Alejandro Alvarado
Los libros anteriores de Emiliano Monge son respuestas a un trabajo lírico sobre la forma, quizás en los cuentos menos que en la novela, pero él había tratado de escribir una novela sin historia en donde su única virtud fuera la falta de acción. En El cielo árido (Mondadori) Premio Jean de Novela XXVIII el trabajo es muy complejo con respecto a la forma, a la arquitectura y al manejo del lenguaje. Con ello consiguió una novela con una historia muy clara, que sin embargo está llena de trampas y de juegos. Comenta Emiliano, que cuando decidió escribir esta novela, se propuso también, por un lado, escribir una historia de largo aliento para poder jugar con el tiempo; por otro lado, que dé una respuesta a su preocupación con la temática de la violencia y rastrear los hilos de dicha violencia en el siglo XX mexicano.
—Pareciera haber una intención poética en su novela por el lenguaje metafórico que utiliza en ella…
—Cuando trabajo me ocupo mucho del fraseo, trabajo frase por frase, voy leyendo en voz alta y, simultáneamente, trabajando, a veces sólo cambio una palabra. Si yo pudiera medir la novela y luego irla dividiendo, los párrafos son muy parecidos y hay unos enunciados más largos que otros, pero siempre con una dimensión muy clara, buscando una especie de musicalidad o de repetición o entrar en una especie de trance de la lectura. Eso me interesa mucho. Por ejemplo, no podría entender que me cambiaran una palabra y que a causa de ello me viera obligado después a cambiar veinte o treinta de ellas en el párrafo; porque una palabra modifica todo el ritmo de éste o todo su color o su tono. Tengo la historia en la cabeza y su importancia está en la imaginación o en la ficción en general, pero, ya después, en el trabajo de la escritura es éste un trabajo mucho más artesanal, como que desaparece la historia y lo que me interesa es cómo voy a contarla, me concentro en las palabras y las inflexiones de éstas, en los rebotes que pueden dar. Es un trabajo que intento lograr con gran precisión. Me parece que el lenguaje, además, es un trabajo plástico. Como mi padre es escultor, no sé si esto responde, pero estuve toda la vida metido en el proceso de la pintura y de la escultura, muy cerca de los procesos que se relacionan con la plástica. Siempre me pareció que el lenguaje podía ser una materia que se trabajase de manera plástica. Yo procuro relacionarme con el lenguaje más como un elemento que como un sistema comunicativo. Si lo pensara como un sistema comunicativo su intensión primordial sería llevar el mensaje, trasladarlo. Si lo pensáramos de una manera más plástica tendría un principio estético donde el mensaje podría estar, digamos, en segundo lugar y la aceptación pudiera quedar en primero. Esto es mucho de lo que hacen las vanguardias de la poesía o que hicieron mucho. Yo siempre he pensado que el silencio es una palabra, aunque es una palabra más lenta, y así es como trato de relacionarme con el lenguaje y con la construcción de una novela.
—El lenguaje de su novela además de artesanal posee un ritmo muy emotivo. ¿La intención es innovar en la construcción, crear la historia de una forma distinta a las que generalmente se utiliza al escribir?
—No. Me entiendo parte de una tradición. Me gusta mucho la literatura norteamericana; soy un lector voraz de ella; a diferencia de muchos escritores de mi generación, no tengo ningún problema con lo que había antes de mí cuando me puse a escribir. Reconozco claramente a aquellos escritores que con sus libros me han marcado; cuando uno asume esto entiende o trata de entender que la literatura ha seguido una evolución natural; por lo menos en el continente americano con Mooby Dick arranca la novela. Hay una evolución natural que sigue la novela, por lo menos en mi caso, aunque sea una locura, uno trata de hacer algo distinto, de reconocerse parte de eso, de tomarse todo lo que puede de ello. Es curioso pero en lo que a mí respecta, por lo menos, trato de asimilar todo lo que puedo de lo que leo y al mismo tiempo de olvidar todo lo que puedo de lo que he escrito, que de esto me quede lo menos posible para el siguiente libro; y creo que así condensado con lo de tener lo más posible de los demás, me veo empujando a tratar de encontrar nuevas formas de no contar una biografía en el sentido natural de una biografía sino atreverme a meter un poco mis ideas. Esta novela la traté de construir por instantes.
—El personaje de la novela Germán Alcántara Carnero es un hombre que representa a una Latinoamérica salvaje y violenta. Es un hombre propio de una época…
—Nace muy poco a poco. Primero, en la exposición de un amigo pintor conozco a una persona que quiere contarme la vida de su padre para que yo haga lo que quiera con ella. Esas cosas luego suceden y uno las deja pasar pero, curiosamente, con este hombre terminé charlando en un restaurante y lo que me cuenta no es la historia de Germán pero sí es una increíble, impresionante: la de un hombre que representaba muy claramente el lugar donde había vivido. Representar un sitio mediante una persona o una época junto con mi idea de buscar los tipos de violencia, me lleva a pensar en posibilidades de personajes, a imaginarme el lugar, y en ese momento nace de forma bastante natural este personaje. El nombre nace porque Germán en la tradición grecolatina es el que lucha y en otro es el que resiste. Me gusta por eso el nombre. Alcántara es de los pocos apellidos que no existen en el viejo mundo y de los pocos que aparecen en la Nueva España en la zona de Misiones. Dentro de las congregaciones de los curas y las monjas, poco a poco van imponiéndolo. Carnero es un apellido de estos que había de oficios y representa al carnicero. Todo eso junto habla mucho del personaje; es un poco el que defiende, el que ataca, el que resiste pero es un hombre hecho en su tierra, por su tierra y, de algún modo, también es presa del conflicto.

