Marcia Castro-Leal Espino

 Se conoce a una persona y la esencia que conforma su espíritu por sus palabras y sus obras, aquí en estas páginas haré un esbozo de la figura de mi padre a través de algunas de sus palabras escritas, como recuerdo de sus preocupaciones más hondas, por lo menos aquellas que me conmueven más profundamente y forman parte de ese mundo intangible y valioso que me prodigó su trato cotidiano.

 Su compromiso en la vida

Como él mismo decía, recogiendo una idea de Goethe, no es indife­rente el lado por el que se entra a la vida, y mi padre y su generación, ingresaron a la vida nacional con Madero y el reconocimiento del pueblo como uno de los actores principales de la historia y los cambios del momento. Su posición política siempre fue, por un lado, aquella que lo llevaba a un análisis crítico de la autoridad y, por el otro, la que lo impulsaba a la exigencia de un gobierno democrático y lo colocaba siempre del lado del oprimido y del luchador, ambas no lo abandonaron nunca. Su preocupación por México y su desarrollo político lo expresa en un libro que llamó ¿Adónde va México? en el que prevé con temor algunos de los problemas a los que se enca­minaba el país.

También se lamentaba por el gobierno que se imponía en España a la que dedica, en 1960, una elegía en la que vierte tanto su amor por España (en donde había pasado años inolvidables, en el inicio de la República, como miembro del cuerpo diplomático), como su repulsa por Franco que le impidió regresar a España durante la vida del dictador. En “Lloremos por España con el llanto más amargo”, escribió: “Esos dictadores de España, y de Portugal y los que todavía quedan en Hispanoamérica bloquean el desarrollo político de sus pueblos. Esos dictadores, que han pactado con todas las fuerzas retardatarias de su país para impedir el progreso del pueblo, merecen el calificativo que el Derecho Internacional da a los piratas: son enemigos del género humano.” Denuncia, en esa misma ocasión, la presencia de esos gobiernos dictatoriales en los países latinoamericanos en Un mensaje a la América Latina y una elegía por España, de 1960:

Cultura, democracia y altiva limpieza de alma: eso salvará a nuestros países. Y trabajar honradamente sin robar al pueblo. …enseñemos a leer y a escribir a las grandes masas de la ciudad y del campo y escribamos libros más útiles para cada nivel de cultura. Aprovechemos toda ocasión de la vida municipal y la vida nacional para ensayar, franca y valientemente, la democracia. Y de una vez por todas dejemos de ser serviles. El servilismo incuba y sostiene a los tiranos. Ayudemos al gobernante con  entusiasmo, sin darle más poder del que necesita, sin lamerle los pies. Entendamos con lucidez los problemas de los pueblos hermanos, negando nuestro apoyo a las grandes naciones imperialistas que los combaten, cuyas agencias de prensa denigran a una nación que lucha por su salvación como Cuba, y llenan de elogios a una vergonzosa dictadura de sable y campanario como la de España.

Desde su niñez fue testigo de los cambios que se presentaban en la sociedad mexicana de la primera mitad del siglo XX. El primero, cuando su familia vino a la ciudad de México desde el estado de San Luis Potosí donde habían vivido por varias generaciones. Al esta­blecimiento en la gran ciudad se sumaron acontecimientos históricos como la Decena Trágica que vivió cuando era un estudiante de 17 años. Su sensibilidad percibía la riqueza de vivencias, tanto enri­quecedoras como inquietantes, que acarreaba el siglo XX y años más tarde, después de las dos guerras mundiales, afirmaba en un trabajo sobre José Clemente Orozco: “Nuestro mundo está en el centro de un huracán de inquietudes, ante las amenazas de la negación y del vacío. Este mundo tan revuelto, tan confuso y trágico, en ningún pintor de nuestro tiempo alcanza expresión más desgarradora y sincera que en José Clemente Orozco”. Para luchar contra ese mundo revuelto y con­fuso, algunos intelectuales mexicanos respondían con actitudes comprometidas con la libertad y la justicia del hombre en cualquier punto del orbe. Recuerdo que mi padre estuvo involucrado en acciones contra el nazismo que ayudaron a varios judíos a salir de Alemania, y con algunos de ellos, escritores, redactó El libro negro del terror nazi en Europa, de 1943, como tam­bién colaboró con el Comité de Ayuda a Rusia en Guerra, así como siempre tendió la mano a los republicanos españoles, entre los cuales guardó amigos muy queridos. En 1957 se unía a la invitación de Diego Rivera para exigir “…a nombre de todo lo que en el mundo significa cultura, bienestar, belleza, alegría y paz,… la suspensión inmediata de las pruebas de bombas atómicas termonucleares.”

