Costo político
Alonso Ruiz Belmont
La separación de Andrés Manuel López Obrador del PRD para fundar su propio partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), conlleva un peligroso desmoronamiento para la izquierda perredista que a costa de grandes dificultades logró mantenerse unida como partido durante más de dos décadas. La aparición de Morena inevitablemente contribuirá a dividir el voto por la izquierda, fortaleciendo así al PRI y al PAN.
Las declaraciones del tabasqueño hechas el pasado 7 de febrero planteando que la participación del PRD en el llamado Pacto por México convertía a Morena en la única oposición real ante el tricolor y el blanquiazul, podrían confirmar que en el interior del antiguo proyecto electoral neocardenista se debaten ahora dos corrientes antagónicas: una evidentemente caudillista, con tendencias populistas y aislada en los referentes de un nacionalismo trasnochado. La otra opción parecería tener una vocación más plural, probablemente cerca de los cánones socialdemócratas y podría llegar a verse influida por la llegada de liderazgos políticos emergentes como los de Miguel Ángel Mancera o el exrector Juan Ramón de la Fuente, por mencionar sólo dos nombres.
Si bien la izquierda o, mejor dicho, las izquierdas existen definitivamente en nuestro país desde el punto de vista ideológico y como un proyecto en construcción, observamos desde hace tiempo el costo político que representa para la sociedad la inoperancia del faccionalismo característico de las llamadas corrientes que han formado parte del partido del sol azteca (opciones políticas alternas de corte centrista y plural como Democracia Social y Alternativa Socialdemócrata no tuvieron eco entre el electorado nacional). Al mismo tiempo, partidos como Convergencia, Movimiento Ciudadano y el Partido del Trabajo no representan nada nuevo para los referentes a e como unsiciòideológicos de una izquierda en descomposición.
Para superar este escenario y constituirse como opción de poder moderna y cercana a las reivindicaciones de causas sociales tradicionalmente representadas por la izquierda centrista en el mundo, como el feminismo, la defensa del Estado laico, la diversidad sexual y la lucha contra toda forma de discriminación, es indispensable que los sectores progresistas en México lleven el debate del combate a la pobreza y la redistribución del ingreso del terreno de la discusión al del diseño de las políticas públicas, haciendo énfasis en la inevitabilidad del diálogo y la negociación permanente con otros actores sociales.
Asimismo, es necesario que todos aquéllos comprometidos con la defensa de la igualdad material tiendan ya puentes de contacto con los elementos revolucionarios de la herencia cultural ilustrada, como la defensa de la dignidad ciudadana, la tolerancia política y el disenso, e incorporarlos como elementos insustituibles de cualquier orden democrático progresista.
