Hay que aguantarse
Jorge Carrillo Olea
¿Cuántas emociones abriga el hombre o es capaz de generar? O lo que es realmente difícil, ¿cuántas sabe canalizar y expresar correctamente o cuántas sabe controlar y cuántas lo rebasan?
Difícil intentar la factura de un catálogo pero valdría intentar la identificación de simpatía, enojo, triunfo, estima, admiración, deseo, gozo, odio, antipatía, repugnancia, fastidio, aversión, fracaso, tristeza, esperanza, desesperación, temor, audacia, ira, paciencia y seguramente muchos más. Pero, ¿a qué viene este juego filológico?
Pues pretende encontrar un cauce para la acumulación de muchas de esas emociones que se disparan ante la fatuidad, acartonamiento, cesarismo e imprudencia de la comunicación presidencial. Igual trata de tapar el resbalón de que aún llorando el luto que él decretó, el presidente se va a la playa. O bien el domingo 17 sus creativos de comunicación lo muestran ostensiblemente en un carro de golf en el proletario Club Campestre de Mérida. Salva la imagen la nota de que jugó con Gamboa y se revela que es un gran jugador.
Llegó allá procedente de Cozumel en su helicóptero Eurocopter AS 332. El aparato había volado vacío desde la ciudad de México por aproximadamente siete horas, más el regreso, sería un total de 14 horas a costos no elevados sino elevadísimos. ¿Alguien le habrá dicho al presidente que los helicópteros no son para esos estirados tramos dados el enorme y costosísimo consumo y desgaste que experimentan? Pero sus aids no paran en gastos, nunca alertan sobre nada, simplemente dan gusto al señor.
No es envidia por supuesto lo que angustia a la gente, es un desconcierto que como caleidoscopio pronto cambiará o está cambiando a ira, y eso es muy peligroso. Quizás el presidente, haciendo caso a Vicente Fox, no lea los periódicos o tal vez, otra vez, sus aids no dejan que en los actos abiertos, siempre relativamente, se acerquen a él los incómodos y le griten algo. Tal vez sus analistas e informantes no lo alerten de cómo se está calentando el ánimo social, tal vez muchas cosas, pero tampoco una última: el semáforo social está cambiando de verde a amarillo.
Nadie desea ni le apuesta a esta situación, seguro que ni la oposición, nadie quiere el mal común, tergiversando a un lema panista. Nadie quiere en la angustiada piel social, que Enrique Peña Nieto pierda, como es evidente que está perdiendo su nivel de aprobación. Tiene sólo un 50% de aceptación según encuesta de El Universal de sus napoleónicos 100 días. Para tanta belleza con la que se comporta, resulta muy preocupante. Sólo Ernesto Zedillo ha estado más bajo y eso que encaraba la crisis financiera del siglo, el error de diciembre.
Nada aportan sus repetitivos escenarios, menos los cotidianos discursos que a la menor provocación nos suelta. Se podría calcular el tiempo, si no pedido, sí mal invertido que gasta a diario por ser el presidente itinerante que prometió. Bien, fue rollo preliminar, pero ahora nada lo justifica. Cuatro o seis horas diarias de viaje que se desvanecen en la agenda del verdadero deber hacer presidencial.
La impaciencia hoy es el signo, carburada por la inseguridad, la insuficiencia de satisfactores, lo ineficiente de todo pero, y quizá más, la prevalente corrupción en lo que ya es su tiempo, la impunidad que acreditan su tío Montiel, Moreira, García Luna, funcionarios de Pemex, etc. y el empleado menor con que a diario tropieza la gente, al que hay que aguantar porque no hay nada que hacer en pro de la defensa popular.
Así que los indicadores que seguramente le van marcando el camino a Peña Nieto, ¿le estarán funcionando? Será que sí, y lo más desconcertante, tal vez crea que está haciendo su mejor esfuerzo.
hienca@prodigy.net.mx