Sin embargo, siempre conservó la confianza en el hombre y en su inteligencia para resolver los problemas y curar las heridas. Para ello contaba con el espíritu humano: “Decía Platón en su diálogo de El banquete que el amor es el buscarse las dos mitades separadas que en otro tiempo formaron un solo cuerpo. Con ese amor tendrá que salvarse la humanidad de nuestro tiempo, cuando pueda volver a re­unir en un cuerpo único e indisoluble el poder y la caridad, el santo y el monarca, el conquistador y el misionero, el hombre de ideales ele­vados y el político de arraigo popular. Esperemos que ese encuentro se realice alguna vez. Por más trágico que sea el actual momento…”

El arte y la vida

La vida es vivible debido a la existencia de algunas cosas invaluables como el amor y el arte. Una de sus publicaciones fue un pequeño folleto, “Mi harén pictórico”,en el que une sabiamente la re­presentación de las mujeres en la pintura del siglo XIX y principios del XX, “Después, las mujeres se me quebraron en el cubismo, y perdí el gusto como un cloroformado de ayer. Dentro de mí llevaba, como un sueño, los suaves volúmenes del Baño turco de Ingres; vivía en una perpetua lucha entre mis visiones y las mujeres de la pintura post-impresionista. Me apasioné, pero por mucho tiempo mis amantes turcas fueron un recuerdo que me obligó a la soledad.”

El arte fue uno de los motores que impulsaron su vida, para él, el arte y la realidad se fundían: ” …el arte es una de las formas más sutiles y eficaces de conquistar la realidad, acaso la única, si consideramos ciertos métodos de la filosofía y aun de la ciencia moderna. Su función es encontrar imágenes, formas y símbolos que delimiten y capten, con valores accesibles y permanentes, esas nuevas zonas de la realidad…”. Resaltaba el genio y sensibilidad de algunos hombres excepcionales como : “David H. Lawrence llegó, en muchas páginas de extraordinarias fuerza y adivinación, a seguir delicadamente los frágiles tentáculos que alimentan la subconcien­cia; Marcel Proust pudo fijar, con la finura de un sabio que trabaja sobre materiales que descompone la luz y pulveriza el viento, el punto en que el nuevo instante recibe la carga de la serie infinita de instantes anteriores, presente en nuestra memoria; Franz Kafka levantó, con un genio de composición que tiene algo de arquitectura filosófica, el mundo complicado que puede dar realidad a esa especie de remordimiento que es la vida… El arte, modo de vida más hondo y permanente que este frágil existir de todos los días, es la verdadera medida de la realidad. Conformémonos con pensar que es real todo aquello cuya sustancia pueda encontrar formas y redención en el arte.”

La poesía

En la Preparatoria vivió sus inicios en la literatura junto a figuras excepcionales que marcaron su espíritu y, sin duda, lo impulsaron por el camino que siguió más tarde. En su discurso sobre Justo Sierra, de 1947, menciona: “Todavía los estudiantes de mi generación, que ingresamos a la Escuela Nacional Preparatoria cuando aún no se modificaba su plan de estudios, tuvimos del mundo una impresión admirable por lo definida, por lo rotunda y reconfortante. Desgra­ciadamente ese mundo escolar, tan cerrado y perfecto, ya no corres­pondía en nuestro tiempo a la realidad misteriosa cuyos velos empe­zaban a romper los nuevos estudios e investigaciones…”. Además tuvieron la posiblidad del trato personal con maestros excepcionales, como Pedro Henríquez Ureña y Luis G. Urbina, quienes influyeron, sin duda, en su dedicación al estudio de la poesía. Con el primero, su deuda fue también en muchos otros campos del pensamiento y la cultura que le transmitió en esas largas conversaciones que los alumnos tenían con el maestro.

