José Antonio Zúñiga, Florence Cassez, Tomás Ángeles Dauahare

Jorge Carrillo Olea

Estamos ante un drama nacional y no nos estremece hasta la ira: La pudrición de la justicia. Ejemplos mil. José Antonio Zúñiga, el de Presunto culpable, la señora Florence Cassez y más y más. Y dentro de este mundo gangrenado, una de las más duras noticias de mayo pasado fue el arresto del general Tomás Ángeles Dauahare, indiciado como copartícipe en delitos contra la salud y circunstanciales.

La noticia fue una bomba por el alto grado del acusado, por su puesto anterior de subsecretario, por sus críticas a las políticas anticrimen de Felipe Calderón y por una supuesta rivalidad con el entonces secretario de la Defensa, general Guillermo Galván.

Las responsabilidades atribuidas al general no fueron sustentadas nunca de manera formal. Todo fue a base de decires y testimonios comprados por la Procuraduría General de la República (PGR), tal como ha sucedido vergonzosamente desde hace años. Recordar que el procurador Jorge Madrazo, exombudsman, pagó 500 mil dólares a Fernando Rodríguez por una declaración inculpatoria contra Raúl Salinas de Gortari. Después de refugiarse seis años como cónsul general en el placentero Seattle, protegido por agentes de la policía judicial pagados por el gobierno, hoy Madrazo, sumido en su vergüenza, conduce un noticiero radiofónico en Seattle, Estados Unidos.  ¡Ésas son las peculiaridades de nuestra justicia!

La noticia sobre Ángeles Dauahare, por la jerarquía del inculpado, dio la vuelta al mundo acentuando el desdoro nacional. Destruyó el prestigio del general, dañó importantemente la imagen del ejército, le provocó un fortísimo daño moral y patrimonial a él y a su familia. Era tan endeble la situación que bastaron 40 días para que el procurador Murillo Karam pusiera en duda públicamente toda la  maquinación de Felipe Calderón y su procuradora Marisela Morales.

Falta la formalización del desistimiento o de conclusiones acusatorias distintas, pero cuando lleguen quedará claro que fue el uso de la justicia para ejecutar venganzas. Finalmente, con lo que acabaron estos dos obscenos personajes, Calderón y su procuradora, fue con los últimos vestigios de credibilidad y confianza en la justicia en un país que si de algo se duele es de eso.

La comunidad militar se impactó sensiblemente. Responsable o no, Ángeles Dauahare tiene una imagen respetable construida por décadas de servicio y de amistosas relaciones personales. Se le reconoció como íntegro, inteligente, progresista. Difícil aceptar de pronto que todo eso no correspondía con las acusaciones reveladas. Pero un gravísimo daño a la institución y a la personas estaba consumado.

Abundó en la irritación la obsecuente actitud del secretario Galván, que lo entregó detenido sin exigir el cumplimiento de las formalidades pactadas en un acuerdo de colaboración preexistente, firmado mucho tiempo antes entre la Defensa Nacional y la PGR. Nada hizo legal e institucionalmente en defensa de un inculpado de su comunidad, peor aún y es imperdonable, nada hizo en custodia del honor de una institución. Un señor poco íntegro.

Más irritó a la comunidad el que ya evidentes las debilidades y contrahechuras del procedimiento inicial, Galván no hiciera nada por explicar en el interior de su cuerpo armado el lamentable hecho, no lo hizo porque no tenía excusa posible, se enconchó en su arrogancia y en su apocamiento. En diciembre del 2006, esa misma obsecuencia es la que lo dominó al no advertir a Calderón la complicación en que metería al país al iniciar su blitzkrieg antinarco. Lo dejó empinarse. Nunca explicó las debilidades de sus fuerzas, la ignorancia sobre la fortaleza del enemigo. Calló obsecuentemente excusándose en el deber de obediencia.

¿Y ahora qué? ¿Cómo decirle al mundo que todo fue una venganza y torpeza con varios padres? ¿Cómo rescatar el nombre personal y familiar de Ángeles Dauahare? ¿Cómo suponer una buen recuerdo para el comandante en jefe Calderón, del alto mando Galván y la abogada de la nación Marisela Morales? ¿Cómo explicar su indignidad si se rieron de la ley y de la historia?

            hienca@prodigy.net.mx