Vagabundeo de la izquierda
René Avilés Fabila
Cuando ya el comunismo, socialismo real o realmente existente, como le decían los soviéticos y sus más fieles seguidores, agonizaba en Europa occidental, sobre todo en Francia, los comunistas más flexibles inventaron el eurocomunismo.
Según su lógica, dicha en escasas líneas, había que hacer un doble esfuerzo: primero alejarse lo más posible del dogmatismo de la URSS, del viejo estalinismo, y enseguida buscar una ruta propia, de cada país, para eliminar la economía de mercado y establecer sistemas marxistas siguiendo las características propias de cada nación. La idea no estaba mal. Pero en el fondo subyacía algo perverso: deshacerse de una praxis que empezaba a ser rechazada donde quiera que se había establecido.
Los comunistas mexicanos, sobre todo los menos comunistas, vieron en ese hallazgo una buena ruta hacia el más perfecto escapismo. Había que buscar la manera de hacer un capitalismo amable, con rostro humano, plural y todo lo que sigue. El inicio era buscar un camino menos empedrado que el propuesto por los soviéticos, muy rígido, a veces brutal.
Más adelante, a la URSS le empezaron a faltar las fuerzas políticas y no encontró más camino que desmayarse, para que, al volver en sí, el capitalismo se hubiera establecido. Así fue. Gorbachov, con el viejo truco de democratizar su país, le abrió las puertas al capitalismo más salvaje que por ahora podemos encontrar.
Rusia se hizo “país de oportunidades” y ahora languidece. Dejó de ser potencia y es uno más del montón, muy atrás de potencias mayores como Estados Unidos, China y Alemania.
Así comenzó el vagabundeo de la izquierda en todos los países. Pero de pronto a los viejos comunistas se les ocurrió otra idea “salvadora”, imaginarse como Estados de bienestar, eso le prometerían a la humanidad. El comienzo parecía sencillo. Primero todos los funcionarios se reducirían el sueldo, enseguida, se les darían muchas limosnas a los más pobres. Listo. Allí está la meta.
Francia por ahora está dirigida por un presidente “socialista”, ya bajó los salarios de los funcionarios y con eso Francia ahorra unos cuantos miles de euros. Falta, obviamente, hacer una justa distribución de la riqueza. De ello ya varios distantes excomunistas me dieron alegres versiones. Qué tonto fue Marx y que inútil fue Lenin. Es el Estado de bienestar, donde una reina o un rey, un presidente liberal, en fin, puede hacer que haya algo de justicia e igualdad bajo la mirada severa de la nobleza o la burguesía, de una adinerada clase gobernante.
Y ahora que digo Francia socialista, no vienen a mí los recuerdos de grandes marchas de marxistas pidiendo la revolución proletaria, sino a un mandatario, François Hollande, elegante, dándole a Florence Cassez un recibimiento asombroso.
Algo diferente le ocurrió a otro francés: Régis Debray, quien fue encarcelado y torturado cuando luchaba con el Che Guevara en tierras bolivianas. Lo recibió sin pompa otro “socialista”, François Mitterrand. Le dio empleo y poco después Debray renunció a la causa por diferencias perfectas.
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