Patricia Gutiérrez-Otero
(Segunda y última parte)

A muchos católicos la dimisión de Benedicto XVI les causó perplejidad y hasta rechazo. Se preguntan: ¿cómo pudo tirar la toalla?, ¿no le acompaña el Espíritu Santo? Pienso que se trata de personas que han atribuido al sucesor de Pedro, el pescador, capacidades divinas o casi, olvidando que durante la milenaria historia de la Iglesia Católica han existido Supremos Pontífices capaces de cometer crímenes tan graves como los del diabólico Marcial Maciel.
La Iglesia corre con las ventajas y los riesgos de toda institución: mantener un legado precioso, o corromperse, o ambas cosas. De ahí el nombre temible que algunos Padres Fundadores de la Iglesia (del siglo II al siglo V, aproximadamente) le dieron a la misma: Casta Meretrix (casta por su fundador, puta por la pobreza espiritual de muchos de sus miembros), esa misma castidad conservada por el Espíritu que sopla por donde quiere es el porqué de pensar que esta institución puede reformarse continuamente, tarea que con una bella ingenuidad el tan querido Juan XXIII se dio a emprender con el Concilio Vaticano.
Por ello no puedo entender la crítica de Juan José Tamayo a Ratzinger-Benedicto XVI:
“… Creo que, ni cuando estaba al frente de la Congregación ni cuando ha ejercido como Sumo Pontífice, ha sido capaz de separar la cizaña del trigo. Y, ¿qué ha sucedido? Que la cizaña no ha dejado crecer el trigo, y en el Vaticano hay más cizaña que trigo. Al final, se le han acumulado todos los problemas que no resolvió a tiempo y se ha visto obligado a dimitir. Decisión a elogiar, pero siempre que antes hubiera limpiado el Vaticano”.
Quizás el teólogo olvida que en los Evangelios se pide dejar crecer juntos la cizaña y el trigo, y que, además, es imposible para un hombre eliminar la cizaña en una institución gravemente enferma y sin contar con los recursos necesarios para hacerlo: ni juventud, ni capacidad de adaptación, ni el apoyo de muchos católicos a los que, simplemente, “no les cae bien”. Inteligencia y una excelente formación sí, pero quizá ya no adecuada a estos tiempos que piden un regreso fuerte a las raíces y una apertura al hoy; además, una humildad inmensa para que por sí misma la cizaña salga cuando ya no haya huesos que roer al interior. Habría que releer sobre lo que Karl Rahner escribió sobre una “Iglesia pobre y servidora”.
Para el actual modelo de Iglesia es un gran riesgo perder el poder temporal que adquirió y supo guardar desde el siglo IV y que le brindó la capacidad de extenderse prácticamente por todo el mundo; de que el Imperio impusiera un calendario basado en la fecha que creyó fue la del nacimiento de Jesús, hijo de José; que en sus mejores momentos haya sido un faro intelectual y ético (quien lo niegue no conoce la historia de la filosofía y teología católicas); que haya formado personas de una entrega total y amorosa. El mismo “fundador” del cristianismo previó este riesgo al decir “es posible que cuando yo regrese ya no halla fe en el mundo”. Sí, es un gran riesgo, pero inevitable y que pedirá que los católicos muestren una mayor confianza en sí mismos y en el Dios único, y menos en sus representantes para abrir otras posibilidades de una Iglesia no monolítica. Mis respetos a Benedicto XVI por atreverse a dimitir al no sentir la capacidad para enfrentar los nuevos tiempos. Que la bondad y la inteligencia triunfen en el conclave y no la miseria humana.