Margarita Peña

    Sonaba. Sonaba la canción.

    Sonaba,  sonaba, sonaba …esta tarde vi llover, vi gente correr…

    Fue volviendo en sí, abriendo los ojos, estirándose como una pequeña gata.

   Afuera empezaba a anochecer. Apenas si reconoció el lugar. Se incorporó y miró con extrañeza la habitación cuadrada. No había nada  que le resultara familiar. Sacudió la colcha sobre el sofá- cama. Lentamente tomó conciencia. Buscó su ropa y comenzó a vestirse despacio. Primero, la  pantaleta blanca; el brassier de algodón con una fina orla de tira bordada, la sencilla camiseta de punto. Apenas tenía  fuerzas. A tientas casi dio con la blusa  de popelina, luego la falda a cuadros  y el saco  de sarga azul marino; por allí andaban tiradas las calcetas, los mocasines negros polvosos.  Acabó de vestirse, ya con prisa… Desde el balcón que daba a la calle pudo ver el inicio de la noche y una luna casi rosada. Quiso peinarse, sacó el pequeño peine de la bolsa de los lápices, en el portafolio,  y en la semioscuridad, lo pasó por encima de la melena oscura. Buscó las ligas para sujetarse la cola de caballo, estaban tiradas por el suelo, eran dos. Se las colocó y  sujetó lo mejor que pudo, no había espejo y la cola le quedó ladeada. Recogió la mochila, tomó el cuaderno y el libro que quedaran abiertos sobre la mesa. Estaba agitada. Se sentó en el borde de la cama y escuchó la canción: “Somos novios”, de Manzanero. Algo se le revolvió en el  estómago. Era sólo música, nada que ver con ella. La escuchó, pensando. ¿Pensando? No, imposible. Todo se le revolvía en la cabeza. Terminó la canción.  El silencio. Estaba sola. Fue a inspeccionar. Nadie en el baño de paredes descascaradas, tina anticuada con patas de grifo, gran lavabo. Tampoco en la pequeña cocina con  su fregadero, otra mesa, dos sillas y la botella de vino oscuro casi vacía. El hueco en el estómago se acentuó. Sentía ganas de vomitar.

     En el sueño había creído oír su voz: “Cuando salgas cierras bien la puerta, apagas el CD, si puedes, lavas los vasos. Jalas bien la puerta. .¡Ah, y no vayas a decir nada…”

     Fue a la cocina, lavó los dos vasos, los colocó boca abajo en el fregadero, tiró la botella de vino  en un bote de basura repleto y apagó el CD… No vayas a contar nada….

      Echó un vistazo alrededor. Un librero de regular tamaño con bastantes libros, la computadora sobre la mesa, un ropero antiguo. Lo abrió. Dos trajes, varios pares de pantalones mal doblados, un suéter de cuello de tortuga, una chamarra  de cuero, sudaderas rojas, blancas, una negra con el retrato de Abraham Lincoln, un montón de calcetines revueltos,  ropa interior. Lo cerró con cuidado. Le costaba trabajo caminar y sentía dolor en el vientre. Otra habitación con la puerta atrancada, cerrada con llave. Por más que empujó no pudo abrirla. ¿Qué habría allí, qué guardaría?

¿Una mujer, quizás? ¿O un cadáver? Volvió a alisar la colcha, la examinó cuidadosamente: en efecto, tres manchitas rojas… un  leve sobresalto. Se sentó en el borde de la cama, meditó un rato. Entre anonadada y gozosa.

      Salió finalmente. Bajó los dos pisos temiendo que alguna puerta se abriera de improviso y la encontraran “in fraganti”: una extraña ella, saliendo del departamento de arriba… En la calle llovía un poco, el viejo edificio de la  Roma,  a sus espaldas, era una mole oscura con luces en algunas ventanas. Sobre las hojas de los árboles titilaban gotas de agua. A la luz de un farol las hojas se veían  color verde intenso.  Paró un taxi y le dio la dirección de su casa. No tenía ganas de tomar el autobús o caminar hasta la parada  del Metro. Le dolía todo.

