Carmen Galindo
De seguro, los jóvenes ni se imaginan que uno se pudiera desvelar por la disyuntiva entre vanguardia y literatura comprometida. Sin embargo, recuerdo todavía el desasosiego que me asaltaba cuando oía que casi la totalidad de mis compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM preferían, a ojos cerrados, la vanguardia y solían mirar por encima del hombro las tesis de Jean Paul Sartre sobre la literatura comprometida. Con el tiempo, fui cayendo en la cuenta, más lentamente de lo que debiera, que los principales autores de vanguardia de América Latina: el cubano Nicolás Guillen, el peruano César Vallejo o el chileno Pablo Neruda -sin excluir a Aragón en Francia o a Maiakovski en la Unión Soviética- eran comunistas y no sólo por sus declaraciones o su militancia, sino con todas las de la ley, pues es sabido que los tres (Guillén, Vallejo y Neruda) tenían carnet del Partido Comunista.
Lo que no quiere decir, aunque parezcacontradictorio, que si pensamos en el arte abstracto, promovido por los Estados Unidos con el fin explícito de detener la influencia del muralismo mexicano, también tengamos que admitir que, visto así el problema, vanguardia y literatura comprometida eran -y siguen siendo- corrientes enemigas.
César Vallejo, de quien en este año se celebran los 120 años de su nacimiento, no se consideraba vanguardista. Pensaba, y con sobrada razón, que la nueva poesía se transforma de abajo hacía arriba, que primero cambia el mundo y luego, la poesía. Un movimiento que iría de los cimientos a la fachada. Para él, la vanguardia viene desde adentro, no es, pues, como pretenden algunos, una corriente formalista, de modelos literarios que se “fatigan”, que pierden novedad y tienen que ser sustituidos por otros. En una cita que tomo del estudio de Enrique Bailón Aguirre, titulado Poetología y escritura: Las crónicas de César Vallejo, el artista considera:
“La poesía nueva a base de palabras o de metáforas nuevas, se distingue por su pedantería de novedad y, en consecuencia, por su complicación y barroquismo. La poesía nueva a base de sensibilidad nueva es, al contrario, simple y humana y a primera vista se le tomaría por antigua o no atrae la atención sobre sí es o no es moderna”.
En algún momento, es todavía más explícito:
“Mis votos por la sensibilidad”, le escribe a Huidobro.
Se refiere a la “sensibilidad aborigen”, peruana para acabar pronto. E incluso: “La estética socialista debe arrancar únicamente de una sensibilidad honda y tácitamente socialista”.
Como cualquiera de nosotros, Vallejo no sustenta una sola ideología a lo largo de toda su vida. Primero fue populista; luego, a partir de 1929, comunista.
A pesar de sus convicciones políticas, (estuvo preso 112 días en 1922 por ese motivo) estaba en contra de que la poesía cumpliera un servicio inmediato:
“Cuando (Víctor Raúl) Haya de la Torre [fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana y jefe histórico del Partido Aprista Peruano] me subraya la necesidad de que los artistas ayuden con sus obras a la propaganda revolucionaria [se refiere al populismo] en América, le repito que, en mi calidad genérica de hombre, encuentro su exigencia de gran giro político y simpatizo sinceramente con ella, pero en mí calidad de artista no acepto ninguna consigna o propósito, propio o extraño, que, aun respaldándose de la mejor buena intención, somete mi libertad estética al servicio de tal o cual propaganda política”.
Sin embargo, en un momento determinado, durante la guerra civil española aceptará una de las propuestas más difíciles de comprender para un artista, la violencia revolucionaria. En España, aparta de mÍ este cáliz, escribe:
“¡Voluntarios,
por la vida, por los buenos, matad
a la muerte, matad a los malos!
¡Hacedlo por la libertad de todos,
del explotado y del explotador”.
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Y hacedlo, voy diciendo,
por el analfabeto a quien escribo,
por el genio descalzo y su cordero,
por los camaradas caídos,
sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino![i]
Antes había escrito:
¡Porque en España matan, otros matan
al niño, a su juguete que se para,
a la madre Rosenda esplendorosa,
al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo
y al perro que dormía en la escalera.
Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,
a su indefensa página primera![ii]
En el análisis de Jakobson, una de las funciones de la lengua es la persuasión y ésta es una de las características que encuentra en su análisis estructural Bailón Aguírre en las crónicas de Vallejo. Este lenguaje que toma partido, que está volcado hacia el convencimiento del destinatario, es, por definición, político. Y aquí, en España aparta de mí este cáliz, reaparece con intensidad, con vehemencia.
César Vallejo es un poeta tan hermético que he visto a especialistas en su obra, como Julio Ortega o José Pascual Buxó, titubear entre una y otra interpretación de una metáfora.
Quisiera contar una anécdota. Estaba Julio Ortega, como ustedes saben el especialista en Vallejo, impartiendo un cursillo sobre el poeta y, de repente, al explicar un poema, se detiene y confiesa que no sabe qué quiso decir Vallejo y pide la ayuda de los escuchas que, me doy cuenta en ese momento, todos somos profesores, y ante mi asombro ninguno atinamos a dar una interpretación.
Este decir secreto y a ratos impenetrable, no le impidió dirigirse a las masas, a Pedro Rojas, combatiente de la guerra civil española, aquel que también escribía, pero sobre las bardas: “Viban los compañeros”.
Ustedes no pueden verlo ahorita, pero tal vez recuerden que Vallejo escribe como escribía Pedro Rojas, con una b alta, en la segunda sílaba de viban.
