César Arístides
El español José de Espronceda fue el escritor romántico por excelencia. Aventurero, defensor de causas sociales, errabundo, raptor de su amada, poeta. Más conocido por las composiciones “A Jarifa, en una orgía”, “La canción del pirata” y, por supuesto, “El Diablo Mundo”, su temperamento lírico abarcó también teatro y narrativa. Impetuoso y temerario, vivió largos periodos de su existencia a salto de mata y esa actitud tan suya de rebelde y osado no le impidió construir un edificio poético en el que donaire, gracia y súplica, arrebato y exaltación sensual/existencial, lo condujeron a un sitio de privilegio de la poesía española del siglo XIX. Instaladas algunas serranillas en el gusto de poetas y lectores, versos dedicados al campo, sus avatares y esencialmente a la belleza, astucia y picardía de las campesinas. Espronceda da un giro a estos menesteres y encarga su labor de alabanza a un pescador para que dirija sus elogios a una moza que lo tiene fascinado. En “El pescador”, el protagonista proclama la belleza de una muchacha por encima de la inmensidad acuática y los misterios celestiales: “Pescadorcita mía,/ Desciende a la ribera,/ Y escucha placentera/ Mi cántico de amor;/ …/ Sentado en su barquilla,/ Te canta su cuidado,/ Cual nunca enamorado/ Tu tierno pescador./ …/ La noche el cielo encubre/ Y calla manso el viento,/ Y el mar sin movimiento/ También en calma está;/… / A mi batel desciende,/ Mi dulce amada hermosa:/ La noche tenebrosa/ Tu faz alegrará”. Gracias al encabalgamiento sencillo y al garbo de sus heptasílabos, la petición se vuelve afable y vigorosa, bajo el amparo de la duda. Promete el enamorado las bellezas marinas a cambio de la gracia y compañía de la amada, anhela los besos y caricias que una pescadorcita puede ofrecer. En el contexto marino su amor es exaltado y con el ímpetu del oleaje, si logra sus propósitos se adentrará en el agua para solos consumar el encuentro; la oscuridad nocturna será testigo del amor, la ternura y las caricias: “Y en esos dulces labios/ De rosas y claveles/ El ámbar [de] las mieles/ Que vierten libaré./ …/ La mar adentro iremos,/ En mi batel cantando/ Al son del viento blando/ Amores y placer;/… / Regalaréte entonces/ Mil varios pececillos/ Que al verte simplecillos/ De ti se harán prender”. La apuesta por la pescadorcita es un misterio, no sabremos si se entregará al amado, lo cierto es que el ímpetu no decae, el juramento es intenso y sentido. José de Espronceda dador de voz a mendigos, verdugos y criminales, lo mismo a bohemios, patriotas, apasionados de la justicia y a enamorados, como en este caso, culmina su poema con la promesa de que si su amor es correspondido la belleza en cuestión será aclamada en los mares, y es en esta promesa donde el ruego abre su corazón para confesar que no puede más sin esta pescadorcita quien, sin duda, es dueña de sus pensamientos: “Y sílfides y ondinas/ Por reina de los mares/ Con plácidos cantares/ A par te aclamarán./ …/ Ven ¡ay! A mi barquilla;/ Completa mi fortuna:/ Naciente ya la luna/ Refleja al ancho mar:/ …/ Sus mansas olas bate/ Süave, leve brisa;/ Ven ¡ay! Mi dulce Elisa,/ Mi pecho a consolar”. Hasta aquí esta apuesta de mar y embeleso del romántico español, y como se apuntó: aunque el contexto es distinto, por obvias razones, al que engalana a las serranillas, el elogio a la amada, a la pescadora bajo cielos prometedores, no desmerece en gracia y hermosa sencillez a las estrofas que se dedican a las hermosas muchachas de campo y aldea.
