Antonio Víctor García

A unos meses del fallecimiento de Giovanni Riva, recordamos entrañablemente a este hombre que fue padre en la Fe, maestro en la Caridad, amigo en la Esperanza, pero sirvan estas líneas para recordar hoy, también, al gran poeta.
Alguna vez escuché decir al propio Giovanni que, en la actualidad, en muchas partes, se tiene por incuestionable la ecuación Italia = Vaticano = Catolicismo, de donde italiano = católico es un prejuicio que molesta ser desmentido; el propio Fellini acomete la cuestión en su película Otto e mezzo. Lo cierto es que el lado religioso se encuentra presente en la cultura italiana como una tradición que solicita revisión continúa. De ello da cuenta el primer poema de E chiamarmi Giovanni:

El día que decidí
El día que decidí regresar
no recordaba ya el porqué de mi partida:
había pasado tanto tiempo.
Entonces pensé que era un otro,
que mis cabellos habían encanecido.
Creía que ya no estaba más en Ti.
Miraba en el espejo, a cada instante,
para verme el rostro.
Mi alma es violeta
por haber llorado tanto y
Tus brazos
abiertos
creen en mi regreso.1

El poema revive el relato del “hijo pródigo y nos remite a las cavilaciones de aquel hombre que, dejándolo todo, se fue a perseguir un sueño, ahora ya difuso en el tiempo, ya sin color. El hombre que buscaba su identidad y su realización en los sueños se despierta irreconocible para sí mismo: ¿es acaso la aventura del hombre del siglo XX abandonado de sentido? ¿Es acaso el joven Hamlet quien continúa asomándose en el disfraz de hijo pródigo? Es muy posible. Sin embargo, importa notar que hay una cuestión inquietante en el poema, un Tú, pero no es el tú de Montale; es un Tú fiel, que espera con los brazos abiertos, que no pide sino el corazón:
Tú a quien yo quise
Y será el octavo día,
cuando no tendremos ya palabras que decirnos.
Cuando se deshojarán
los libros de la infamia.

Tú pedirás, mirándome, un fardo
que no tendré: el amor.

Yo lo sé. Delante de mí
abrazarás —Tú a quien yo quise— mendigos,
borrachos y rameras.

El octavo día ya no habrá nada qué decir, se pedirá cuentas de lo mucho o poco que se haya amado, porque mucho se le perdona a quien mucho ama, dijo una vez Jesús. Ahora bien, a diferencia de quienes cantan la desilusión de la no realización (inevitable recordar la lapidaria sentencia de Sartre: “El hombre es el deseo de ser Dios fracasado por anticipado”), Riva canta la necesidad de que se realice: no da por hecho ni lo uno ni lo otro.
El poema “No será extraño” es un claro ejemplo de la posibilidad de realización o de fracaso, de la división interna, la realidad y el deseo la llamó Cernuda. Pero vista nuevamente en ese ir y venir en el tiempo. El final revela la unidad del hombre, pero ahora está la herida, la división: “Dentro de mí, el afán/ —que impone el silencio—/ divide en dos mi existir”. Efectivamente, para Riva el final de los tiempos revela la unidad del hombre, pero ahora está la herida, la división, la tensión dolorosa diría Javier Sicilia: “…Y, en efecto, constantemente el hombre se repite que el sentido de la existencia humana es la felicidad. No lo dudo. Pero la felicidad aquí en la Tierra no existe. Existen la paz de la conciencia y del espíritu, que la prefiguran. La vida, en realidad, es una tensión dolorosa, un sacrificio constante”.
Por otra parte, sin pretensiones de dar un salto de la poesía a la filosofía, tengo que decir que la poesía de Riva es una antropología realmente profunda, que no nace de libros, ideas o abstracciones; es una antropología que nace del vivir hasta sus últimas consecuencias el drama humano, como lo demuestra su poesía “Y llamarme Giovanni”:
Descendiendo despacio, en el silencio del asfalto,
hay mil cosas que no viajan
junto a mí. Que son verdaderas, esenciales. Con la brisa
ligera, por la ventana abierta,
me nacen sueños e imágenes
adentro. Y llamarme Giovanni es muy extraño.
Y tener un cuerpo,
una voz, un instinto
adentro
la vida de todas las cosas.

