García Ramírez y Benedicto XVI
Obdulio Ávila Mayo
La vida es el resultado de una cadena de decisiones personales. Aun cuando algunas personas tienen un universo de opciones más variado que otras o existan individuos que puedan encontrar mayores obstáculos por condiciones económicas o sociales que se perciban adversas, finalmente es una decisión, una resolución individual la que define el camino por el cual continua el viaje, son resoluciones personales con las que se enfrentan los retos y se traza el destino.
Dos renuncias se anunciaron en los medios de comunicación, una más sorpresiva que la otra, las dos polémicas y generadoras de debate, ambas con trascendencia aunque cada una de manera distinta, en diferentes planos y alcances que tal vez no puedan compararse; sin embargo las dos resultan materia seria de análisis.
El consejero electoral Sergio García Ramírez comunicó su renuncia mediante una misiva dirigida al consejero presidente, Leonardo Valdés Zurita, y después la confirmó ante el pleno del IFE. El argumento con el que renunció al cargo se centró en la conclusión de un ciclo previamente establecido y acordado desde un principio.
Las decisiones y el derecho a optar deben respetarse, pero ¿puede alguien comprometerse con la democracia y considerar que se ha cumplido ante los ciudadanos cuando la única batalla que se ha enfrentado no ha sido considerando el interés general? Aceptar una encomienda de manera condicionada y anteponiendo tiempos o proyectos personales no parece congruente con la tarea aceptada. Probablemente es completamente cierto que el caso Monex no le representaba un conflicto de intereses al exconsejero García Ramírez, pero tal parece que sus intereses le causaron conflicto para asumir la responsabilidad dentro del IFE.
La segunda renuncia es la del todavía papa, Benedicto XVI. El lunes 11 de febrero desde muy temprano comenzó a circular en el continente americano la noticia que el amanecer anticipado ya había adelantado a la población, católica y no católica de la otra parte del mundo, Karl Joseph Aloysius Ratzinger había anunciado su dimisión. El papado número 265 concluye porque, quien en abril de 2005 fue calificado papa de transición, después del fallecimiento del papa Juan Pablo II, ha manifestado que físicamente carece de la fuerza para concluir su labor al frente de la Iglesia católica.
La humildad caracteriza y distingue esta decisión de la señalada al mencionar el caso del IFE. En el pontificado se espera la renuncia a todo excepto a la encomienda, se exige dedicarse en cuerpo y alma y se cumplió con el requisito hasta que la conciencia de Benedicto XVI le indicó que la edad había minado la potencia de sus facultades físicas. Después de casi ocho años al frente y décadas acompañando el andar del papa peregrino la decisión fue tomada.
Ambos ejemplos nos muestran que la continuidad y fortaleza no dependen sólo de un hombre sino de los actos de fe, de esfuerzo y perseverancia de un conjunto de personas, creyentes de la democracia o de una religión. Conservando el respeto a ambas instituciones y dando a cada una su lugar propio, es momento de cuestionarnos no sobre las reflexiones o resoluciones de otros sino de las propias, de la fuerza y el compromiso que tenemos para colaborar como sociedad en la consolidación de lo que creemos.