     En el taxi pudo ya repasar los hechos. ¡Qué trabajo le había costado que Antonio desviara su atención de las otras! Se le resbalaban como la miel sobre los hot-cakes. En la fiesta de Yolanda tuvo prácticamente que arrancárselo, aprovechando que ella fue a buscar unas cocas. Y la tal Pilarica, la sabihonda que era buena en todo: español, geografía, biología, computación…, prácticamente en todo, no lo dejaba ni respirar: “explíqueme esto”, “no entendí aquello”. Balanceando sus trenzas anticuadas o con sus molotitos montados a cada lado de  la cabeza como de negrita cucurumbé, aunque  fuera rubia (teñida). Y Él la admiraba: “una  chica muy inteligente, muy responsable… “ Sí, cómo no, bien sabía ella que la tal Pili copiaba en los exámenes, la había sorprendido mirando un acordeón cosido en la bastilla del uniforme. Y la tal Olivia, que le recogía el borrador, los gises, después de borrar las ecuaciones en el pizarrón, tan solícita, sobándose contra su brazo. Él nada más parpadeaba, sus ojos verdes tras los anteojos con aro de carey. Más de seis meses  pasó siguiéndolo, acechando su llegada al colegio, llamándole al celular y colgando, imaginando su casa, su ropa  esos sábados y domingos en que no lo veía; adivinando sus gustos.  Cuando estaba sola, fantaseando con el baile de fin de curso, la graduación y él como su pareja.  A las otras,  las odiaba.

      Pero lo consiguió.  Sabía que iba a lograrlo.

      ¡Hacía un calor esa tarde al salir de clase…! Fueron caminando hasta la parada del autobús.  Alto, delgado, moreno, ojos verdes. En el camino, ella propuso tomar un helado. Él aceptó distraídamente (no dejaba de atraerle esta muchacha que se había colocado un pequeño piercing en el labio, contra la simplicidad del uniforme); algo retraída, siempre con un libro en la mano, buenas piernas, ojos azules. Ella disparó el helado. Pensaba: aceptó venir conmigo, lo estoy conquistando  Tan distinto de los demás: de Fernando,  con su cara y acento de yucateco;  de Luis, el capitán de los “scouts”, que fastidiaba a morir con eso de las  excursiones semanales; de Arturo y Neto, chaparritos los dos, siempre aconsejándose, misteriosos, parecían un par de duendes.  Ninguno de ellos un galán, como Él.  Ni siquiera Alfredo, su pretendiente de siempre, demasiado serio, estudioso, aburrido aunque, eso sí, con coche. Ni hablar, el Profe era el bueno. Se imaginaba asoleándose con él en alguna playa de Acapulco; o tomando un avión a Chicago para escuchar jazz juntos. Les contaba ÉL de cuando ganó la beca y se fue un año a hacer la maestría. Les platicaba de los cantantes, los músicos: Louis Armstrong,  un tal Gillespie , imitándolos, haciendo como que tocaba un saxofón, de espaldas al pizarrón,  ante el arrobo de las muchachas y las risas de los chicos. En el fondo lo envidian, se decía ella. Él  olvidaba que estaba en clase. Las matemáticas y los exámenes le valen…, pensaba ella.

   Y ahora, ¿qué iría a suceder ahora? ¿La saludaría como de costumbre? ¿Le pediría que se sentara en la fila de adelante, cerca de él? ¿Le pondría un diez cuando nunca sacaba más de ocho? ¿La amaría, quizás? Porque esas cosas no se hacen sin amor… y ella se sabía atractiva, linda: piel blanca, sonrosada, ojos azules, pestañas tupidas, un cuerpo que apuntaba a ser bello, bonitas piernas, caderas estrechas. Y su piercing sobre el labio. Diferente de las otras; tentadora, eso sí estaba segura. A lo mejor hasta llegarían a casarse, algún día… o aunque no se casaran. ¿Y ahora…? ¿Cómo debía portarse? ¿ Aprontándole el gis y el borrador, limpiando el escritorio con su pañuelo? Impidiendo que las demás  se le acercaran; haciéndole un hermoso regalo del Día del Maestro,  ya próximo; ahorrando para irse con  él a Chicago, o de perdida, a  Acapulco… mirando desde arriba a Pilarica, Olivia, Yolanda. Pasando con él delante de Alfredo, tan creído.

     Llegó a su casa, eran más de las ocho ¿Y qué tal que ya estuviera papá? ¿Qué explicación daría? ¿Y si ya habían cenado…?  ¡Que importaba!  En el radio del taxi  se escuchaba  música romántica. Se le arremolinaba el sentimiento. También  miedo, incertidumbre.

