Nuestros idus de febrero y marzo

 

 

 

Con admiración y respeto a Sergio García Ramírez.

 

 

Jorge Carrillo Olea

Idus (latín, idus), palabra del antiguo calendario romano, por la que se denominaba el día 13 de ciertos meses. Eran fechas del destino. Un destino que hablaba, que se anunciaba. Eran fechas propiciatorias, advertían fatalidades o que anunciaban días determinantes. Así se advirtió a Julio César de su muerte (“cuídate de los idus de marzo”, según Shakespeare). Este febrero y marzo para el país y para el gobierno de Enrique Peña Nieto contendrán determinaciones, aclaraciones.

Como abreboca, se empieza, ya sucedió, conmemorando cien años del inicio de la Decena Trágica, el pasado 9 de febrero. El Ejército acostumbró apropiarse de esa fecha ante la indiferencia civil para ratificar su lealtad. Fue meritoriamente comprobada en aquel entonces por hijos del Colegio Militar. No hay lugar para el deshonor de las instituciones, por eso hay que castigar con fuego a quienes las traicionan, que son numerosos y están a la vista. Peligrosísimo sería una vez más el disimulo.

Continúa la andanza con el Día de la Bandera, el 24 de febrero. Seguirá el 5 de marzo, aniversario del PRI revuelto al poder y se espera que ese día se anuncien nuevas perspectivas para su propio ser. Finalizaremos con otro evento, el 18 de marzo, conmemoración del LXXV aniversario de la expropiación petrolera cuya esencia hoy se quiere enmendar con lo replanteado en la nueva Declaración de Principios del partido días antes y que se conecta inevitablemente al drama del 31 de enero. El presidente necesitaría asumirse como un Lázaro Cárdenas para pretender su visión, sin embargo, es posible que él mismo, después de 75 años, aceptaría que algo habría que retocar, pero con grandeza.

De esta forma estamos viviendo ya los más que intencionados discursos, cargados de fuego retórico, de ésos que anuncian con trompetas su vacuidad, pero así nos gusta. Lo que decimos en ellos nadie piensa que debiera ser cierto, ni que sea una proposición intencionada, seria. Vivimos días de anuncios de cambios cósmicos, de transformaciones fundamentales y que poco o nada tendrán de reales pues no pasará nada.

Al final nadie supondría que algo sucediera. Son nuestros códigos de entendimiento. Después, cuando venga el remolino de los intereses, la voracidad política, pública, privada, cuando la corrupción y la impunidad acaben de acabar con lo único que debiera ser inacabable: la Esperanza, quedaremos exactamente igual: el país convertido en atole.

Por un lado, proclamas de lealtad a la patria eterna, aunque nos vendamos a los norteamericanos o al crimen. Salmos y autoelegías de lirismos increíbles ya en el siglo XXI. Loas a los dogmas que se han proclamado intocables por décadas y desbaratado por plazos iguales. Laudatorios pronunciamientos por lo que se pudrió. ¿Y entonces, cómo sintetizar esta saga de dichos, actos y eventos de estos idus? ¿Cómo hacerla mínimamente congruente con sus ya adivinados resultados?

Siendo tan artificial esta cadena de dichos y hechos, para entenderla, tan vacía en su ñoñez, y en este momento tan demandante de compromisos, sí la quisiéramos distinta. Por ello no habría más que voltear la angustiada cara hacia al presidente Peña Nieto. Para el gobernado, el gobernante es el imán de su destino, por eso desea que la primera percepción sobre su gestión sea la de confiabilidad. El primer deber que le es exigible es desarrollar la fortaleza de su mandato irradiando una seguridad larga, generosa y una gran eficacia en su función.

Con esta sensación el pueblo se destensa, se relaja, confía y compromete su solidaridad. Sólo él, el presidente Peña Nieto, puede; sólo a él le está dado cambiar la historia matando a los jilgueros y encontrando bizarros paladines. ¿Qué esperar de estos premonitorios anticipos, que esperar del final de estos idus?

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…Suspensivos. Habría que decirle a Luis Carlos Ugalde que hay varios tipos de opacidad, y que García Ramírez no padece ninguno, como aseguró; todo lo contario. Decirle que él, con su protagonismo, intenta acallar sus demonios internos. García Ramírez, a pesar de los ladridos, ha sido y es un gran señor.

hienca@prodigy.net.mx