Entre sus contemporáneos, especialmente dentro de la Escuela de Jurisprudencia, encontró almas gemelas en su interés por las nuevas ideas, por las viejas tradiciones culturales y por realizar acciones que favorecieran a su país. Esas tendencias compartidas sirvieron de base a la formación del grupo de Conciertos y Conferencias llamado , mas tarde, con ironía, los Siete Sabios, en el cual presentaban y analizaban tanto autores clásicos como los más novedosos.

A la poesía dedicó algunas de sus primeras publicaciones, a los 18 años, Las cien mejores poesías (líricas) mexicanas, antología que preparó junto con Alberto Vásquez del Mercado y Manuel Toussaint. Siempre ampliando su horizonte, estudió la poesía latinoamericana y, en 1917, publica un estudio sobre la obra de Lugones; junto con Pedro Requena la Antología de poetas muertos en la guerra (1914-1918), más tarde la traducción, con Manuel Altolaguirre, del poema Adonais de Shelley. Posteriormente trabajó y publicó varias antologías de poesía mexicana, así como estudios individuales que presentó en prólogos y otros textos sobre poetas mexicanos y latinoamericanos. Consecuentemente, a la poesía dedicó su discurso de ingreso, como miembro de número, a la Academia Mexicana de la Lengua en 1953.

Por supuesto que el análisis de la poesía lo conduce al conoci­miento profundo de las palabras; su sentido y su apreciación por el lenguaje lo llevan a escribir un ensayo sobre El español, instrumento de una cultura:

  • La lengua la crean la vida y el arte, las necesidades de inteligencia y comunicación entre los hombres y el impulso estético de dar forma a la vida interior: la lengua nace y prospera debido al pueblo y a los poetas. Y cuando el pueblo no tiene una vida activa, profunda, creadora, valiente y multiforme, su lengua se empobrece, y cuando el pueblo no tiene poetas que sean la voz de sus anhelos, sus ensueños y sus pensamientos, la lengua se empobrece también…La lírica americana ha dado al español un ritmo más discreto, una línea más recogida, un dibujo más fino; nuestro espíritu ha puesto en un idioma rico, verboso y sonoro algo de reticencia, de brevedad intencionada, de expresiones contenidas, de música delicada y, de cuando en cuando, algún silencio armonioso.

…Porque la poesía no cambia: es una visión única, un modo de contemplar, y no importa que su campo visual sea grande o pequeño: puede ser una hoja, una flor, un árbol o todo el paisaje. El secreto está en la contemplación, en la forma en que el alma transfigura todo aquello en que pone los ojos: la hoja, la flor, el árbol o todo el paisaje…Y la poesía, ¿no es capaz de iluminar al hombre? Lo ha iluminado siempre. Le ha revelado desde tiempo inmemorial el nombre de sus sentimientos, le ha enseñado a delinearlos, a perfilarlos y a decorar con ellos su alma para transformarla  en una mansión que no iguala ninguna maravilla de la tierra…

Hombre orgulloso de su idioma y de cómo éste se convierte en el lazo firme de los pueblos que lo hablan, dice: “Pero el porvenir del español es glorioso. Lo hablan veinte pueblos que todos los días avanzan en todos los campos de la actividad humana”. Sin duda conservaba ese ideal de la existencia del hombre latinoamericano con un brillante porvenir, unido por un idioma y una cultura, idea que compartió con muchas de las figuras de la época: “Además de hermanos por la raza y la cultura, vamos en el mismo barco hacia el mismo destino. Juntos hemos de salvarnos. La suerte de cada uno pesa sobre todos los demás.”

