Espejo histórico en que debe verse reflejado

La guerra antinarco y su horrenda secuela de violencia, muerte y desprecio a la dignidad humana ya han colmado a la sociedad. Los gritos de “¡no más sangre!”, “¡ya basta!” y “¡estamos hasta la madre!” son una muestra elocuente del fuerte sentimiento de enojo e indignación que prevalece en muchos sectores.

La trascendental marcha que encabezó el poeta Javier Sicilia, al igual que las manifestaciones que simultáneamente tuvieron lugar en distintas puntos del país y del extranjero, se inscriben en ese contexto de rechazo a la irracional e inconstitucional decisión adoptada en diciembre del 2006. Son formas de expresión popular cuya legitimidad es irrebatible porque a través suyo se están ejerciendo dos prerrogativas jurídicas fundamentales: el derecho humano a la libre manifestación de las ideas y el derecho humano a la resistencia pacífica contra los actos oprobiosos de los gobernantes.

La respuesta a ese impresionante reclamo social no se dejó esperar. Tanto en un mensaje difundido en cadena nacional como en el marco de la tradicional ceremonia del 5 de mayo, el Presidente se dio a la tarea de desvirtuar la movilización social e increpar a quienes no lo apoyan.

Categóricamente hizo saber  que no habrá marcha atrás y que los militares no regresarán a sus cuarteles.

La réplica al pronunciamiento presidencial ha sido clara y precisa. Amnistía Internacional, un importante abanico de organizacionales no gubernamentales nacionales, representantes de movimientos urbanos y campesinos, el EZLN, la Conferencia Episcopal Mexicana, agrupaciones profesionales, activistas, analistas políticos, figuras relevantes de la academia, han hecho sentir su rechazo a esa postura. En el seno de la Comisión Permanente fue calificada de muy desafortunada y proclive al militarismo. Entre los representantes populares hubo coincidencia en el hecho de que los ciudadanos tienen derecho a exigir cambios en la estrategia.

El asunto es, entonces, muy crítico porque el Ejecutivo no quiere escuchar las voces ciudadanas y ha decidido encerrarse a piedra y lodo en una torre de marfil en la que todo es acorde a su visión miliciana de la vida nacional.

La cerrazón de los gobernantes, su incapacidad para sacar provecho de la experiencia, es un tema que a muchos preocupa hoy en día. Humberto Maturana, padre de la teoría de la autopoiesis o teoría de la organización de lo vivo, considera que el aprendizaje es el proceso fundamental de la sociedad.

En ese mismo sentido, Peter Senge, autor del célebre texto La quinta disciplina, afirma que el aprendizaje es la clave del éxito de cualquier organización, incluyendo los aparatos públicos, y que una de las herramientas para detonarlo es la revisión crítica de los modelos mentales, aquellos supuestos hondamente arraigados, generalizaciones e imágenes que influyen sobre el modo de comprender el mundo y el actuar de las personas.

El michoacano se está negando a reconocer la realidad, se está resistiendo a aprender, no está dispuesto a asimilar o metabolizar las severas lecciones provenientes de la enérgica respuesta social y de los resultados desastrosos que ha acarreado su apuesta en pro del conflicto armado; los cuales grosso modo se miden en función de las más de 40 mil vidas humanas segadas, los más de 6 mil desaparecidos, los más de 50 mil niños y adolescentes que han quedado en la condición de huérfanos.

Sus lapidarias palabras ponen de manifiesto que esa incapacidad podría provenir de la percepción básica que él tiene sobre la guerra antinarco en el sentido de que se trata de una lucha encarnizada entre el bien y el mal, cuyo resultado psicodinámico es la constante contemplación de sí mismo y el creciente endurecimiento de los pensamientos, las emociones y las conductas.

Ahí reside el núcleo duro de la resistencia mental a la evaluación y rectificación de la estrategia guerrera. Tal cognición está emparentada con las ideas del filósofo persa Maniqueo, quien concebía al mundo como el campo de una batalla a muerte entre Ormuz y Ariman.

Salta a la vista el riguroso apego al manual de procedimientos de la estupidez gubernamental que tan admirablemente describió la intelectual norteamericana Bárbara Tuchman en su libro La marcha de la locura. Para esta intelectual norteamericana los grupos en el poder no suelen ser inteligentes, sino todo lo contrario, ya que tienden a hacer gala de una profunda rigidez mental, un decisivo anquilosamiento, una tozudez inaudita y una soberbia inconmensurable.

Esto con frecuencia les lleva a  distanciarse de la realidad, a no sacar inferencias de las señales negativas, a persistir en el error a sabiendas del daño que se está ocasionando a la sociedad, a no permitir que sus ideas primigenias sean evaluadas y contrastadas bajo parámetros de racionalidad u objetividad.

El emblema mayor de dicha patología es la guerra de Vietnam. Los sucesivos mandatarios de la Unión Americana persistieron en la empresa, pese a que se acumulaban las pruebas de que el objetivo de la victoria era definitivamente inalcanzable.

El síndrome, el fantasma de Vietnam, acecha a Felipe Calderón. Ese es el espejo histórico en el que debe verse reflejado; otro, es la prepotencia, la ceguera y la actitud paranoica con que el gobierno de Díaz Ordaz encaró el movimiento estudiantil de 1968, lo que condujo ineluctablemente a la perpetración del cruel genocidio de Tlatelolco.

El ocupante de Los Pinos debe estar muy consciente de que el negarse a aprender de la experiencia, el no querer sacar conclusiones de la evidencia empírica, el dar rienda suelta a las visceralidades y el perseverar en la línea de la barbarie y la sinrazón, es el camino más eficaz para acelerar y culminar la ignominiosa, la desastrosa marcha de la locura en que se halla colocado el pueblo mexicano.