Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)

Ester Hernández Palacios, Doctora en Letras Modernas por la Universidad Iberoa­mericana, en su libro México 2010. Diario de una madre mutilada (Premio Bellas Artes de Testimonio “Carlos Montemayor”), en forma de diario, deja el registro de diferentes etapas posterior al episodio en que asesinan a su hija: el enfrentamiento con la realidad, el dolor que le provoca lo sucedido, la poca fe en la justicia, la rabia ante la situación, la desesperanza que le deja el caos, la locura que le acaricia la mirada para, finalmente, abrigarse en sus otras dos hijas y nietos, y tener así, recobrar, la esperanza, la esperanza que da paz. Precisamente nos dice la autora de varios volúmenes de literatura infantil que el significado en griego del nombre de Irene, su hija, es Paz. “Me quedo esa paz y con las palabras de mi nieto: ‘nosotros te vamos a coser, te vamos a curar’. Y sí lo creo, hay esperanza”.

—La vida me dio la terrible oportunidad de escribir este libro. Y lo construyo sin suponer siquiera que tomaría forma de libro. A partir de que me entero del secuestro del marido de mi hija y que ella está en el Seguro Social, cambia mi vida totalmente. Sin embargo, contra todo, el libro es esperanzador. Quiero pensar que el país puede cambiar. Tenemos que hacerlo entre todos, y los más abocados a eso somos los que hemos sido tocados por la desgracia, por eso estoy en el Colectivo por la Paz con Justicia y Dignidad por Xalapa, que es una sección del Movimiento que encabeza el poeta Javier Sicilia.
—Su libro nos deja ver símbolos…
—Por supuesto. Desde hace muchos años doy la clase de Mitos y Cosmogonías, y mis últimas investigaciones, sobre todo a partir de que hice un análisis en la poesía de Enriqueta Ochoa, me han llevado a esta parte: lecturas junguianas…, y cada vez estoy más convencida que el lenguaje poético es un receptáculo de símbolos culturales desde el origen de la cultura. También te habrás dado cuenta que no es un libro religioso, no soy religiosa a pesar de que así me educaron, yo creo en el arte, principalmente en la poesía; creo en nosotros mismos, en lo que nos trasciende.
—Irene, su hija, regala a una de sus amigas un arbolito bonsái, algo que también puede verse como un símbolo.
—Ab-so-lu-ta-men-te todo en el libro es cierto, no hay nada de ficción. Por eso es un libro tan sobrecogedor, además de que está escrito con la entraña —independientemente de la representación a la realidad—, aquí todo es verdadero. Relato la visita que hacen las amigas de mi hija y una de ellas cuenta que recibió como regalo de cumpleaños un bonsái. Esto sucedió un día antes de su asesinato. A todo eso yo solamente le doy forma literaria a lo que escuché y viví. Mi hija, siendo bastante frivolona, regaló un bonsái, algo sumamente extraño en ella. A la amiga también le sorprendió porque mi hija regalaba aretes, mascadas o bolsas, porque así era su estilo. Irene regaló algo que tiene vida, que es de un simbolismo muy marcado.
—En varias páginas se menciona, o se siente, la caricia de la locura…
—Cuando el dolor es tan fuerte, se siente la locura. Se siente que se acerca uno a perder la razón, el sentido, el orden, la línea de conducta. Es un temor y un peligro que me entenderán los que han padecido —que son miles— lo mismo que yo. Y ahora, gracias al Colectivo por la Paz…, he podido conocer y querer vivir pues he conocido las madres que han perdido un hijo y a otras, quizá peor aún, a las madres que no tienen dónde llorar porque no saben si está vivo o muerto su hijo. También ahí es hablar de locura porque se pierde el piso, la línea divisoria entre la vida y la muerte. También es importante mencionar que a ellas no las conocía cuando escribí el libro, todo esto es un reflexión posterior.
No busco justicia para mí porque lo único que podría sanarme o resarcirme sería que mi hija volviera a vivir y eso es imposible. Lo que quiero es gritar y el tono es en canto, en lamento. Se trata de que la palabra sobreviva al horror, no para mitigarlo, sino para vencerlo.