La Colonia y sus mudanzas urbanas
No hay señor sin territorio, sin dominio (diría Perogrullo). Los hidalgos andan en busca de solares propios, en una sociedad como la del imperio español en la que el honor era prenda inapreciable.
No hay señor sin territorio, sin dominio (diría Perogrullo). Los hidalgos andan en busca de solares propios, en una sociedad como la del imperio español en la que el honor era prenda inapreciable.
Decía Octavio Paz, en las primeras páginas de El laberinto de la soledad, que la pregunta que entonces se planteaba —alrededor de 1950, y por lo característicamente nacional— muy posiblemente sería impensable medio siglo más tarde. Tuvo razón el poeta, y bastaría pensar en un solo caso para ver aquella imposibilidad.
Si la historia de las sociedades está poblada de paradojas y de contradicciones (ya lo dijo un clásico), a no dudar que una de éstas pueda verse en el actual apego al dogma de amplísimas capas sociales. En tal sentido, difícil es hablar en los días que corren de avances o de progreso. De un lado, los adelantos son indudables.
No es común hallar un libro de arquitectura de especial atractivo para el público lego (entre el cual milito) y menos tal vez adquirirlo.
A finales de 2012, María Elvira Bermúdez habría cumplido cien años y Salvador Reyes Nevares noventa. Ambos siguieron vidas paralelas, que tuvieron intersecciones decisivas, como puede adivinarse.
Aun para los que no conocen la capital chilena (el caso mío) este libro es de lo más disfrutable. Ha sido escrito por un poeta, experto también en cuestiones de la cultura vernácula, maestro y sobre todo tal vez un hombre que supo vivir.
Cayó en mis manos por azar De ballenas y de hombres, bonita y elegante edición del conaculta que contiene la reproducción de un manuscrito tal cual —aunque muy probablemente corregido pues no aparece tachadura alguna—, de letra ágil y clara —como antes de uno de los cambios educativos más o menos recientes quitara de los programas la enseñanza de la caligrafía, lo que propició que los chavos de hoy, y los ya no tan chavos, los chavirrucos, sean del todo incompetentes también para hacer una línea en la que puedan reconocerse
No hay quien hable bien del dinero, al igual que no hay nadie que no lo necesite.
La normalidad lleva a pensar que las cosas son sencillas y que la relación que se tiende entre la propia biografía y las circunstancias ocurre de un modo natural, sin sobresaltos.
En 1983 Michel Foucault dictó en el Collège de France las conferencias que se recogen en este libro (traducidas de manera espléndida, por lo demás).
Si se mantienen tales atributos, no hay problema: cualquiera puede sostenerse bien o muy bien.
Se ha entendido habitualmente que la cultura tiene sus lugares especiales: los museos, las bibliotecas, las salas de concierto, los teatros, algunos recintos para “cine de calidad”.
En los tiempos modernos los deportes han sido buenas fábricas de mitos, eficientes e incesantes. No poseen los seres nacidos en sus historias el glamour de las estrellas de cine y por eso mismo son mucho más identificables, mucho más queridos que los actores y las actrices encumbrados.
“Defiendo, no mi novela, sino mi idea”, escribió en una de sus cartas Fedor Dostoievski al referirse a El idiota, una de sus obras mayores.
Desde hace ya un buen tiempo, aunque el autor siga habitando el movedizo campo de la juventud, Armando González Torres viene entregando a las imprentas libros muy valiosos que pueden caracterizarse por su justeza y la amplitud de su observación.
Elena Poniatowska —de la cual siempre pensé que había nacido en 1933, y no un año antes, como tal parece que ocurrió— no ha perdido la fuerza de su mirada.
Carlos Fuentes fue un escritor formidable, asombroso. Muchísimas de sus páginas seducen al lector tal vez más que por lo que dicen sino por cómo dice las cosas, la vida, los momentos, los instantes de la vida de sus personajes.
Hace unos meses pudo recordarse a José Alvarado, escritor, periodista, nacido en Lampazos, Nuevo León, en 1911.
No hay país en el mundo donde no se luche contra la desigualdad, o al menos eso dicen los políticos que se elevan para encabezar esas luchas (o para aplazarlas el tiempo conveniente).
En los años en que parece predominar la búsqueda del placer como centro de las voluntades y su conquista como fuente del sentido de la vida, años pues del hedonismo, las grandes catástrofes continúan afligiendo al mundo, cimbrándolo y haciendo brotar especulaciones de todo tipo (de las más banales a las más sesudas).