César Arístides
El tiempo es implacable. Su paso no admite contemplaciones, derriba la ilusión, el regocijo, enfrenta la temeridad, la amargura… El tiempo rebasa el ensueño, el quebranto, los anhelos, la vejez… los días pasan, sonríen, se burlan, nos compadecen y en los años postreros la reflexión se vuelve plegaria y desvelo. Entonces los poetas hacen el recuento de las jornadas, de los romances, los sinsabores, los logros radiantes o las cimas alcanzadas. Pero no todo es solemnidad, hay quienes hacen de la vejez una queja graciosa, un recuento perfumado por la picardía, la cotidianidad luminosa aun con las cuitas irónicamente lastimeras: “¡No es completa desgracia,/ que por ser hoy mis días,/ he de verme sitiado/ de incómodas visitas!/ Cierra la puerta, mozo,/ que sube la vecina,/ su cuñada y sus yernos/ por la escalera arriba./ Pero ¡qué!… No la cierres;/ si es menester abrirla;/ si ya vienen chillando/ doña Tecla y sus hijas”. En este bello y gracioso poema, “Los días”, el dramaturgo, viajero y poeta, Leandro Fernández de Moratín, nos habla de los días en los que la ancianidad debía ser descanso, horas apacibles de contemplación y recogimiento, dedicadas a la meditación y la lectura íntima. Pero no. Las visitas, el bullicio, los parientes que llegan con sus hijos, dan al traste con todo; los amigos inoportunos o la infame turba de niños malcriados y traviesos rompen las deseadas horas de tranquilidad y solaz apacible, trastornan la calma con gritos, ornamentos que se quiebran, peticiones, quejumbres, algarabía chocante, la toma por asalto de la despensa, los sagrados licores y los comestibles: “El coche que ha parado,/ según lo que rechina,/ es el de don Venancio,/ ¡famoso petardista!/ ¡Oh! Ya está aquí don Lucas/ haciendo cortesías,/ y don Mauro el abate,/ opositor a mitras,/ don Genaro, don Zoilo,/ y doña Basilisa;/ con una lechigada/ de niños y de niñas./ ¡Qué necios cumplimientos!/ ¡Qué frases repetidas!/ Al monte de Torozos/ me fuera por no oírlas./ Ya todos se preparan/ (y no bastan las sillas)/ a engullirme bizcochos,/ y dulces y bebidas./ Llénanse de mujeres/ comedor y cocina,/ y de los molinillos/ no cesa la armonía./ Ellas haciendo dengues/ allí y aquí pellizcan;/ todo lo gulusmean,/ y todo las fastidia./ Ellos, los hombronazos,/ piden a toda prisa/ del rancio de Canarias,/ de Jerez y Montilla./ Una, dos, tres botellas,/ cinco, nueve se chiflan./ Pues, señor, ¿hay paciencia/ para tal picardía?” El autor de la célebre El sí de las niñas, expresa en este poema, con limpio encabalgamiento y un despliegue de versos fluidos, armónicos y dulces, las inquietudes del escritor que ve interrumpidas sus horas de descanso. La picardía, la ironía y una delicadeza puntual enaltecen los heptasílabos. El poeta de voz firme y elegante eleva su tragedia doméstica con soltura y luminosidad para hacer graciosas las quejas, las penurias y los ruegos: “¿Es esto ser amigos?/ ¿Así el amor se explica,/ dejando mi despensa/ asolada y vacía?/ Y en tanto los chiquillos,/ canalla descreída,/ me aturden con sus golpes,/ llantos y chilladiza./ El uno acosa al gato/ debajo de las sillas;/ el otro se echa a cuestas/ un canjilón de almíbar;/ y el otro, que jugaba/ detrás de las cortinas,/ un ojo y las narices/ le aplastó la varilla./ Ya mi bastón les sirve/ de caballito, y brincan;/ mi peluca y mis guantes/ al pozo me los tiran./ Mis libros no parecen;/ que todos me los pillan,/ y al patio se los llevan/ para hacer torrecitas”. Autor de simpáticas e ingeniosas composiciones: “Abnegación estúpida”, “A un ministro”, “A Gerancio”, entre muchas más, Moratín no soslaya la reflexión existencial, los efectos/estragos que dejan las jornadas de trabajo, bohemia, estudio, tribulación, y aun con regocijo y burla, divagación filosófica o planteamiento existencial, la claridad/profundidad de pensamiento avanza para marcar el poema con soltura y decisión; sin duda, “Los días” es prueba de su encanto y gran talento.