Solía escribir con su dedo grande en el aire:
“!Viban los compañeros! Pedro Rojas”,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.[iii]
José Carlos Mariátegui, el primer marxista de América, como lo llama Adolfo Sánchez Vázquez, en Siete ensayos sobre la realidad peruana, un texto ya clásico, considera que el primer poeta peruano es Vallejo y así lo justifica:
“Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza. En Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente expresado.”
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“El sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación propia. Su canto es íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también. “[iv]
Poeta difícil, como ya se dijo antes, sus metáforas provienen más del subconsciente que de la vigilia, de ahí su hermetismo.
Entre su andamiaje de recursos puede mencionarse la supresión de la rima, que es hoy casi del diario; su incesante cascada de neologismos, que todavía causan asombro, en la que los sustantivos pozo, rosario, holocausto, perfil e istmo., se disfrazan de verbos. “Empozara” , “ te holocaustas”, enrosarian”, “se aperfilan” e “istmarse”, son algunos de ellos, aunque el más memorable, al menos para mí, es aquel par de versos que dicen:
Quiero escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.[v]
Apenas necesito destacar que del sustantivo laurel deriva “laurearme” y al nombre cebolla lo hace pasivo al fingir su conjugación como “me encebollo”. Se entiende el significado, que al tratarse de colocar el laurel de los poetas en la cabeza sólo logra coronarse con una vulgar cebolla. A estos versos, que ya califique de memorables, preceden estos otros, tal vez mejores aún:
Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo[vi]
Su gusto por hermanar palabras tan disímbolas como amargura y madrugada para formar amargurada lo filian en la vanguardia. Pero a esta invención infatigable, la acompaña de su contrario, el uso de fórmulas gastadas de la conversación que transforma sin que se deje de traslucir la frase original: “estiró la pata” se convierte en “estiró la rodilla” y “a flor de piel” se disfraza de “a flor de músculo”. (En su estudio sobre Vallejo, Buxo le llama a este recurso “calcos”) Desafía la gramática en toda la extensión de la palabra, casi como una rúbrica lo acompaña: “el traje que vestí mañana”. Ni la ortografía, ni los tiempos verbales, ni la sintaxis, se amparan bajo las normas. Todo es transgresión. Poeta absoluto le llama Mariátegui.
Acerca el texto al dibujo y deja espacios en blanco como invitando al lector a una pausa, busca, en fin, efectos visuales que sólo se advierten mirando la página escrita como cuando incurre en faltas de ortografía y luego, en sentido contrario, se apoya sólo en la imagen acústica (el oído) donde el ojo sale sobrando.
Por momentos sospecho que esa modernidad, que muchos hemos tomado por vanguardia, por más que el propio Vallejo lo desmienta, proviene de lo más antiguo: su origen indio. Que lo que pensamos como sintaxis experimental le viene, tal vez, del quechua o del aymará. Que, por otro lado, en Trilce, su búsqueda, más que formal, es sólo un afán de libertad absoluta que hace que las palabras se fuguen incluso de su significado.
Los teóricos de la literatura postulan una distinción, a veces un abismo, entre el yo que habla en las obras literarias y el autor. En lo personal me inclino más a la tesis de Flaubert que afirmaba muy quitado de la pena, quiero decir sin rubor, “Madame Bovary, soy yo”. Trate usted de poner en un lado a Marcel Proust de la evocación de la zaga que conocemos como En busca del tiempo perdido. Y eso sin decir que una sola vez en las varias novelas, se nombra al personaje como Marcel. El otro día, a pregunta expresa, Fernando Vallejo, el colombiano avecindado entre nosotros, aseguró que sus obras no caben en la autobiografía, sino en lo que denominó “novelas del yo”. A condición, ha dicho por escrito, que se entienda que “yo me invento”
Y todo esto viene a cuento, porque algunos teóricos hablan ya del yo lírico, ese yo lírico –suponen-es el que nos habla desde los poemas y eso es ya más difícil que en la novela, uno tiende a suponer que el que puede “escribir los versos más tristes esta noche” es ni más ni menos que Neruda en persona y el que pide “que se cierre esa puerta” es Carlos Pellicer y no otro. En fin que es Quevedo “el polvo enamorado”. Pero en el caso de César Vallejo, como en el de Ramón López Velarde, esta identificación es más intensa, a uno no le cabe duda de que los huesos calcinados son los de López Velarde y de que César Vallejo es el que le reclama a Dios-
Y sin embargo, todavía no he dicho lo que más me gusta de Vallejo que es su capacidad de reunir en uno lo abstracto y lo concreto. Citaré, claro, el poema que cualquier lector de Vallejo guarda en la memoria, el clásico, el que abre Los heraldos negros:
Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…Yo no sé!.
Sobra decir que ese traducir a golpe el dolor e hiperbolizarlo haciéndolo venir de Dios, es el ejemplo que andaba yo buscando, y ya que lo cité no quiero desaprovechar la oportunidad de llamar la atención sobre el titubeo del poeta que revelan los puntos suspensivos, como si el autor pusiera de cuerpo presente el sufrimiento. Y sigue:
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Otra vez los puntos suspensivos expresan que al poeta le faltan las palabras y que los golpes -ya convertidos en látigos- abren zanjas en el rostro y en el lomo de los más fuertes. Y sigue lo abstracto expresándose en lo concreto, cuando exclama:
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y enseguida:
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Versos en que el cotidiano gesto de un amigo que palmea la espalda sirve para dar entrada al que vuelve los ojos para enfrentar el sufrimiento de esos “golpes como del odio de Dios”.
Vallejo, ningún poeta lo hace, no escribe para mostrar sus hallazgos literarios. Lo hace para comunicarnos este sentimiento indígena diría Mariátegui, esta nostalgia, este dolor, no personal, sino de todos los hombres. Esta mayor desgracia del hombre, diría Calderón de la Barca, que es haber nacido.
