Eduardo Lomas
A Marla Ramone
Las personas traumatizadas aman a otras
personas traumatizadas.
Chuck Palahniuk. Snuff.
Verano de 1965. Isla (ficticia) New Penzance. Una historia de amor entre dos adolescentes precoces, excéntricos, fugitivos, asediados por un grupo de adultos disfuncionales que van tras ellos. Un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom), (Estados Unidos, diciembre de 2012).
En el más reciente ejercicio cinematográfico de Wes Anderson (Los excéntricos Tenenbaums, Vida acuática, Viaje a Darjeeling, El fantástico sr. Zorro) son reconocibles varios elementos presentes en sus anteriores trabajos: personas mayores con traumas emocionales, sarcasmo, un humor ácido muy peculiar (y por ello poco digerible para el común de los espectadores, al menos para aquellos que por vez primera están ante un filme de este director), una paleta de colores que viene a sumar a la manufactura final, un collage de diálogos brillantes, inteligentes, así como tomas y detalles muy cuidados.
Suzy Bishop (Kara Hayward) y Sam Shakusky (Jared Gilman), los personajes principales (y debutantes) de esta cinta que abrió el Festival de Cannes de este año, se conocen en la iglesia de San Jack durante la representación teatral de “El diluvio de Noé”, ópera en un acto con música de Benjamin Britten. La conexión es inmediata. Total. Él es un niño scout huérfano, sin amigos; ella, depresiva, desquiciada y solitaria, con el deseo manifiesto de también haber sido huérfana, como algunos de los personajes preferidos de sus libros, quienes, a su modo de ver, tienen vidas más especiales.
A partir de este encuentro se desencadena un intercambio epistolar secreto que los mantendrá en contacto hasta desembocar en la decisión mutua de fugarse de los entornos sofocantes en los cuales están inmersos. Es entonces que emprenden su aventura perseguidos por un séquito conformado por los padres de Suzy, ambos abogados con vidas amargas, Laura Bishop (Frances McDormand) y Walt Bishop (Bill Murray); Randy Ward (Edward Norton), matemático de profesión devenido en líder scout del campamento Ivanhoe (del que forma parte Sam); y el Capitán Sharp (Bruce Willis), Sheriff en esa comunidad y amante de la señora Bishop.
Y de este universo adolescente descontaminado de las toxinas propias de la edad adulta, Anderson da paso a la develación de los conflictos de pareja del señor y la señora Bishop. No desaprovecha la oportunidad de insertar una escena en la que fluyen de ambas partes inútiles disculpas por acciones lastimeras (pero no todas, tan sólo aquellas que aún duelen); en la que hay un reconocimiento del daño autoinflingido, pero también cansancio por la autocompasión. El cierre de ese instante sacude por el pensamiento razonado sobre el hecho de que tenerse el uno al otro no basta en una relación.
En esta peculiar propuesta, merece una mención aparte el trabajo realizado en el diseño de los créditos finales, que funcionan como elementos descriptivos de la propia película mientras una voz en off explica la orquestación de una pieza de Alexandre Desplat, creador de la música original de esta cinta. En ella hacen acto de presencia, sucesivamente, desde un metrónomo electrónico que marca el tiempo hasta más de una veintena de instrumentos, entre éstos arpas, violonchelos, flautas, timbales y fagots, para concluir en la parte vocal con la intervención de un coro de barítonos. Incentivo extraordinario para permanecer unos minutos más en la sala. Sobre todo aquellos que no suelen hacerlo y salen en cuanto los créditos están en pantalla, aun cuando éstos son parte sustancial de la película.

