Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)
La soledad franquea al ser humano de su condición. Es así que lo gris de la personalidad permea en su alrededor. La actitud primera no es más que una fachada, la interiorización de cada hombre y de cada mujer es, o debiera ser, la firme postura que debe estar en su decisión. Por ello, Los colores de la soledad, de Marisela Aguilar S., es un verdadero entramado para descubrir, o entender, el multicolor título de su libro, un asomo a las llagas del alma. La novela abre con la afirmación “Soy un egoísta”. Tal revelación temprana, de entrada, nos muestra a un personaje que habrá de enfrentarse con los costos del egoísmo. Por otro lado, seguida de tal afirmación, leemos “Pocas veces me intereso por los demás”, lo que nos lleva a un escenario en donde la identidad del personaje no habrá de tomar un solo rumbo ante cualquier situación que se le presente. Nada está previsto. Y, en efecto, Emilio, a pesar de ser ermitaño y mostrarse, por él y por otros, como en “desuso” o “fuera del mundo”, principalmente por la edad (cuarenta años), tiene suerte, de algún modo, pues se relaciona con Lucía, una mujer que se encuentra durante un sepelio ajeno a él. Así, mientras Emilio llora en una tumba en la que ni siquiera sabe a quién entierran, él se duele con francas lágrimas por la pérdida del abuelo, una forma de llorarlo, aunque sea a la distancia. Emilio es profesor de literatura, profesión que paralelamente la combina con el placer de mirar, en especial a un par de sus alumnos, Pablo y María, que aparecen en un sensual juego. A Emilio le habrá de despertar el interés por la novia de Pablo pero, como es de esperarse, esto lo llevará a probar los puños de Pablo. Y así, golpeado, por increíble que parezca, Emilio habrá de ayudar a un perro que encuentra atropellado y, gracias a ello, podrá conocer a Gala, su vecina y quien se quedará con el perro mas no con el salvador del can, pues a éste le falta decisión. Alternadamente Emilio se dejará ver en tres escenarios amorosos: uno, con María a la que con una buena dosis de obsesión se lanzará al ataque pero la alumna no jugará el juego completo; a Lucía, la mujer que lo consoló en el sepelio para caer sólo en un romance efímero y Gala, la vecina, quien lo empuja para amarla pero Emilio no sabe responder pronto. Emilio tiene un refugio: la poesía. Desde este género creativo corre a la par su historia. Sin embargo, constantemente el refugio tiene que abandonarlo, es entonces que Emilio se retrata inconforme, solitario, fuera de una generación, con traumas, huraño, pesimista, neurótico, temeroso…, a pesar de su inteligencia y de ser culto, como lo demuestran los distintos rastros a lo largo de las páginas. Indudablemente, el volumen que hoy nos ocupa, cuenta con los aciertos y fuerza necesarios para ahondar en el territorio de la soledad. Sin duda, también, por ende, se trata de un libro valioso que no dejará a nadie en la indiferencia.
Palabras leídas en la presentación de la novela Los colores de la soledad el pasado 5 de diciembre en la Casa Refugio Citlaltépetl.
