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René Anaya
La asombrosa coincidencia del impacto de restos de un meteorito en la ciudad rusa de Chebarkul, en la región de los Montes Urales, y el paso de un asteroide a 27 mil 800 kilómetros de distancia de la Tierra, causaron expectación y cierto temor entre la población y un mayor interés entre los científicos.
El paso del asteroide 2012 DA 14 cerca de nuestro planeta ocurrió como lo habían pronosticado los astrónomos: sin ninguna afectación, aunque pasó más cerca de la Tierra de lo que se encuentran muchos satélites artificiales. Lo imprevisto fueron las rocas de fuego sobre Chebarkul.
Una amenaza latente
Hacia las 9:20, hora local, los habitantes de Chebarkul fueron sorprendidos por un gran estruendo, un temblor de tierra y una lluvia de fragmentos incandescentes, que causaron la rotura de vidrios, pánico y lesiones a más de un millar de personas por la onda expansiva que causó.
Según la NASA, se trató de un meteorito de cerca de diez mil toneladas de peso, con un diámetro de 17 metros, antes de entrar a la atmósfera, a donde llegó a 18 kilómetros por segundo y en 32 segundos se desintegró, pero pequeños fragmentos llegaron al suelo.
La caída de meteoritos en la Tierra no es un fenómeno extraordinario, se estima que en promedio un objeto del tamaño de un coche entra a la atmósfera por lo menos una vez al año. Lo poco frecuente es que caiga en una zona muy poblada, como sucedió lamentablemente en esta ocasión, el 75 por ciento cae en el mar.
Los amantes de las estadísticas calculan que el ser humano tiene una probabilidad en 40 mil de fallecer víctima del impacto de un Objeto cercano a la Tierra (NEO, por sus siglas en inglés). Se considera que cada dos mil años un objeto del tamaño de una cancha de futbol impactará con el planeta, como sucedió en 1908 en la región siberiana de Tunguska, Rusia, que devastó una superficie de 2 mil 200 kilómetros y arrasó con más de 80 mil árboles. Cada pocos millones de años, un meteorito de varios kilómetros de diámetro chocará con la Tierra y provocará desastres planetarios, como el de Chicxulub, de 10 kilómetros de diámetro, que extinguió a los dinosaurios.
Para nuestra tranquilidad, el profesor Alan Harris, del Instituto de Investigación Planetaria (IIP) de la Agencia Espacial Alemana, ha señalado que “las últimas estimaciones indican que probablemente ya hemos detectado un poco más de 90 por ciento de los monstruos que deambulan en el espacio, y ninguno parece que nos vaya a golpear”. Sin embargo, datos del telescopio Wise de la NASA sugieren que muchos de los 19 mil 500 NEO de 100 a 1 000 metros de diámetro todavía no han sido identificados ni rastreados.
La defensa contra los meteoritos
A pesar de que las probabilidades de que un NEO impacte con la Tierra son escasas, se ha creado el proyecto internacional NEOShield (escudo para objetos cercanos a la Tierra), que propondrá formas de defender a nuestro planeta del impacto de un meteorito. Se han planteado cuatro mecanismos de defensa:
La bomba nuclear. Es la técnica más estudiada por los estadounidenses, que consiste en colocar una bomba nuclear en la superficie del asteroide y hacerla explotar, con la idea de que logre desviar su trayectoria. Esto puede traer graves consecuencias: una, que falle el cohete y estalle la bomba en nuestra atmósfera y otra, que la fragmentación del asteroide en grandes pedazos ocasione una lluvia de fuego más peligrosa.
El impactante cinético. Sería muy semejante a la misión Deep Impact de la NASA, que en 2005 lanzó un objeto de la sonda al cometa 9P/Tempel 1; también es similar a la misión Don Quijote, de Europa, que se diseñó pero nunca se realizó. Consiste en lanzar un satélite contra el asteroide, para que lo haga cambiar de velocidad muy ligeramente y modifique su trayectoria. Esto podría ser más seguro que la bomba nuclear.
El tractor de gravedad. Se trata de colocar una nave cerca del asteroide, con unos propulsores de iones que los mantenga separados. Teóricamente, debido a la atracción gravitatoria entre ambos, se podría sacar al asteroide de su trayectoria, usando la gravedad como un cable de remolque. Pero el propio Alan Harris ha reconocido: “No es fácil, para tener esos propulsores todavía debemos seguir trabajando por lo menos una década más”.
Lo importante es que se están proponiendo proyectos que podrían considerarse de ficción científica, pero que en realidad serán factibles en la medida en que se siga avanzando en la tecnología espacial. Entre tanto, siempre es recomendable mirar al cielo de vez en cuando.
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