La cultura mexicana

¿Qué conforma lo mexicano?, fue una de las preguntas que se hace al  estudiar, en los primeros años de los cuarenta, a Juan Ruiz de Alarcón. Encontrar la respuesta y revalorar los rasgos que lo integran permanecería como una de sus obligaciones personales. Ahí se ali­menta su perseverancia para divulgar a los grandes escritores mexicanos de los cuales publicó 88 títulos en la colección Escriores Mexicanos de la editorial Porrúa.Pero los escritores eran solamente uno de los aspectos de la cultura mexicana, por eso también se acercó al arte mexicano, tanto prehispánico, como colonial y moderno.

En 1943 reflexionaba:

¿En que momento de nuestra historia aparece el tipo sicológico del mexicano? ¿Con las primeras generaciones de criollos, a mediados del siglo XVI? ¿Con el reconocimiento “oficial” del mestizo, en los tiempos del Virrey Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera 1665-1673?…¿Con la sublevación de Hidalgo o con el imperio de Iturbide? ¿Con las suaves notas de Francisco de Terrazas, la amistad y nobleza de Alarcón, la razón enamorada de Sor Juana, los juegos y melancolías de Navarrete o las picardías y los sermones de Fernández de Lizardi?… A lo largo de la historia se presiente, se adivina a lo lejos, se le ve acercarse, se distingue su figura con líneas cada vez más precisas, y un momento después nadie duda de su existencia como no se puede dudar de la luz del día. ¿En qué minuto nace la aurora y comienza a florecer la rosa?

Sigue reflexionando sobre el tema y en 1960 está convencido de que “…de siglo en siglo, se viene formando la tradición espiritual de México. Cuando estalla la guerra de Independencia en 1810, ya el alma mexicana, bien definidos sus perfiles y bien concentrada su esencia, había conquistado un lugar en el concierto del mundo… qué era lo mexicano, cuál era nuestra realidad y cómo esta realidad correspondía a un modo de sentir y ver del pueblo. Pero este modo de ver y sentir ya lo habían adivinado y expuesto poetas, artistas y pensadores desde el siglo XVI hasta la época del gran periodista y narrador José Joaquín Fernández de Lizardi”.

Sin duda ahondando en la búsqueda de las manifestaciones de las características de lo mexicano, estudió la novela de la Revolución convencido de que ese episodio había sido la causa de un mejor conocimiento de México y de sus diversas manifestaciones populares y artísticas por parte de los mexicanos. “Fue entonces cuando los temas nacionales entran en la pintura de Saturnino Herrán, cuando las melodías del pueblo enriquecen la música de Manuel M. Ponce, y cuando la pintoresca vida de la provincia mexicana ilumina los cuadros poéticos de Ramón López Velarde.”Palabras que retoma del discurso de ingreso a la Academia de la Lengua en el que dijo de la Revolución: “… cuando lo mexicano, impuesto por las circunstancias y refrendado por el gusto empieza a adquirir sabor y prestigio, y muy pronto robustecerá, dándoles perfiles propios, los temas de nuestra música y de nuestra pintura. Se despierta la afición por las artes populares y -ampliando el horizonte de lo nacional- el gusto por los monumentos arquitectónicos de la Colonia. En 1920 se consolida definitivamente el régimen revolucionario y principia a dar sus frutos el amor y el conocimiento de México y los mexicanos.”

Y él se muestra como un auténtico hijo de la Revolución, cuando tiene la oportunidad de difundir los valores nacionales, durante su gestión como primer Director del Palacio de Bellas Artes. En 1934 emprende, como una de las primeras actividades de ese centro, la puesta en escena de obras de Juan Ruiz de Alarcón, la primera expo­sición de arte prehispánico en el país, de la cual hace el catálogo y publicaciones sobre el arte colonial, así como el proyecto de un Museo de Arte Popular que estaría dentro del propio edificio. Todo su esfuerzo parecía estar dedicado a recuperar, estudiar cui­dadosamente y difundir, en ese Palacio, en ese momento, todo aque­llo que pensaba era imprescindible para entender lo mexicano.

