Patricia Gutiérrez-Otero
Es domingo 9 de diciembre, la música de Bach se extiende por la habitación y se une al regocijo que siento desde la mañana cuando, por pequeños grupos, con diferentes actitudes, los injustamente detenidos fueron saliendo de la cárcel para ser recibidos por sus familiares y compañeros. Tras haber visto el lujo de violencia desplegado por los policías, parapolicías y grupos de choque el primero de diciembre, tras haber vivido el clamor de un grupo de la población mexicana para que se investigara si eran o no culpables, y en este caso se les liberara, hoy salió el sol y junto con él unas cincuenta y cinco personas. Las variaciones de Goldberg a veces ríen y a veces gimen, como si se alegrarán por el triunfo de la justicia, pero lamentaran que tras las rejas todavía quede una jovencita y varios hombres. Cuando esta entrega salga, esperamos que ya no quede un solo inocente preso; esperamos que los heridos graves puedan reanudar su vida —la esperanza muere al último—; que ya se haya encontrado a los autores intelectuales y materiales del zafarrancho y del vandalismo. Esperamos que la sociedad activa siga estándolo y que la que no quiere ver ni oír salga de su letargo, de su comodidad, de su indiferencia. México puede dejar de ser una sociedad de “agachados” y/o “súpermachos”, como con acierto nos llamó Rius allá por los años ochenta. El único camino a seguir es el de la vía gandhiana y el del cambio de corazones de piedra a corazones vivos que puedan sentir que en realidad todos somos hermanos y hermanas; hermandad que va más allá de lo humano y abarca a todo ser vivo e incluso inanimado. Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés Larráinzar y a todos los grupos indígenas del país, sus comunidades, agua, tierras, costumbres; esclarecer los feminicidios en todo el país; mantener un boicot a Televisa y Soriana; evitar los monopolios nacionales y extranjeros; cambiar el sistema neoliberal, padre de tantos males.
