El poder en su justa dimensión
Raúl Jiménez Vázquez
Hugo Chávez es indudablemente una figura relevante en el espectro político latinoamericano. Sin soslayar la existencia de pasivos, del lado del activo, las medidas por él emprendidas han dejado una huella profunda: a fin de combatir la pobreza, la exclusión y el analfabetismo, puso en marcha el Plan Bolívar; al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas promovido por Estados Unidos le opuso el ALBA, la Alternativa Bolivariana, transformada después en ALBA-TCP, Alianza Bolivariana y Tratado de Comercio de los Pueblos de América; insertó a Venezuela en el esquema del Mercosur, reactivó la Organización de Países Exportadores de Petróleo e impulsó al Grupo de los 77 o Movimiento de Países no Alineados; y, lo más destacable, recuperó el control de los recursos petroleros comprometidos por anteriores administraciones en favor de las trasnacionales.
Hoy en día el líder venezolano se debate entre la vida y la muerte y tan lamentable circunstancia suscita varias reflexiones. La primera de ellas está centrada en la condición humana, ¿quién iba a imaginar hace unos cuantos años que el vigoroso e imponente hombre del “Arauca vibrador” sería presa de una delicadísima situación médica cuyo desenlace es una genuina incógnita?
He ahí una primera y muy valiosa lección para sus homólogos, quienes nunca deben perder de vista que no son dioses provenientes del Olimpo, ni seres predestinados o portadores del algún designio manifiesto, sino simples mortales marcados indeleblemente con el símbolo de la transitoriedad, la vulnerabilidad y la fragilidad.
Una perspectiva así permite imprimirle al poder su justa dimensión. En los tiempos del esplendor romano, durante los actos de vitoreo público un esclavo susurraba al emperador cave ne cadas, que significa cuidado, no caigas, con lo que buscaba recordarle lo efímero de su paso terrenal. La conciencia de la brevedad de la vida preconizada por el gran Séneca tiene formidables propiedades terapéuticas, una de ellas es el abandono de los sueños de opio y la instalación de golpe y porrazo en el aquí y ahora de la realidad finita.
Ese darse cuenta disipa la tentación de querer hablarse de tú con la historia, utilizar el poder para desfogar enojos y resentimientos existenciales, forjarse imágenes narcisistas o grandilocuentes de sí mismo, asumirse dueño de carismas o verdades irrebatibles y dar rienda suelta a la agresión u otras pulsiones primarias en forma de absurdos actos de Estado.
La información acerca del estado de salud del político sudamericano ha sido manejada de manera poco convincente y no es posible construir un juicio objetivo a ese respecto. Pese a esto, la Corte Suprema de Justicia de Venezuela hizo una interpretación del artículo 231 de la Constitución Bolivariana y determinó que no ha lugar a declarar la ausencia temporal, puesto que Chávez se encuentra en pleno ejercicio de sus funciones, y que la toma de posesión formal para su nuevo periodo presidencial ocurrirá cuando desaparezca la causa sobrevenida; igualmente se negó a autorizar la formación de una junta médica que constate el real estado de cosas. La crisis constitucional ronda por el hermano país del Orinoco.
Lo anterior arroja una enseñanza de insospechada valía. Los ciudadanos tenemos el inobjetable derecho de saber cuál es el estado de salud de nuestros gobernantes pues sus patologías, sobre todo la famosa hybris o enfermedad del poder y otras más de carácter mental, tienen consecuencias políticas. Los padecimientos de Iván El Terrible, Stalin, Hitler y Mussolini fueron el eslabón cero de una larga cadena de indecibles sufrimientos colectivos. Más recientemente, las afecciones de John F. Kennedy, el Sha de Irán y François Mitterrand tuvieron implicaciones que pudieron haberse atenuado si la opinión pública hubiese tenido acceso a la información.
Hay que aprender de la experiencia. Las lecciones que ahora nos brinda Chávez desde su lecho trágico son a todas luces invaluables y merecen ser asimiladas en su totalidad.