En otras palabras, hay en el hombre una apertura al infinito; en cada cosa alcanzada, como dice Montale, en S’è rifatta la calma, parece estar escrito più in là, más allá. Se trata de un vínculo con el misterio del infinito, vínculo que me indica mi destino y mi origen. Pero, ¿quién es ese Infinito? ¿Quién es este Alguien que puede colmar mi existencia? ¿Quién es este Ser infinito que fundamenta toda la realidad, incluido yo?
Decía Heidegger que “el ser habla únicamente en la poesía”. Claro que es una afirmación exagerada. Sin embargo, como afirma Mauricio Beuchot, “a veces la poesía nos hace decir más de lo que podemos decir a través de un discurso filosófico y directo. Muchas veces se siente más la presencia de Dios leyendo a un poeta místico que a un teólogo que nos habla con pretensiones de univocidad”. Pues bien, éste es el caso de Riva. No digo que sea un poeta místico, sino que en su poesía encontramos una frescura y pureza espirituales difíciles de superar.
Ya sólo quiero apuntar que para Riva, como para David Maria Turoldo, vivir la pregunta (que es profecía y promesa de respuesta) por el Misterio, es fundamental. Negar la pregunta tiene consecuencias inevitables. Por otra parte, no se puede negar lo que es evidente, porque “si existe esta ansia, existe Quien la ha puesto”, canta un poema de Antonio De Petro, probable pseudónimo de nuestro poeta:

Ustedes, muchachos, aprendan a no traicionar
la verdad que llama en el fondo del corazón.
No repitan ya el error de los padres,
ni el egoísmo ciego de las madres.
Verán que, negando la pregunta,
se debilita la razón humana;
las consecuencias son: la impotencia
civil y la insipiencia en los estudios,
además del amanerarse de las costumbres.
Lo que es evidente no se puede negar.
Es Dios que vive en el corazón de quien tiene veinte años,
con la evidencia de la realidad no vista:
si existe esta ansia, existe Quien la ha puesto.
Si existen estas tres personas asesinadas,
existe un asesino, una causa eficiente:
exige la evidencia una presencia.

La historia, que estamos por concluir,
desea, con coraje, salvarnos a todos
de los incesantes trompetistas
que, con su peligroso determinismo,
obstaculizan el uso de la libertad,
deseducada ya en los pupitres de la escuela.
Hay la respuesta. Está con la pregunta,
que es profecía y promesa de respuesta.
La ataraxia del hombre mira hacia otra parte,
está además quien niega que el problema exista
y está también quien quiere ponerse como respuesta.
Estas y otras tesis, veremos aquí.

Como podemos ver, no se trata de buscar respuestas lógicas a nuestra medida, respuestas a priori o fabricadas. Se trata de buscar el Misterio, no de resolverlo, no de construirnos un Misterio a nuestra medida. Hay una palabra que se podría definir el núcleo del ser de Giovanni y es la palabra amistad, que en él se volvió, con el tiempo, ágape, definición perfecta del Misterio. De hecho, una de las necesidades más grandes que tiene el hombre, por no decir la más, es la necesidad de amistad con los otros hombres. En el descubrimiento, a partir de mis necesidades, del misterio del origen y del destino, soy también conducido hacia el sentido de la sociabilidad. La necesidad de realizarme me une a los demás hombres. Es un reconocerse juntos que no es ficticio, que no es abstracto, que no está basado en datos sociológicos, etnológicos o históricos; es un reconocerse juntos que acontece con anterioridad ya que está fundado en el origen y en el destino común, en lo humano que está en todos:

No se ha entendido bien
La torre trepa por las nubes y se une
a la tierra y a las rocas, yo pienso
en tu edad, yo pienso en ti.

Yo me pregunto —decías— de qué sirve
aprender un oficio, si luego no nos dan
algo
en que apoyar —echar
raíces profundas— el trabajo y el sentido
exhaustivo
del vivir y también del tiempo
que queda o transcurre.

Si dos cañas, en la orilla
revestida, se doblan
hasta tocarse, yo pienso que ya es demasiado tarde
para decirte que crear amistad es un problema.
Cómo es difícil —dices— cómo es verdaderamente
difícil; no se puede decir o pensar
o ver más allá de la dureza de nuestra
desdicha de vivir cerca en el fango.

Pues bien —yo digo—, quizá
no se ha entendido bien el sentido de este alfabeto
acompasado de acentos vulgares y humillados
murmullos. La amistad es el sentido
—significado profundo—
de la vida y del llanto y del estar solos. Encontrarse
y caminar a casa, una sola
es la casa. Es profecía la amistad,
significado del origen común
de nosotros los vivos.

El último es un párrafo bellísimo que casi me da temor tocar, porque como dice un amigo: “Decir lo que dice una poesía no debería hacerse”. Así que lo mejor que puedo hacer es subrayar la palabra amistad, porque amistad para Riva es un encontrarse y caminar juntos hacia la casa, y una sola es la casa: el destino último, la realización total. Es profecía la amistad, significado del origen común de nosotros los vivos. Es un reconocerse juntos fundado en lo humano que está en todos.

1 Versiones de Carlos Ciade y Antonio Víctor García.