Veintiún conversaciones-monólogos
Roberto García Bonilla
Julio Cortázar sembró la semilla que floreció en el boom latinomaricano; antes, el pintor y editor Kazuya-Sakai le sugirió a Luis Harss (Valparaíso, 1936) que fuera a París y se encontrara con el autor de Rayuela, quien instó al crítico chileno a escribir un libro en el cual reuniera las tendencias literarias que estaban surgiendo y transformaron para siempre las letras de América hispánica. De la noche a la mañana sus novelas fueron leídas con avidez por los lectores latinoamericanos, que preferían a los autores europeos y estadounidenses.
El boom llegó a España procedente de París y se encontró a uno de sus grandes impulsores, el editor y escritor Carlos Barral y a la ahora legendaria agente literaria Carmen Balcells.
La nómina de Luis Harss congregó a Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.
Los entrevistó y reunió textos inéditos, híbridos, entre el reportaje, la entrevista y el ensayo en Los nuestros, publicado en inglés y poco después en español (Sudamericana, 1966). Sin saberlo estaba acuñando el canon de una nueva literatura, en muchos casos gestada en el exilio; se estaba tranformando no sólo la faz literaria sino la geografía política cuyo germen inicial fue la Revolución Cubana (1959), en cuyos inicios, sobre todo, estimuló conciencias y irradió esperanzas entre las clases medias de países debilitados en sus libertades y en anquilosadas democracias.
Las innovaciones del boom formaron parte de un modo de concebir e imaginar realidades particulares y de integrarlas, desde regiones apartadas, a todo el mundo. Su ingreso tuvo un pasaporte con un sinfín de hablas: el idioma español.
El boom latinoamericano es un nombre cuyo origen se desconoce aunque se atribuye al crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), quien fundó, en la capital francesa, la revista Nuevo Mundo (1966-1968) para promover la cultura latinoamericana.
El apelativo nunca gusto a sus protagonistas; Cortázar llegó a decir: “Siempre me ha molestado que un fenómeno latinoamericano sea definido con un término inglés; es políticamente muy significativa esa lamentable debilidad”.
En torno al boom hay historias que van del milagro a la maledicencia, dignas de una gran familia con relegados, acabados de llegar, estirpe y poder.
También fue objeto de infundios: se repitió que había sido producto de una artimaña, que a sus integrantes —sobre todos a los jóvenes de entonces— habían sido producto de la promoción de los editores.
Cortazar refutó: “Ellos no nos inventaron, los editores vinieron después”. La lista contenida en Los nuestros —que a medio siglo de la narrativa del boom, se ha republicado en Alfagura (2012)— dejó fuera a escritores considerados clave en la historia literaria de Latinoamérica, entre otros, a Ernesto Sábato, augusto Roa Bastos, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima y el Premio Nobel mexicano, Octavio Paz.
En Voces del “boom”, Robert Saladrigas (1940) concentra veintiún conversaciones con escritores latinoamericanos que aparecen en forma de monólogos; ya sin preguntas, las respuestas de los creadores latinomericanos se funden con la propia voz del entrevistador catalán que nos introduce a sus personajes sin el formulismo de las presentaciones convencionales; las suyas son largas descripciones de gruesos trazos que se entrelazan con las voces solistas.
Predominan rostros de carne y hueso sin maquillaje: instantáneas fotográficas de los interlocutores cuyos semblantes son recuperados por el entrevitador quien se convierte en obsesivo cinselador de gestos, fisonomías, timbres, sonoridades y rituales.
El narrador deja a un lado las precupaciones temporales y contextuales del periodista y penetra en intimidades anímicas que vislumbran templanza, obstinación y decadencia.
En esta reunión están presentes seis de los autores seleccionados por Harss: los Nobel García Márquez y Vargas Llosa, Asturias; Borges, Rulfo y Onetti.
Los monólogos nos hablan del trabajo creador, la disciplina que antecedió a obras iluminadas (como Cien años de soledad), los periplos trasatlánticos, obsesiones intuidas, y luchas y hábitos que naturalmente varían entre un poeta y un novelista.
Uno de los monólogos más plenos en su síntesis es el de Pablo Neruda, quien describe —como orador entre luces y silencio, siendo embajador de su país en París— momentos cruciales de su carrera poética; reconoce su inicio, en verdad, con la publicación, en Madrid, de Residencia en la tierra (1935); ahí alcanzó su propio lenguaje que le sirvió “lo mismo para expresar las peculiaridades de las tierras que para ilustrar las libertades de la imaginación”.
Manuel Puig recuerda sus penurias y Bioy Casares el resplandor de un destino con fortuna quien además recibió, en los días atrevidos de la adolescencia, un regalo providencial: la amistad de Borges, de quien también habla Luisa Mercedes Levison (1904-1988); ambos escribieron un libro en colaboración, La hermana de Eloísa.
En estás Voces… aparecen los soliloquios de Jorge Amado; Jorge Edwards, quien pondera su paso por la diplomacia y su pugnas isalvables con la izquierda; José Donoso reivindica la figura de su nana como la figura que centraliza sus personajes.
Y entre lo menos conocidos y lejanos al boom, aparece el novelista y académico chileno Miguel Arteche (1926).
Destaca la figura de Agustín Yañéz. Al filo del agua (1947) significa el inicio de la modernidad en la novela mexicana; su estructura es un hito en nuestra narrativa.
Los retratos de Saladrigas son los de un pintor naturalista, pertinaz en los detalles; es la mirada acuciosa del retratista de naturalezas vivas, captura obsesiones fugaces que devienen en trayectorias que llegan a vislumbrar el fulgor y el ocaso de historias de vida; coexiste el abigarramiento discursivo y la austeridad de atributos a las obras de sus interlocutores.
Robert Saladrigas, Voces del “boom”,
Barcelona, Ediciones Alfabia, 2012.
