César Arístides
Poeta del amor, de la condición humana y la reflexión existencial, arrebatado y enjundioso, sensual hasta el temblor y meditabundo hasta la explosión de los sentidos, Vicente Aleixandre es creador de una obra lírica avasallante y necesaria, de grandiosas imágenes que atienden con la misma destreza y vértigo la culminación erótica, y la muerte implacable.
Autor de títulos supremos en la poesía castellana, Espadas como labios, Poemas de la consumación, La destrucción o el amor, este Premio Nobel de la literatura es, además, creador de una de las composiciones más bellas sobre la escuela y su contexto, sobre la añoranza de los días de enseñanza: “La clase”. Sin abandonar su elocuencia y su vitalidad lírica, Aleixandre comparte una estampa nostálgica donde la ternura y el recuerdo se enlazan para hablar de los niños y su profesor, de la rutina escolar y el retrato gris de la niñez: “Como un niño que en la tarde brumosa va diciendo su lección y se duerme./ Y allí sobre el magno pupitre está el mudo profesor que no escucha,/ y ha entrado en la última hora un vapor leve, porfiado,/ pronto espesísimo, y ha ido envolviéndolos a todos./ Todos blandos, tranquilos, serenados, suspiradores,/ ah, cuán verdaderamente reconocibles”.
El poeta dibuja la fatiga y la ilusión, el entusiasmo de los niños tras los juegos, correrías y el risueño encuentro con la vida. En contraparte, ofrece el acomodo estudiantil en los pupitres tras la algarabía, el cansancio del maestro, emblema de los días gastados, del tiempo resuelto en llenar a los hombres de cicatrices. La intención del poeta es transmitir los días de colegio y su cotidianidad, el ambiente escolar, las horas de sueño cuando las energías se agotan, el presente tocado por la evocación: “Por la mañana han jugado,/ han quebrado, proyectado sus límites, sus ángulos, sus risas, sus imprecaciones, quizá sus lloros./ Y ahora una brisa inoíble, una bruma, un silencio, casi un beso, los une,/ los borra, los acaricia, suavísimamente los recompone./ Ahora son como son. Ahora puede reconocérseles./ Y todos en la clase se han ido adurmiendo./ Y se alza la voz todavía, porque la clase dormida se sobrevive./ Una borrosa voz sin destino, que se oye y que no se supiera ya de quién fuese”.
Poema cercano al hermoso “Recuerdo infantil” de Antonio Machado, donde la “monotonía de lluvia tras los cristales” enmarca el tedio y las lecciones, el salón de clases coronado por recortes en la pared y un profesor cansado, la belleza en ambas composiciones radica en el tono melancólico, la descripción perfecta de los días de rutina escolar y los elementos que componen el entorno: pupitres, un salón viejo, la agitación de los niños entre libros y cuadernos, el tiempo fijo en el presente: los niños; el pasado triste: el profesor. El poema es un sueño, el sueño del poeta que lo transporta al colegio, a los libros y juegos, el sueño son los niños que cansados de lecciones y juegos entran en milenaria duermevela, y el poema es el sueño, el sueño del profesor mientras sueña para hacer de la composición nostalgia y sueño frágil, memorable: “Y existe la bruma dulce, casi olorosa, embriagante,/ y todos tienen su cabeza sobre la blanda nube que los envuelve./ Y quizás un niño medio se despierta y entreabre los ojos,/ y mira y ve también el alto pupitre desdibujado/ y sobre él el bulto grueso, casi de trapo, dormido, caído,/ del abolido profesor que allí sueña”.
Tema dictado por la evocación, la amargura infantil o el regocijo por las travesuras, la escuela ha merecido bellas divagaciones de poetas ansiosos de revelar sus recuerdos, sus pasiones afectivas o el pesar que las aulas, lecciones y libros dejaron en la vida. “La clase” se eleva como un poema hermoso sobre aquellos días de ideales y aprendizaje, un retrato que mezcla tonos encendidos y opacos, Vicente Aleixandre, quien muchos años pasó enfermo y en reposo, aun en estos versos de añoranza no pierde exuberancia en su lírica para revelar, aprehendida la penuria y la alegría, el encanto de la escuela y su huella indeleble.

