Patricia Gutiérrez-Otero

Marcel —con tu aire juvenil, tus ojos azules, tu sutil y creativa madre estadounidense, tu fallecido padre mexicano, tu talento de Gran Maestro de Ajedrez, tu deseo de hacer cine de arte— te siento hoy 20 de enero, luego de que tu corazón falló y dejó que tu vida se escapara como el vapor de los antiguos trenes. ¿Se escapó toda tu vida o sólo la vida sobre esta tierra con un cuerpo que es tuyo, como tú eres tú ya liberado de tu yo egocéntrico? Hoy, Marcel, ya eres fallecido. No sé si te enterraron o te cremaron. No sé cómo acabó tu carne mortal. Hoy supe que te volviste un cadáver. Aún no asimilo que ya no estás sobre la Tierra, que ya no diriges tu escuela de cine en Xalapa, que tus hijos pequeños se han quedado huérfanos. Digo que moriste antes de tiempo. Me dicen que cada quien tiene su tiempo. Yo digo que hay gente que muere antes de tiempo: tu aspecto juvenil, tus azules ojos, tu gran deseo de crear, tus hijos tan pequeños, tu nueva vida. Marcel, fuiste ajedrecista, nueve veces campeón nacional —iniciaste a tus dieciséis años—, primer mexicano Gran Maestro de Ajedrez Internacional. Dicen que fuiste arrogante, luchador, empecinado. Dejaste el ajedrez para volcarte en la creación cinematográfica. Estudiaste en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) de donde, si no mal recuerdo, te sacaron por rebelde. Pero insististe, sentías que lo tuyo era el cine. Hiciste cortometrajes y películas (La cruda de Cornelio, Libre de culpas, entre otros). Luchaste contra viento y marea para encontrar financiamiento y exposición en salas. Hoy tu cuerpo ya está muerto, Marcel, por lo menos durante el momento y sobre esta Tierra. Tu vida, como tu carrera, fue tormentosa, pero supiste salir airoso de las batallas y seguir adelante. A tal punto llegó tu confianza que creaste una nueva familia y te lanzaste a ser, ya maduro, otra vez, padre. Nunca supiste que te tenían en jaque. Nunca te diste cuenta, creo, que, como en El séptimo sello de Bergman, tu adversario era superior. Hoy estás, pero ya no estás. La muerte, soberbia adversaria, te ha llevado, quizá sin previo aviso. Y dejas un hueco para todos, incluyendo a tus amigos, pero no puedo dejar de pensar en tus hijos, tan pequeños, tan huérfanos. Durante años trabajaste una novela de Javier Sicilia, a quien conociste en Cuernavaca, A través del silencio. Al novelista y poeta le mostrabas tus versiones cinematográficas, las discutían, las retrabajabas. Finalmente, la mejor decisión fue que hicieras una interpretación libre de la obra. Testarudo, como siempre fuiste, realizaste la película, Marcel —hoy eres un cadáver pero, lo sé, aún un ser vivo—. Fue tu última creación. En el momento en que salió casi no se expuso ni se promovió; casi ningún crítico cinematográfico habló de ella: pasó desapercibida. En ella estás vivo. Sé que ahora la pasarán. Sé que estás y no estás. Te sé muerto, en estado de podredumbre carnal, pero vivo en nosotros, y gozando de la vida. Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y el lugar de todos los indígenas, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, acabar la guerra contra el narco, encontrar a los responsables del incendio de la guardería ABC, activarnos como sociedad civil…