Connotación ideológica y política
Desde hace muchos años, el amor de los padres de familia que han sufrido la pérdida dolorosa e irreparable de sus hijos —por la violencia, por la represión y por el crimen organizado— los ha convertido en un ejemplo de heroísmo y de lucha. Una muestra de ello lo constituyeron las madres de la Plaza de Mayo en Argentina, que denunciaron la guerra sucia de la dictadura militar.
En México, la señora Rosario Ibarra de Piedra se convirtió —de una simple ama de casa— en un símbolo de la resistencia. En este destino incruento no ha habido posiciones ideológicas, sino la búsqueda de la justicia desde el drama inconmensurable de perder un hijo.
Así surgió a la vida pública la señora Isabel Miranda de Wallace, que ha dado un paradigma de lucha ciudadana, y más tarde, los empresarios Nelson Vargas y Alejandro Martí, quien este último agregó a su búsqueda justiciera elementos de cambio de política pública, tratando de comprometer a los candidatos a la actual legislatura federal, con planteamientos que formuló públicamente.
En estos últimos casos se volcó la población —sobre todo de las clases medias— para apoyar enormes manifestaciones, cuyos resultados aún son inciertos.
El último caso paradigmático de este dramático tema ha sido la figura del poeta Javier Sicilia, quien le ha dado a la ruptura estruendosa del silencio una connotación ideológica y política, en la que podemos estar de acuerdo o no, pero que desde luego, representa una voz de protesta política y social en la que coinciden millones de mexicanos. Su marcha se realizó en diversas entidades de la república y trascendió las fronteras patrias; sus protagonistas fueron otros seres lastimados por la muerte violenta de sus familiares.
La marcha del silencio fue más allá de la sola decisión de seguridad y justicia y exigió la renuncia del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, negada de inmediato por el gobierno federal, pero aplaudida por miles de manifestantes; criticó —en un lenguaje conmovedor, poético y a veces confuso— a la Iglesia, a los empresarios, a los poderes federales, locales y municipales, a la política de los Estados Unidos en relación a la Iniciativa Mérida y al trafico de armas y convocó a boicotear la elección federal si los partidos políticos nacionales no realizan una limpieza moral de sus candidatos y dirigentes.
Esta vez se sumaron a la marcha los zapatistas de Chiapas, los electricistas e innumerables organizaciones sociales, ideologizando este movimiento en una izquierda independiente, que levanta la voz, condenando indiscriminadamente a los poderes formales y también a los fácticos.
Ahí quedó —en el corazón del Zócalo capitalino— un reclamo que puso el dedo en la llaga y que estamos obligados –como sociedad— a escuchar; podemos o no coincidir en todos los planteamientos, pues seguramente no habrá unidad de la sociedad para aceptar lo que ahí se dijo. Sin embargo, quienes detentan el poder empresarial y político, deben estar preocupados y pendientes, pues como quiera que sea, las palabras que ahí se vertieron en una sociedad lacerada por el crimen, la injusticia y la inseguridad, deben tener una respuesta, porque de otra suerte podría despertar el México bronco.
Otra visión del tema de la inseguridad lo representa la solidaridad de muchos medios de comunicación con la llamada Iniciativa México, que ha pretendido crear una cortina del silencio en la información, y ha creado un observatorio para intentar controlar las expresiones que se dan en los medios; la intención puede ser buena, pero el resultado lesiona gravemente las libertades de expresión que consagran los artículos sexto y séptimo constitucional.
Estas garantías son derechos del gobernado frente al Estado, y quienes hoy controlan la información no representan el Estado sino a las empresas privadas; por ello, no podemos hablar de violación a las garantías, pues éstas sólo pueden realizarse por quienes tienen capacidad de ejercer el acto autoritario, que es unilateral, imperativo y coercitivo. Sin embargo, es una nueva forma de limitación fáctica de las libertades.
A mi juicio, prefiero las expresiones —acaso exageradas y exacerbadas por el dolor— de la manifestación de la paz que el control de la información de la iniciativa privada.

