Juan Antonio Rosado
Tras una larga trayectoria como ensayista, crítico, investigador, poeta y narrador, Armando Pereira nos entrega su segunda novela. Antes, había publicado Las palabras perdidas, narración concisa, casi una instantánea, como los cuentos de Verificación de la ausente, Amanecer en el desierto y El ruido del mar. Pero La cuerda del pozo es una de las mejores novelas de lo que va del siglo xxi. Uno de sus temas centrales es ya de por sí intenso: el desplazamiento, el viaje de un mexicano de ascendencia española a Madrid, donde encuentra la soledad y a una España muy distinta de la que él va a estudiar. El investigador Andrés Samayoa llega a Madrid para indagar sobre la guerra civil española. La acción ocurre en 1999, pero a veces nos transporta a los años de la guerra. La cuerda del pozo se inicia con un profundo sentimiento de soledad durante el cual Andrés evoca el tiempo de Ramiro de Maeztu en Londres, y cita a este ensayista de la Generación del ’98: “para lo único que sirve el ejercicio de la soledad es para aprender a vivir sin otros excitantes que el propio pensamiento”. Hay, sin embargo, un contraste entre Maeztu y Andrés: este último aguarda a su mujer Laura y a su hija Diana, presencias anheladas para amenguar la soledad. Tal vez uno de los rasgos más destacados de la prosa artística de Armando sea la intensa carnalidad de sus personajes. Los seres que habitan en sus narraciones no sólo son sus nombres, sino que encarnan y cobran vida a través de sus cuerpos. Ocurre lo contrario de muchas novelitas anecdóticas, ligeras, a las que les interesa más instruir o mostrar situaciones que revelar esencias humanas mediante seres de carne, hueso y nervios. Y es justo el cuerpo uno de los temas e ingredientes en las narraciones de Pereira (recuerdo su cuento sobre una hemorroide, o aquel otro sobre un empalado). El cuerpo, siempre envuelto en atmósferas y escenarios de gran plasticidad, no es sólo el cuerpo erótico —Pereira ha analizado las obras heterológicas de Bataille, García Ponce y Elizondo, entre otros—, sino también el cuerpo doliente, decadente, trágico en su profunda y demasiada humanidad. La obra recorre desde el ambiente serio de una biblioteca hasta las sórdidas y decadentes atmósferas callejeras o interiores de la prostitución, la drogadicción y los personajes marginados, pasando por la cómoda y sosa vida de la clase media. Entre otros temas que desarrolla la obra, destacan la condición de los sudamericanos y árabes en Madrid; el paralelismo de la irracionalidad en una guerra civil con la guerra cotidiana, familiar e individual; la transformación del yo y la recuperación del amor a partir de un viaje iniciático con un doble descenso a los infiernos: el de la marginalidad, y el de la enfermedad y la perspectiva de la muerte; la escisión entre racionalidad e irracionalidad; la sexualidad; el descubrimiento de la realidad más allá de toda teoría y metafísica (“no hay más metafísica que la que nace de un olor o de un sabor, como en Proust”; el pudor y la vergüenza como productos de una “falsa conciencia del cuerpo”; la vejez y la juventud; la nostalgia (esa “enemiga de la digestión”), así como la escritura misma: ¿qué decir que no se haya dicho?, ¿cómo evitar los lugares comunes sobre la guerra civil? Tal vez una de las tesis de esta gran novela sea que la vida misma es una guerra incesante dondequiera que estemos, de ahí el constante contrapunto, el diálogo histórico entre la España de fines del siglo xx y la de García Lorca y Ramiro de Maeztu. También, desde la tercera parte, hay un contrapunto entre las voces de Andrés y Laura, quienes llegan a relacionarse con un personaje secundario que andaba por ahí: un tal Armando Pereira. Pienso que el núcleo narrativo radica en que Andrés, el protagonista, toma la cuerda y desciende al pozo de su origen (la búsqueda del padre a través de la historia de lo que éste vivió) y al pozo insospechado de su propio yo enfermo. Mucho le debe esta novela a la investigación (real) que el autor realizó en España y que se concretó en el libro Una España escindida: Federico García Lorca y Ramiro de Maeztu, pero en esta nueva obra nos encontramos con un narrador vigoroso, que nos envuelve con una prosa fluida, fresca, llena de sensaciones e imágenes que jamás escatiman la reflexión sobre el ser humano y su efímera y dolorosa condición.
Armando Pereira, La cuerda del pozo. Alfaguara, México, 2012; 307 pp.
