Graciela Cándano
Tercera y última parte
Si una de las tareas de la Iglesia fue la represión del individuo, en lo concerniente a la mujer fue todavía más inflexible. Refrenaba su sexualidad a punta de lanza por considerar que toda mujer seducía a través del sexo (¿seducía y… ejercía cierto tipo de dominio?). Y una de las formas eficientes que el cristianismo empleó para mantener el control y conseguir un importante proselitismo fue, sin duda, la aplicación de amonestaciones y castigos a mujeres memorables: “Eva fue la causante de la perdición de la humanidad y […] otra, la Cava, provocó la invasión de los árabes”.[ii]
Otra muestra la tenemos de nuevo en la CrónicaCompostelana, donde se destaca: “[…] la proclividad [de sus autores] de hacer partícipe de las liviandades de la reina Urraca –hija de Alfonso– a todo el sexo femenino”.[iii]
La mujer corría riesgos en función de su debilidad y, por ello, significaba a su vez un peligro para el varón, quien representaba la cabeza, mientras que ella encarnaba el cuerpo. La Iglesia legisló exhaustivamente sobre la relación hombre-mujer para garantizar la hegemonía del espíritu: (varón-vir-virtud igual a fuerza) sobre la carne: (mujer-mulier- molicie igual a debilidad).[iv]
Para demostrar la amenaza que implicaba la naturaleza femenina, se empleaban profusamente los conceptos de vicio, pecado, castigo y penitencia en las prédicas y los sermones. Todo estaba encaminado a la negación del cuerpo.[v]
Sin embargo, ocasionalmente se establecían ciertos equilibrios: la mujer era físicamente más permeable a la entrada del pecado, sí, pero también a la experiencia mística, diría Hildegarda de Bingen en el siglo XII. No obstante, este tipo de declaraciones favorables no ayudaron a la mujer. Fenómenos concretos, como el de la sospecha social, servían de estandarte a las reyertas de la Iglesia para interferir en la vida privada, ya fuera a través de tratados teológicos, sermones y decretos, ya de exempla en obras didácticas. En estas últimas, comúnmente los ataques parecían más hostiles que los clericales.
Ésta es la visión que la Iglesia intentó consolidar respecto al sexo femenino, para lo cual se valió de la sistematización de una regulación canónica y de una disciplina penitencial en torno al matrimonio. La imagen del matrimonio que trató de hacer prevalecer la Iglesia influyó sobremanera en la definición del lugar de la mujer.[vi]
Y es aquí, en el matrimonio, donde la misoginia medieval –unas veces encubierta, otras, desenmascarada–, encontró un terreno más fértil. En este contexto, los escritores espirituales de la Edad Media daban gran importancia a la virginidad. Era la manera en que se defendía al varón de la sexualidad desbordada del sexo femenino. Las consignas eran: hay que sujetar a la mujer exigiéndole castidad (represión de su sexualidad, imposición de una imagen), y alejar a ésta de los hombres, a fin de lograr la templanza sexual en los laicos y asegurar la continencia de los castos varones consagrados a Dios.[vii]
Esta opresora situación provocó, esporádicamente, frescos planteamientos de renovación, como el movimiento de los jóvenes corteses (desde el siglo XI) que se oponía a las ideas que moralistas y eclesiásticos tenían sobre la mujer:
“La revuelta juvenil” –dice José Ruiz Domenec–
“[…] permitió abrirse a la mujer, sustraerla por un momento –aunque fuera un momento imaginario– del encierro y del silencio […]. El resto de la sociedad resistió al proyecto; agazapada, esperó la oportunidad de un debilitamiento de los ardores del grupo para volver a situar la misoginia en el centro de la problemática femenina”.[viii]
En relación a estas saludables manifestaciones pro-feministas, es digno de destacar un caso que podría parecer excéntrico. Lo tenemos en Cristina de Pizan, mujer que exaltó de manera resuelta a su propio sexo y, asimismo, llegó hasta denunciar “la denigración general a que los hombres sometían a las mujeres”. Empero, no fue una rebelde, puesto que “aceptaba el sistema medieval en que la mujer era una subordinada natural del hombre”.[ix] Ni aun las mujeres más lúcidas de la época, como Pizan, pudieron evadirse del yugo al que estuvieron encadenadas por la ideología misógina.[x]
Por otro lado, hay que subrayar que la visión islámica sobre la mujer no estaba tan lejana de la que hemos venido comentando. Veamos la muestra que Manuel Sánchez rescata en su artículo sobre los musulmanes de Andalucía, al referirse a Ibn Hazm de Córdoba y su obra Del Tauq o Libro de los Caracteres y la Conducta que trata de la Medicina del Alma: “El espíritu de las mujeres está vacío de toda idea que no sea la de la unión sexual y de sus motivos determinantes, la de la galantería erótica y sus causas, la del amor en sus varias formas. De ninguna otra cosa se preocupan, ni para otra cosa han sido creadas”.[xi]
Y ni qué decir del Panchatantra: “Si el fuego pudiera ser frío, la luna caliente y lo malo bueno, también podrían ser las mujeres virtuosas”.[xii]
Finalmente, cabe plantearse la siguiente pregunta: la visión antifeminista presente en las obras ejemplares medievales provenientes en gran parte de los textos orientales del siglo IV y traducidos en el siglo XIII ¿era significativamente diferente a la de los antiguos conceptos misóginos? Tal parece que no. Las semejanzas son notables; este hecho casi podría interpretarse –de contar con más elementos para ello– como huellas o herencias de la antigüedad en la literatura didáctica española medieval. Sin embargo, lo más sorprendente es que no pocos de estos atávicos conceptos perduren aún en el tercer milenio, ya sea en obras literarias, teatrales o cinematográficas, en medios masivos de comunicación o, desde luego, en la vida cotidiana misma.[xiii]
[i] Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM-
[ii] Victorio, Juan, El amor y el erotismo en la literatura medieval, Madrid, Editora Nacional, 1983, p. 45.
