Mary Carmen Sánchez Ambriz

Además de su experiencia como narrador, Daniel Sada también era poeta. En esta vertiente publicó El amor es cobrizo (2005). Mientras que su prosa se aleja de alejandrinos y los octosílabos —abre sus alas y despega hacia un cielo inmaterial legendario—, no ocurre lo mismo con sus versos. La progresión barroca, la arquitectura de simetrías, parábolas y desdoblamientos se inscriben en el oído interior: marcan la pauta de un ritmo ceñido a la métrica.
Acaso cada poema es un espejo donde al asomarse el escritor se desdobla en otra cosa: a veces una sinuosa carretera, a veces un paraje desértico, a veces la decepción de Dios. Hay vestigios de un diario, la agenda cotidiana de una voz que espía el mundo para contar sus defectos y virtudes.
Con motivo del sesenta aniversario que estaría cumpliendo Daniel Sada este 25 de febrero de 2013, se rescatan aquí algunas de sus reflexiones.

—¿La poesía surge de los momentos de reflexión o silencio que el novelista debe permitirse en algún instante de su vida?
—En mi caso tanto la narrativa como la poesía parten de la misma premisa, sólo que sus derroteros son distintos. Los silencios o las reflexiones son inmanentes a un mismo principio estético.
Confiesa Daniel Sada que la narrativa no le quita tiempo a la poesía y que, vertidas en su escritura, son un complemento. “Se trata de vasos comunicantes, en donde el trasiego está hecho de la misma mezcla”, señala. En cierta forma, se lanza al ruedo con firmeza, en un mundo preñado por lo anecdótico: sus figuras tutelares van de Dante a Shakespeare, de Ovidio a Virgilio, de Góngora a Quevedo, de Lope a López Velarde, de los poetas franceses del siglo XIX a los Contemporáneos.
En la contraportada se afirma que su escritura es deudora de poetas como Góngora y Quevedo, a quienes reconoce como artífices supremos; sin embargo, el propio Sada añadiría otros nombres: “Lope, Calderón y Garcilaso, simplemente porque son los puntos nodales de la lengua en la que escribo”.

Del cuento a la poesía
El autor aclara que muchos de los poemas incluidos en El amor es cobrizo, fueron en un primer momento cuentos. “De modo que para desarrollarlos recurrí a elementos simbólicos o metafóricos a cabalidad. Fue una forma de esquivar la narración abierta y declarada”, comenta.
—¿Cómo se siente más cómodo al escribir poesía con métrica o en verso libre?
—Siempre hago trampa. Escribo la prosa con métrica porque no lo puedo evitar. En mis últimas dos novelas he disuadido, en lo que cabe, la métrica, para alcanzar tonalidades prosísticas; además de una buena dosis de desenfado que yo sentía me estaba haciendo falta. Y en cuanto a la poesía no creo en el verso libre, sobre todo si se quiere aspirar a un mínimo síntoma de canto y si se considera que la poesía es el arte por excelencia en materia literaria. Que algún poeta eluda, por sistema, el ritmo, me merece el más grande de los respetos, pero esa osadía está muy fuera de mis tentativas.
Sada se alejó del octosílabo en la prosa por lo que llama “sanidad mental”. Distingue: “Es una suerte de desconfianza en mi propio sistema de escritura. Una justificación para revitalizarme de continuo”.
—En este poemario hay un verso que dice: “Carajo!/ La lírica cansa/ Aunque está por ahí…”. La lírica siempre ha estado en su vida, ¿su escritura no habría sido la misma sin ella?
—Eso de que “la lírica cansa” lo tomé de T.S. Eliot, que además afirma que si un poeta quiere explorar y desde luego escribir poesía durante toda su vida, debe sospechar a contracorriente de su inercia lírica. La poesía, según él —y en lo que estoy totalmente de acuerdo—, también se compone de ideas que no inciden de manera categórica en las emociones y más aún en la crasa sensibilidad. Podemos poetizar sin recalar en nuestros afectos. Ahora bien, si el humor es un afecto, e incluso el odio o el fastidio, yo pretendo incorporarlos sin menoscabo. En el futuro me gustaría escribir poemas fundamentados en el odio o en las más insanas veleidades.
Al preguntarle sobre vanguardias y experimentos que otros poetas se toman la licencia de frecuentar, Sada se muestra categórico: “Sospecho casi siempre de todo lo que implique un tufo vanguardista, y no es que desdeñe las vanguardias, pero sí cuando se postulan como negación flagrante de una tradición. Las vanguardias deben enriquecer el arte poético, más que desestructurar o desmontar toda la riqueza que ha alimentado a la lírica durante siglos. En sentido estricto aristotélico, la poesía es más añeja que nuestros lenguajes”.
—Borges acostumbraba decir que se publica para no pasar la vida corrigiendo borradores. Si la publicación es parte del destino de un escritor, ¿a quién se destina la poesía?
—En mi opinión la poesía no debería ser tan excepcional, ni tampoco los poetas. Creo que por el hecho de que los poetas se sientan seres de otro mundo, va contra ellos. Es una forma de aislamiento, me atrevo a decir, neurótico, que los convierte en entes intocables y, lo peor, siempre incomprendidos. Ganaría mucho la poesía si tuviese un permanente contagio social, como lo tiene gran parte de los narradores, y que de ningún modo es degradante. Borges también decía: “Nada de lo humano me es ajeno”.
—Los corridos y otras canciones populares han sido incorporados a su escritura. ¿Qué tan importante es la canción popular en este poemario?
—Me cuesta trabajo despreciar de antemano ciertas fuerzas espontáneas que devienen de la lírica. La canción popular es parte medular de nuestra historia mexicana y, por supuesto, de nuestro idioma. Sin embargo, lo popular no constituye un afán absoluto o incluso dictatorial, pero sí una fuerza con múltiples inducias y significados.

Dios no es poeta
—En uno de sus versos se lee: “La lírica es anecdótica, aunque no lo quisiera ser”. ¿Esto, de algún modo, cancela la imaginación en la poesía?
—Lo anecdótico también es fruto de la imaginación, o en todo caso es su acomodo final.
—¿En qué momentos Daniel Sada, el narrador, recurre al poeta? ¿Para dar explicaciones sobre la esencia de Dios, por ejemplo?
—En el poema “Argumentum ad rem” me baso en una reflexión de Plinio el viejo, él advierte que Dios es más limitado que los hombres, sea porque es eterno, o sea porque no puede jamás de dejar de ser Dios, o porque en ningún momento puede abandonar sus poderes. Además, Dios no es poeta, y si lo fuese sería una lástima.
—¿Considera que el poema “La carretera” define su relación con la escritura?
—Sí, creo que ahí está cifrado todo mi cometido escritural.
—Si el amor es cobrizo, ¿de qué color es el desamor?
—Es de color blanco, porque es la inanidad. La blancura es la antípoda del recuerdo y, por lo tanto, no supone ningún tipo de nostalgia.