticos, hay un consenso tácito que reconoce en Hernández no sólo a uno de nuestros más notables poetas vivos, sino, simple y sencillamente, a uno de los grandes poetas mexicanos. “Llega un momento en que ya no te preocupa, en que deja de importarte si vas a encontrarla o no”, me dijo una vez Francisco al preguntarle sobre la búsqueda y el hallazgo de ese ente huidizo e indefinible que algunos llaman, con un halo de misterio pretencioso, la voz. La declaración es al menos curiosa viniendo de un poeta que muy pronto encontró un tono y un registro particulares que ha decantado durante más de treinta años, más allá de las formas que su discurso adopta en cada libro. No obstante, tiene sentido si pensamos en el método mediante el cual, durante las dos últimas décadas, Hernández ha modulado esa, su voz, al cedérsela, en una especie de doblaje poético, a la cauda de fantasmas venerables que pueblan una de las obras más sólidas, entrañables e inquietantes de la poesía mexicana. Si algo, la relectura de los trabajos iniciales de un autor permite hacer una arqueología de sus manías ulteriores. Ya desde sus primeros libros publicados en los años setenta, son identificables las obsesiones que más tarde serán la impronta de un poeta que en el aparente enmascaramiento desvela su rostro verdadero. Baste mencionar el título de su segundo volumen que es, en sí mismo, la definición de una poética: Portarretratos. El “Fade in” con el que inicia ese libro de 1976 nos da otra pista fundamental: “Lo de menos era empezar/ con un autorretrato./ Pero francamente, no tengo cara/ para hacerlo”. Con esa coartada, Francisco ha optado por camuflar su semblante tras las sucesivas caretas de sus personajes-interlocutores. Como el marco que contiene rostros conocidos, Hernández interviene esos perfiles, los modifica para devolvérnoslos renovados con las inconfundibles facciones de su escritura: la contenida exuberancia de sus imágenes perturbadoras, fundadas en un insólito uso del lenguaje, lejano de excesos retóricos y pirotecnias verbales; la asombrosa exactitud con que, libre de aquellos afeites, despliega su potencial sensitivo con la pureza del habla germinal del día de la Creación, la que “despierta el primer día del mundo”: “Cierra dios/ Su paraguas:/ amanece” …el humor y el escepticismo con que es capaz de opacar las más bruñidas superficies; la ternura salvaje con que, en cambio, ilumina las oscuras estampas del alma. Lagartos del reino de la fiebre, camaleones invertidos, los poemas de Francisco Hernández logran el extraño prodigio de mudar el color de aquello que tocan, de conferirle a las palabras el brillo opaco de lo turbio y lo inquietante. “Arte de lo imposible, la poesía —escribió Roberto Juarroz— es una persecución constante del otro lado de las cosas, de lo oculto, de lo inverso, de lo no aparente, de lo que parecía no ser”. Fiel a este postulado, Francisco explora hasta tensarla irremediablemente la relación entre imágenes y sonidos (significado y significante) para mudar el sentido de esa correspondencia convencional y entregarnos los objetos preciosos que a veces vislumbramos en la duermevela. “Para entrar en el sueño/ la criatura nocturna se despierta”: fincada en esta paradoja, su poesía está firmemente enraizada en la trinidad (romanticismo-simbolismo-surrealismo) que abrió el cauce de las literaturas modernas. Es, en este sentido, depositaria, también, del axioma Lautreamoniano que desde muy temprano se convirtió uno de los ejes de su poética: “Al abrirlo/ sobre la mesa de disección/ encontraron/ palabras agudas/ impregnadas de curare/ un paraguas/ una máquina de coser/ y el retrato hablado/ de Lautréamont”. Hernández no rehúye, así, ni el azar ni el hallazgo poético fortuito, pero tampoco evade el rigor del orfebre para otorgar a esas gemas contingentes su fulgor sombrío. Antes que de acumulación, para él la poesía es una labor de pulimento: “Quitar la carne, toda,/ hasta que el verso quede/ con la sonora oscuridad del hueso./ Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo/ hasta que se convierta en aguja tan fina,/ que atraviese la lengua sin dolencia/ aunque la sangre obstruya la garganta”. De Gritar es cosa de mudos a La isla de las breves ausencias, la obra poética de Francisco Hernández exige leerse como un continuo, precisamente como el mapa de esa ínsula, que al desplegarse a sí mismo se impregna de ecuadores, mudando sucesivamente de centro hacia sus puntos cardinales pero siempre fiel a sus propias coordenadas: las que le traza uno de nuestros poetas fundamentales.
