Ingenuo suponer que no iban a tocarla
Humberto Musacchio
Está cantado. El gobierno entrante necesitaba un chivo expiatorio para mostrar voluntad de cambio y ganas de combatir la corrupción. Elba Esther Gordillo Morales era la víctima propicia para el sacrificio ritual y lo que sorprende no es que haya caído en prisión, sino que fuera tan ingenua como para suponer que la administración priista la respetaría.
Elba Esther es un animal político y su muy desarrollado olfato debió oler la celada. Ella pudo negociar antes de las elecciones y hay varios indicios de que así lo hizo, entre otros, el que apareciera en algún templete con Enrique Peña Nieto y que recibiera elogios de éste.
Pero una lideresa con tantas horas de vuelo no podía confiar en los elogios ni en los abrazos. La política tiene la traición como un componente esencial, porque supone que la primera tarea de quien tiene el poder es conservarlo, lo que implica abandonar a los amigos si es conveniente y dar la espalda a los aliados siempre que es necesario.
La Maestra sabía todo eso y lo sabía muy bien. Lo practicó a lo largo de su carrera política y lo hizo sin tentarse el corazón, como debe hacerlo un líder verdadero. Perteneció o estuvo cerca de un grupo trotskista y cuando Carlos Jonguitud la llamó no dudó en abandonar sus devaneos izquierdizantes. Luego, cuando Carlos Salinas de Gortari, urgido de legitimidad, decidió sacrificar a Jonguitud, la antigua discípula entró a ocupar su puesto y de esa manera cobrarse las humillaciones y otros agravios que debe soportar un aspirante en el bajo mundo del charrismo sindical.
Desde hace varios años Elba Esther vivía en San Diego, California, y no casualmente. Conocía bien el tamaño de sus enemigos y de lo que eran capaces, por eso se puso a buen resguardo, hasta donde eso es posible. Era, pues, una ingenuidad suponer que no iban a tocarla, que podría continuar sin sobresaltos su carrera en el sindicato y en la política nacional.
Como nunca, su posición era endeble porque la amplia victoria del PRI en las elecciones la hacía prescindible. Peña Nieto recibió un país desastrado por 12 años de ineficiencia e irresponsabilidad de los gobiernos panistas. No está en sus manos, en las de nadie, resolver el cúmulo de problemas dejado por sus antecesores y lo que necesitaba y necesita es ganar tiempo, todo el que pueda.
Lo más probable es que los problemas de hoy no puedan resolverse porque las instituciones están en crisis y se necesita tiempo y otras condiciones para reformarlas y adaptarlas a la nueva realidad. Con la detención de Elba Esther, Peña Nieto gana tiempo, y popularidad, que no es en modo alguno un bien despreciable.