    Afortunadamente no había luz en la ventana de la sala, en donde papá solía sentarse a leer el periódico, aún no había llegado. Respiró aliviada.  Mamá tocaba el piano, sus sonatas y preludios, tan tranquila, no la oyó entrar. Subió las escaleras hacia su cuarto. Leti aprontaba  cuidadosamente el uniforme para el día siguiente en la recámara que ambas compartían. Volteó y la miró con curiosidad y luego, con cierta aprensión.  Ella se vio en el espejo del tocador: ¡traía la falda puesta al revés! Se percibían claramente las costuras, la pretina de la cintura, el dobladillo.  Se desvistió rápidamente esquivando los ojos azorados de la hermana, se enfundó en la pijama, se metió bajo las cobijas y murmuró: “hasta mañana”.  Leti no se dio por aludida. Se acercó, la sacudió de un hombro.

      -¿En donde andabas? Te busqué por todas partes al salir… cómo eres, me tuve que venir sola…

      -Fui a tomar un helado.

     -¿Con quién? ¿adónde?… ¿hasta ahorita…? Ya ni la haces…

      -Que t’i… tengo sueño, déjame dormir.

     Apagó la lámpara del buró. Cerró los ojos.

  ¿Cómo habían ido a dar hasta su departamento? Vivía Él cerca de la escuela, había varias neverías, se sentaron, ella prácticamente le declaró su amor, frotó su pierna, tocó una de sus manos, estaba entusiasmada, no lo podía creer, tomando helados con su amado Profe; no había que perder la oportunidad, hasta le rozó la oreja con los labios… frotó sus senos contra su brazo, le pidió que le explicara, a ella sola, el cálculo infinitesimal y las ecuaciones. Él dijo que sí, aceptó, se iba encendiendo.  Luego la  tomó de la mano; llegando al edificio la arrastró casi escaleras arriba, abrió la puerta, sacó una botella de tinto y dos vasos, bebieron;  llevándola hasta la mesa abrió el libro, el cuaderno, barboteando unas fórmulas, unas explicaciones al tiempo que la iba empujando hacia el sofá  quitándole de la ropa. Allá fueron a dar el uniforme: el saco estorboso, la falda, la blusa de popelina blanca; el brassier  con su orla de tira bordada;  cerró las piernas, las apretó fuerte , juguetearon, lucharon un momento. Se fue abriendo, lo abrazó. Él había puesto un DVD: se oía música celestial. Sus propios gemidos y un dolor punzante confirmaron su triunfo. Se adormeció.

      Luego Él se levantó y salió. Se había ido sin besarla, sin hacerle siquiera una caricia. ¿Estaría arrepentido? Otro vuelco en el estómago, ahora bajo las sábanas de su propia cama, en su casa. No era posible. ¿Lo negaría? Ella no se lo iba a permitir. Les diría a todos lo que había pasado. En el colegio; aquí, en casa… La aterraba tan sólo pensar en un rechazo, en la negación de su conquista.

    No lograba dormir. Se incorporó en la cama, en su recámara de niña. Encendió la lámpara. Leticia despertó, asustada.

   -¡Me tiré al profe de matemáticas. Si, al profesor de matemáticas!

     Se vio reflejada en el espejo del tocador, frente a la cama. Su hermana abría los ojos como platos.

     Repitió tranquilamente:

     -Me acosté con el profesor de matemáticas.

      Apagó la lámpara y se durmió.

      Al día siguiente, se bañó, se vistió con el uniforme, se peinó cuidadosamente, su melena brillaba, la dejó suelta. Se pintó los labios, los párpados. Se anudó un vistoso pañuelo de seda al cuello. Ni  mamá ni Leti le dirigían la palabra, sólo la observaban.

     Al llegar al colegio y entrar al salón, fue directamente hacia Alfredo y en voz alta pronunció:

    -Te acepto que seas mi chambelán en el baile de graduación.

      Alfredo se sorprendió. Y más aún cuando  a media mañana, al terminar  el recreo,  lo tomó de la mano, hizo que dieran una vuelta juntos por el  patio delante de  Olivia, Yolanda,  la Pilarica, y entró con él al salón, a clase de Matemáticas, muy quitada de la pena, justo cuando llegaba el maestro Antonio, quien sólo la miró con sus ojos verdes de ofidio tras los anteojos con aro de carey  como si no la conociera, como si no la hubiera visto nunca.