Edgar Díaz Yáñez

Mudo espío, mientras alguien
voraz a mí me lee.
Carlos Monsiváis.

Siempre he dicho, y mantenido la idea, que personajes sublimes que han poblado en algún momento este mundo -como Rulfo, Novo, Dickens, Reyes, Borges, John Ford, Billy Wilder, Cervantes, Marx (-Groucho-), y el imprescindible Carlos Monsiváis- no eran de este planeta. Que ellos simplemente destinaron un rato de sus vidas para cambiar por completo las nuestras. Que ellos no mueren, sencillamente se cansan y regresan a su mundo de origen decepcionados por no haber cumplido su cometido de hacernos mejores seres humanos.

Acaso pienso, o quiero pensar, o me obligo a pensar esto, para sentir que su partida no es eterna, que habrá algún momento en que regresen y nos brinden otra oportunidad para demostrar que sí somos merecedores de tener mentes y almas como las suyas entre nosotros; que nos hagan ver la vida de otra manera; que nos hagan ver que tenemos vida.
El mundo debería detenerse y lamentarse cada vez que un gran hombre como Carlos Monsiváis se va -¡No te preocupes, Mundo. Hombres como él, para nuestra desgracia, no abundan. Así que no te pararás muy seguido!-.

Dice Joaquín Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y mi peor nostalgia es haber conocido en persona a Carlos Monsiváis. Lo que hubiera dado por conocerte, Carlos. Ahora sólo me queda leerte.

Días de guardar, tu segundo libro (y el que nos atañe para con estas letras). Días de guardar: No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio: multitud en busca de ídolos en busca de multitud[…]. Días de guardar, tu ‘non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu’ (‘no palabra por palabra, sino el sentido del sentido’). Días de guardar, tu reminiscencia a aquel fatídico, no sólo para México, sino para el mundo, 2 de octubre de 1968. Tu distinción para aquellos caídos, heridos, detenidos y sufridos –aquellos que vieron o escucharon tu “Adivine su década” y en la parte de “Los inolvidables sesentas” respondieron afirmativamente a los trece puntos supieron que “Estamos contigo compañero y nuestra esperanza es que salgas muy pronto.”-. Días de guardar, tu homenaje a una época que revolucionó a un país, a una juventud, a un mundo. Tu homenaje al espíritu lúdico de una década. Tu recopilación de, dicen algunos, crónicas-ensayos do las imágenes creadas por tus fotos verbales plasman de manera irreal la realidad. Días de guardar, tu inicio en ese género subversivo con voluntad anticanónica donde tu valor para expresarte en una época con expresión en que más valía no expresarse queda de manifiesto en frases como “Dos de octubre de 1968: La frase, si definitiva, no es exagerada.<<Lo ocurrido en Tlatelolco divide definitivamente el proceso de la vida mexicana>>” y en otra de valor aún mayor que reza: “Lo inexplicable de lo sucedido en la plaza de las tres culturas, es lo explicable de la necesidad del dominio de una clase en el poder”.

Gabriela Valenzuela alguna vez escribió que: “Si algo sorprende del repertorio del autor de Los rituales del caos (o sea tú) es, sin duda, el abanico de temas que abarca: de la política mexicana a la pintura, de la poesía a la religión y del cine al bolero, Monsiváis siempre tiene algo que decir sobre cualquier tema que cobre importancia en nuestro país […]”; Y no es para menos, decías.

En Címbalos de júbilo haces mención de una puesta en escena, la primera comedia musical del rock, La Traviata de la nueva Bohemia en la cual salen pródigamente desnudos y elogian el Menage Montón: ‘Hair’. Enfatizas la evidencia para con esta obra: “Los productores se han equivocado de público. Una obra sobre la desenajenación, tan demodée o tan actual como se quiera, ante un auditorio capaz de emitir cuatrocientos pesos por boleto” Y sentenciabas, como sólo tú podías hacerlo, que “Nadie que disponga fácilmente de cuatrocientos pesos para fines de caridad puede ser libre”. Esto, desafortunadamente, como muchas otras cosas, jamás cambió (inclusive algunas empeoraron).

