Eve Gil
María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964) adquirió notoriedad internacional con su primera novela, El tiempo entre costuras, traducida hasta la fecha a una docena de idiomas, entre ellos el chino y el sueco. Tres años más tarde, aún fresca en la memoria aquella emocionante novela de intriga, espionaje y mensajes encriptados en patrones de costura, la autora nos sorprende con su segunda novela, Misión olvido (Planeta, Temas de Hoy, México, 2012; 511 pp.) que si bien es por completo distinta a aquélla, posee puntos en común como la recreación de la España de Franco que en el caso de Misión olvido no forma parte del escenario presente de la novela, sino del recuerdo de los personajes. Otra similitud es que sus heroínas son empujadas por una decepción amorosa a empezar desde cero para sanar sus heridas. Blanca Perea, protagonista de Misión olvido, es una académica de unos cuarenta y cinco años, casada desde muy joven y con dos hijos adultos a quien nada le ha resultado fácil en la vida. Sin embargo, justo cuando pudiera considerarse realizada tanto en lo profesional como en lo personal, es abandonada por su esposo, Alberto, quien a su vez ha dejado preñada a su joven amante. Aquel inesperado golpe resulta devastador para Blanca, quien de manera un tanto impulsiva solicita un cambio radical a su universidad, y surge la oportunidad de retirarse a una universidad en un pequeño poblado californiano llamado Santa Cecilia, a desempeñar un trabajo muy inferior al que viene realizando en su alma máter española: refundirse en un sótano para clasificar los documentos de un profesor español fallecido muchos años atrás llamado Andrés Fontana. La decisión les parece absurda a quienes rodean a Blanca, pero ella necesita desesperadamente huir del dolor y de la compasión de los demás. Aunque Blanca ha aceptado hacerse cargo de clasificar un “montón de papeles viejos” para huir de sí misma, más que de una situación concreta, no tardará en descubrir dos cosas: la primera, que no se puede esconder de su propia realidad, sin importar cuánta tierra de por medio tienda entre ella y su propia familia… la segunda: Andrés Fontana resulta ser un personaje mucho más complejo y apasionante de lo que imaginaba, y la tarea de “ordenar” y “clasificar” termina por convertirse en una recreación o reescritura de la vida de este personaje, que a su vez la lleva a descubrir —o ella así lo cree— a un tercero que puede presumir de ser el único que penetró la coraza del curtido profesor: un académico estadounidense de nombre Daniel Carter que, de manera aparentemente casual, aterriza en el campus de Santa Cecilia casi al mismo tiempo que la escurridiza profesora española. La historia de Blanca Perea termina por coincidir con la del difunto y aquel otro, aparentemente lleno de vitalidad, que en realidad es un fantasma del que fue antes de sufrir una pérdida que de algún modo explica la gran empatía inicial entre Daniel y Blanca, esto sin contar que varios de los personajes que los rodean —Rebecca Cullen, la directora; Luis Zárate, el enigmático jefe de departamento que parece tan afable y tan hosco a la vez; Fanny, la secretaria autista de Rebecca; Darla, la torva madre de Fanny— tienen insospechados puntos de contacto con ellos, que a su vez son pequeñas piezas del rompecabezas que Blanca va armando alrededor de su sujeto de estudio. Mientras que en El tiempo entre costuras, Sira, la protagonista, una costurera que se ve envuelta en una intriga internacional durante la Segunda Guerra Mundial, realizando trabajo de espionaje para los ingleses pero a favor de su patria, sumida en los horrores del franquismo, Blanca, una mujer algo más madura y contemporánea vive una experiencia similar a un nivel, digamos, “local”, que puede costarle su prestigio, incluso las ventajas tan duramente ganadas… porque lo que rodea al profesor Andrés Fontana va mucho más allá de un legado académico, como le han hecho creer en un principio. En sus papeles se encuentran el secreto de la tragedia de Daniel Carter, la respuesta a varias de las preguntas que Blanca se ha hecho respecto a siniestros personajes del ámbito universitario… e incluso la solución para que unos activistas logren impedir que se construya un centro comercial en un área que resguarda el patrimonio histórico de la población. Aunque la parte de Blanca está narrada en primera persona, no se trata de una protagonista única y, como en el caso de la novela previa de María Dueñas, la historia está poblada de personajes fascinantes y descritos al detalle. De hecho, en la vida de Daniel, discípulo de Andrés Fontana, aparecen personajes reales que se confunden con absoluta naturalidad con los ficticios, entre ellos el escritor exiliado Ramón J. Sender (1901-1982), sobre quien él se especializa, y cuya pista sigue Carter en su época de estudiante universitario, en uno de los mejores pasajes de la novela. Sender es un auténtico personaje trágico: su mujer fue fusilada, sus hijos, adoptados por una millonaria norteamericana y él, un poco como Cernuda, no lograba encontrar asiento en ninguna parte, “(…) Disidente del Partido Comunista, acusado por sus líderes de oscuros episodios de cobardía y traición, sometido tras ello a una larga operación de desprestigio, excluido sin miramientos de los círculos de solidaridad expatriada” (p. 147). Es durante su persecución de las huellas de Sender por un rincón de Huesca, que Daniel conoce a Aurora Carranza, una joven y bella aspirante a farmacéutica que lo llevará a emprender alucinantes hazañas para convencer a sus padres de cedérsela en matrimonio. Aurora se convertirá en un elemento clave para desentrañar el misterioso desenlace de la relación de Daniel con su querido profesor Andrés. Sin embargo, además del caso de Sender, el ámbito académico permite a la autora que Andrés y Daniel interactúen con otros escritores reales que hoy son legendarios. Más allá de la ficción, María Dueñas, que es académica en la vida real, profesora titular de la Universidad de Murcia, y ha sido docente de universidades estadounidenses, recrea a la perfección las pequeñas intrigas entre investigadores y académicos; la entre pastoril y estresante vida universitaria de estas pequeñas universidades y, con base en detalles, podría decirse, nimios, borda un thriller que, si bien no corta la respiración como El tiempo entre costuras, atrapa la atención del lector y lo involucra con los sentimientos y las pasiones de estos personajes que tienen en común no sólo ser académicos, sino también tener razones para perseguir el olvido.