[iii] Pérez de Tudela, M. Isabel, en Las mujeres medievales y su ámbito jurídico, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1983, p. 61. Con el argumento de la salvación del alma, y con el pretexto de proteger la pureza de la religión, la visión de la mujer que la Iglesia se propuso estatuir – a través de todos los aparatos y apoyos ideológicos- fue la de ser encarnación del mal y, por tanto, una contingencia a la que se debía fiscalizar y meter en cintura. Y traigo aquí a colación el caso de María de Padilla (amante del rey Pedro I), como ejemplo de una mujer real, a quien se le adjudicaron poderes devenidos de la tradición (Hécate), relacionados con los demonios; así pudo hechizar al rey a fin de seducirlo y lograr que mandara matar a su propia esposa, la reina Blanca (Ver Sánchez Ortega, María Helena, “La mujer como fuente del mal; el maleficio”, MANUSCRITS, nº 9, Enero 1991, pp. 41-81).
[iv] Las rebuscadas etimologías femeninas llegaron a grados extremos en los textos jurídicos y en los directorios inquisitoriales. En ellos se advertía a los jueces: ‘mulier’ significa flaqueza moral y ‘fémina’, falta de fe. Y en un manual para confesores (Malleus maleficarum, de 1487) se realizó un notable acróstico de ‘mulier’: m es el mal; u (que se asociaba con la v) la vanidad; l la lujuria: i la ira; e la Erinia, y r la ruina (De Maio, Romeo. Mujer y Renacimiento, Madrid, Mondadori, 1988. p.73).
[v] “Al cuerpo de la mujer, sustraído al encanto y a un acercamiento natural, se le atribuyeron funciones y destinos impropios o excesivos. Y, por tanto, se convirtió en lugar de violencia, de curiosidad morbosa y de negación hipócrita […]; los predicadores presionaban a los legisladores para que todo el cuerpo de la mujer fuera sometido a control” (De Maio, op.cit. p. 57). La repetición de tópicos y temas que denigran a la mujer en la Edad Media, también podrían encontrar una justificación en la influencia de motivos misóginos en la literatura latina: Ars amatoria de Ovidio, De amore de Andrea Capelanus, Pamphilus de Amore del siglo XII. etc.
[vi] “El diálogo entre los dos sexos se ordena, pues, sobre los ejes de la subordinación de la mujer [cuerpo] al hombre [cabeza] en todas las facetas de la existencia. Una subordinación que se sustenta en esas pretendidas deficiencias de la naturaleza femenina” (Pérez de Tudela, art.cit., p. 60).
[vii] “Separados de las mujeres por un celibato que a partir del siglo XI se extiende firmemente a todos, nada saben los clérigos de ellas. Se las imaginan, o, más bien se La imaginan: se representan a la Mujer, en la distancia, la amenidad y el temor, como una esencia específica, aunque profundamente contradictoria (Dalarun, art.cit., p. 29). El fenómeno del celibato clerical, merece un estudio amplio para comprender su injerencia en la misoginia.
[viii] Ruiz Domenec, J. Enrique, “La mujer en la sociedad aristocrática de los siglos XII y XIII”, en La condición de la mujer en la Edad Media, Madrid, Universidad Complutense, 1986, p. 401.
[ix] Labarge, Margaret W., La mujer en la Edad Media, Madrid, Nerea, 1988, pp. 296-297.
[x] En este contexto, H. Mayer es contundentemente preciso: “[…] imagen de la mujer significa imagen masculina que la mujer toma, acepta en su voluntad e imita hasta cierto punto de poderse presentar de hecho esa imagen de sí misma como imagen femenina” (op.cit.,147). La explicación de Marcela Lagarde completa la anterior: “Cada mujer […] es síntesis del mundo patriarcal: de sus normas, de sus prohibiciones, de sus deberes, de los mecanismos pedagógicos (sociales, ideológicos, afectivos, intelectuales, políticos) que internalizan en ella su ser mujer, de las instituciones que de manera compulsiva la mantienen en el espacio normativo o que, por el contrario, la colocan fuera” (Cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, México, UNAM, 1990, p. 147).
[xi] Sánchez, Manuel, “Al-Andalus (711-1031), en Historia de España 3, La Alta Edad Media, HISTORIA 16, V, XV, 1980, p. 41.
[xii] Marsan, Rameline, Itineraire espagnol du conte medieval (VIII-XV siècles), París, Klincksieck, 1974, p. 513).
[xiii] Por citar un caso: Afganistán (julio de 2012). Nayiba, de 22 años, acusada de adulterio y fusilada públicamente a sangre fría. En ese país el 85% de las mujeres sufren violencia física, sexual o psicológica; y 6 de cada 10 son obligadas a casarse siendo menores de edad. Otra curiosidad más: En la Gaceta de la UNAM se publicaron deplorables notas tituladas “Alto porcentaje de mujeres víctimas de violencia sexual” (20 de febrero de 2012) y “Víctimas de violencia, 42% de mexicanas” (26 de noviembre de 2012).