Pero desde la Preparatoria unió a su interés por la cultura mexi­cana una verdadera pasión por el conocimiento, discusión y análisis de las ideas europeas, por lo que fue un lector incansable de lite­ratura, arte, filosofía y música. Ya en 1917 había hecho un estudio y traducción de Los Vencidos de George Bernard Shaw, más tarde traduciría otras obras como Hedda Gabler de Ibsen y Romeo y Julieta. Sin duda, el conocimiento de un amplio horizonte cultural le permitió ubicar la cultura nacional dentro de un contexto internacional y, por lo tanto, valorarla debidamente.

Nuestro tiempo, al que le ha dado contenido y perfil una serie de ideas y descubrimientos, de nuevos modos de mirar la vida y las cosas, de inventos que han cambiado la entonación y el ritmo de la existencia, de reajustes en los contactos y las fricciones interna­cionales, de nuevas formas de sentir e interpretar la realidad, de nuevas modulaciones de los sentimientos y la conducta, de más am­plios conocimientos del mundo que nos llevan a concebirlo de otro modo, de una visión cercana y atrevida del universo que nos rodea.

Así percibió su época; sin duda, fue un hombre de su tiempo, sensible a todos esos cambios, abierto a ellos, a nuevas formas de pensamiento, teorías y estilos, todo aquello que reflejara la riqueza y complejidad del espíritu del hombre, quien finalmente fue siempre su motivo de estudio y de orgullo.

Para este ensayo consulté los siguientes textos:

¿Adónde va México? Reflexiones sobre nuestra historia contemporá­nea. México, Editorial Porrúa, 1968. 213 págs.

México, Editorial B. Costa Amic. 14 págs.

Exposición nacional de sus obras, 1948

Don Quijote, símbolo de la crisis de nuestro tiempo. Respuesta al discurso de ingreso a la Academia de la Lengua por Jesús Silva Herzog, México, 17 de octubre de 1956. 30 págs.

México, La Pajarita de Papel. P.E.N. Club de México, 1924.

Respuesta al discurso de recepción a la Academia Mexicana de la Lengua de Mauricio Magdaleno. México, Gráfica Panamericana, 1958.

Justo Sierra. Discurso en nombre de la UNAM en la celebración del nonagésimo noveno aniversario de su nacimiento. México, Secretaría de Educación Pública. 15 págs.

Selección y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Porrúa Hermanos, 1914. XXII+336 págs.

Leopoldo Lugones. Poesías. Estudio y selección de Antonio Castro Leal. México, Colección Cultura. 81 págs.

Ensayo preliminar y notas sobre cada poeta de Antonio Castro Leal. Versiones de Pedro Requena Legarreta. México, Colección Cultura, 1919. 142 págs.

P. B. Shelley. Adonais: Elegía a la muerte de John Keats. Traducción en verso de la segunda parte por Antonio Castro Leal y reproducción de la primera traducida por Manuel Altolaguirre. México, Editorial Polis, 1938. 58 págs.

La poesía mexicana moderna. 11 de julio de 1953. Contestación de Genaro Fernández MacGregor. 60 págs.

México, El Colegio Nacional, 1970. 14 págs. Con otros ensayos se editó nuevamente en la Colección SepSetentas, en 1975.

Dos poemas de Enrique González Martínez: “El diluvio de fuego” y “Babel”. Cuadernos Americanos, núm. 4, ju­lio-agosto de 1971.

Un mensaje a la América Latina y una elegía por España.México, Editorial B. Costa Amic. 14 págs.

La colección, titulada precisamente Escritores Mexicanos fue pionera en la difusión amplia de autores nacionales.

Juan Ruiz de Alarcón: Su vida y su obra. Prólogo de Alfonso Reyes. México, Ediciones Cua­dernos Americanos, 1943. 270 págs., con 15 ils.

Gutiérrez Nájera y el espíritu mexicano, 1960.

Conferencia en la Asocia­ción Me­xicana de Periodistas.

Archivo Castro Leal.