Ese es, era, el México de fines de los sesentas, en los cuales hay, había, para todas las cosas sazón: para las ondas –Ésele Galán Delon-, para la naquiza –yo no me enteré que ya no se le llamaba raza de bronce sino naco, y eso que visto a la moda de hace seis meses y conozco, y he bailado en, el California Dancing Club-, para los fresas –siguen exagerando su atavío en domingos (y de lunes a sábado ya) y siguen saliendo tomados de la mano de Martita o Sofía (aunque ahora se hacen llamar Michelle y Tiffany)-, para el tiempo de guardar y de arrojar, para el tiempo de amar y aborrecer. Por cierto, yo no estoy libre de poster.

Alguna vez leí que “Sólo aquel que sabe cómo acceder a la realidad puede, si así lo desea, transformarla” y tú accedías a la realidad cada vez que querías, pero no la transformaste, sabías que eso era tarea de nosotros.

Puedo ponerme cursi, como Jezreel Salazar, y decir, como él, que has retratado tantas veces la realidad que le has impuesto un talante complejo, un perfil abigarrado y diverso, pero no lo diré porque no sé lo que significa. Simplemente apuntaré que tú no te limitaste a observar y comunicar, también, y de igual manera, juzgaste y, creo yo, te lamentaste de esos cambios que no debían de suceder y de los que sí que no eran permitidos. Para muestra, expresan, basta un botón (o una “crónica-ensayo” en este caso). Puedo, a la sazón, ponerme triste y decir que en “Necrología de la tradición” enumeras, y argumentas a la vez, de manera nostálgica las instituciones ya fenecidas en ese entonces (y las que no, en proceso de). “El catálogo de instituciones…” es un listado que a simple vista parece más una puntada que lo que verdaderamente es: un lamento por aquellas pequeñas cosas (y no me refiero a Serrat) que nos identificaban como mexicanos, creo yo. Algunas de esas nada pequeñas instituciones tuvieron un final peor que el fenecimiento; y vos lo sabés, Carlos, mas espero que eso no haya sido el motivo por el cual te hartaste y nos dejaste.

Así es como veo hoy día esas instituciones.

En primer lugar, de los veinte que despliegas, están “Las representaciones solemnes de Don Juan Tenorio.”. Éste es un ejemplo de las que no murieron y sufrieron un destino lamentable, o cómo podría definirse ese ser en el que mutó en estas fechas: Una puesta en escena más que mediocre que se vale de chistes vulgares, discriminación, elitismo, degradación de la mujer (Doña Inés aparece con ‘microfalda’ y ‘megaescote’ y en algunas ocasiones es toqueteada por Don Juan) y ambición por el dinero. Don Luis, como dato extra, es representado por un payaso (no es eufemismo), quien no hace otra cosa que abusar de lo florido del lenguaje (esto sí es un eufemismo).

En segundo lugar tenemos “Los judas vindicativos del Sábado de Gloria”. Debo admitir que jamás, en todos los años que llevo de vida, había oído hablar de estos ‘Judas’. Ahora, en estos días, lo que todo el mundo tiene en mente cuando se menciona el Sábado de Gloria es Semana Santa y, por ende, vacaciones. Benditas vacaciones, ni quién se acuerde de un tal Judas, o de un tal Jesús, si por delante viene Acapulco, o Vallarta, o Oaxtepec para los más austeros, porque allí sí se puede uno mojar a gusto ¿o qué, no es para eso los sábados de gloria?

En tercero, “Las calaveras populares del dos de noviembre”. A diferencia de esa época, hoy, donde la prohibición de permitir está maquillada, se ha retomado “El gusto por la versificación fácil y el ripio […], pero siguen siendo adulones y más que forzadísimos los versos, si es que tal concepto existe, y tratan de encontrar su fuente en cualquier cosa (créeme, en cualquier cosa).

El cuarto lugar lo ocupan “Las posadas clásicas y las piñatas con entusiasmo genuino […]”. En este punto sucede casi lo mismo que en Semana Santa, sólo que para estos acontecimientos decembrinos se busca el ver depositado el aguinaldo para depositarlo en las manos de los dueños de tiendas muy caras, muy extranjeras, y a la vez muy in, que han creado un sistema infalible para hacer que nuestro autoestima viaje por la eternidad en transporte subterráneo si por cualquier razón no adquirimos y presumimos en las posadas el pavo más grande, el teléfono celular más oneroso, el auto más llamativo, la mujer u hombre más guapa o guapo, o las vacaciones más largas ( pero no se vale ya Acapulco y mucho menos Oaxtepec, eh). Así son ahora las posadas, buscando una dentro de un consumismo torpe pero necesario.

Quinto, “La letra palmer”. En este término me auxiliaré con el argumento que expones y que dice “Con el teléfono se desvanece la competencia epistolar”, bien, pues con el ‘celular’ e internet esa competencia epistolar es exterminada de una manera brutal. ¿Esperas que se conserve la letra ‘Palmer’? hay que rezar primero para que se conserve el idioma. Hay que rogar para que las personas que utilizan mensajes SMS, e-mails, y todas las (mal llamadas) redes sociales no se les olvide escribir; qué importa si es letra palmer o de molde o de cualquier otra, que escriban pero que lo hagan completo, sin faltas de ortografía.

Seis, “Los juegos infantiles (‘Encantados’, ‘Roña’, ‘A pares y nones’, etc.)”. Ahora sí se puede afirmar que los juegos infantiles están más que muertos. Hay que agradecer a Japón, Estados Unidos, y sobre todo a la televisión, que los niños prefieran un juego de video a la convivencia social con otros semejantes a ellos. ¿Jugar encantados? Qué flojera, yo ni sé qué es eso, ha de ser para retrasados. No, mejor voy a jugar ‘X-box’ y luego voy a chatear un rato y luego si me da tiempo voy a ver la tele. ¿Para qué exponerse a un potencial cáncer de piel por exposición solar, si en la penumbra de mi cuarto puedo jugar con niños de otros países?

El séptimo puesto es ocupado por “El piropo elaborado”. ¿De verdad existió, en algún punto, algo llamado piropo? ¿Cómo se elaboraba? ¿Cuál era su función? ¿Cómo funcionaba? ¿Era hablado, escrito, o comido? Ah sí. Ahora recuerdo, pero ¿a poco eran más elaborados que ‘Tantas curvas y yo sin frenos’?. Oh sí, han de ser como el de ‘Bendita la tuerca del ‘rin’ de la llanta del camión que trajo el cemento donde estás parada, monumento’ ¿No? ¿ésos no son piropos? Si acabo de escuchar que alguien los decía. Bueno, en cualquier caso, perdón.

Ocho, “La compra de símbolos septembrinos”. Ay, Carlos, parece que ya se te olvido que siempre se compran banderas, silbatos, matracas, bigototes ‘a la Zapata’, sombreros estereotipos, zarapes, y de vez en cuando cuetes, cada vez que juega la selección mexicana de futbol. O qué, ¿no te acuerdas de los mundiales? ¿De las veces que le hemos (y me incluyo porque yo participo con mi apoyo) ganado a Estados Unidos? Si yo siempre compro mi bandera cada vez que juegan porque nunca me acuerdo dónde la dejo.

Tendré que saltarme hasta el lugar once (por falta de espacio) y por eso pido perdón.

Once “El prestigio romántico de las azoteas”. Cuando rememoras este punto terminas diciendo que “Los tríos han muerto”. Bueno, también está en vías de extinción la canción mexicana, ¿Para qué escuchar ahora a José Alfredo o Agustín Lara o Javier Solís o Jorge Negrete o Lucha Reyes, si se puede escuchar más chic con Luis Miguel o Alejandro Fernández (y se ve más chic todavía si se canta a Madona o Lady Gaga)? ¿Para qué queremos hoy el prestigio romántico de las azoteas si tenemos el arrebatamiento fantástico de los moteles de paso? La galantería ya no existe, ahora lo in es el desaire, la descortesía, el yo voy a lo que voy. Además ella es una mujer liberal, de seguro ya le aburren las cosas cursis.

Doce, “El caballero mexicano que respetaba a Dios, a su patria y a su dama”. Tendrás que perdonarme, Carlos, wherever you are, porque pongo en más que duda que alguien así haya existido.

Treceavo puesto, “La creencia que los Estados Unidos tienen la civilización pero nosotros tenemos el espíritu”. Hoy sabemos que Estados Unidos tiene los adictos y nosotros la cannabis.

Me salto puntos (el espacio, ya sabes).

Dieciocho, “Diversas instituciones menores: los cobradores de camión, las veladas literario-musicales, el aprendizaje de las auténticas canciones folklóricas, el sufrimiento de las madres solteras, el dolor de los padres ante la deshonra de la hija y la deshonra de la hija”. Vos sabés, Carlos, que estas instituciones menores no expiraron -si acaso los cobradores de camión, ya que ahora son cobradores de microbús-, meramente tuvieron un pequeño cambio. Ahora ya no hay camiones, sólo microbuses; hay veladas pseudoliterario-pseudomusicales (ya cualquier hijo de vecino que sabe agarrar una pluma y rimar gato con rato siente que es poeta. Lo mismo sucede con el que agarra una guitarra y se aprende de memoria los acordes básicos de la peor canción del momento); ¿Las canciones folklóricas no son el duranguense o la banda o la quebradita?. Hoy se sufre por no ser madre soltera; la sorpresa de los padres por la no deshonra de la hija (¿tienes veinte? ¡Ja! Sí, cómo no, eres virgen); la no deshonra de la hija (¿tienes veinte?…)

Diecinueve, “La revolución mexicana”. No, momento, acabamos de celebrar el centenario ¿qué no?

Veinte, “La defensa de todas las tradiciones anteriores y de la idea misma de la tradición”. Aquí te quedas sin palabras. Y yo también.

Sé que lo que escribo es muy poco y muy tonto si así lo quieres ver, sin embargo no he sabido cómo agradecer de otra manera todo lo que me has enseñado al respecto de este país, de esta vida, de esta carrera (todo esto suena a adulación barata, pero no lo es. Lo juro). Te correspondió nacer del lado de las minorías, y a mí del de las mayorías. Por eso me pregunto con tanta regularidad ¿Por qué tuve que conocerte hasta ahora, Carlos? ¿Por qué tu forma de ver la vida, a este país tan surreal, ha llegado a mí, quizás un poco tarde? ¿Por qué tuvo que ser un trabajo de escuela el que me acercara a ti? No es justo que sólo te vea, y te recuerde, por televisión. No es justo que nunca te haya escuchado de viva voz. No es justo que ahora tenga que hablar de ti, cuando tú eras el que hablaba por y para nosotros. No es justo. No es justo que te hayas ido.

Pero no te preocupes, Carlos, que seguiré practicando mis Escenas de pudor y liviandad después de presenciar mi Nuevo catecismo para indios remisos, porque A ustedes les consta que no pretendo alterar Los rituales del caos por aquel Amor perdido que me ha obligado a practicar unos Días de guardar.

Vaya entonces como homenaje estas palabras, no como ensayo, Carlos.

 

Bibliografía.

•    Egan, Linda. Carlos Monsiváis: cultura y crónica en el México contemporáneo. México,  Fondo de Cultura Económica, 2004. 380 págs.
•    Monsiváis, Carlos. Días de guardar. México: Era, 1970, 18ª reimp. 380 págs.
•    Moraña, Mabel y Sánchez Prado, Ignacio M. (Selección). El arte de la ironía: Carlos Monsiváis ante la crítica. México, UNAM, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial Era, 2007. 445 págs.
•    Salazar, Jezreel (compilador). La conciencia imprescindible: ensayos sobre Carlos Monsiváis. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2009. 314 págs.